Las palabras del final

(Foto: Noticias Argentinas).

El “reencuentro”, por llamarlo de algún modo, de Alberto Fernández con Cristina Fernández de Kirchner; las posibles pistas sobre una decisión de porfiar con una candidatura o de dar un paso al costado; la presencia de jueces de la Corte Suprema (dos tipos audaces: Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz), la reacción de la oposición ante el choque inevitable y los meandros que adoptaría el discurso de la unidad posible del Frente de Todos (una que, pese a lo que dicen sus referencias principales, no está asegurada) hacían que la atención se justificara sobradamente. Así las cosas, ¿pasó el examen el Presidente?

La pregunta es de difícil respuesta. O, en todo caso, debe ser precedida de otra: ¿a quién le habló el jefe de Estado?

Con un famélico respaldo en la calle (¿hay orfandad mayor para un peronista?), Fernández pretendió hablarle por TV a la ciudadanía que en octubre-noviembre definirá con su voto el destino de la Argentina, en particular al 48% que lo llevó al poder y que hoy parece en una medida decisiva esquivo. Sin embargo, ese esfuerzo por sintetizar la unidad posible seguramente solo fue escuchado en vivo o visto en los medios por la parte de ella (menor, pero influyente) que sigue día a día los avatares de la política. Además, se dirigió a la interna del Frente de Todos, brutal en la cúpula y radicalmente decepcionada en la base. Y si, acaso, ya no hay ni alianza social ni política que lo quiera escuchar, por último, apeló a la historia, tratando de influir en el modo en que será recordada su accidentada gestión.

El mensaje, centrado en la tantas veces mencionada “puesta en valor” del albertismo, duró dos horas y fue recién sobre el final cuando se picó, junto con el clima en el recinto de Diputados, timing seguramente calculado para evitar el escándalo temprano de una fuga masiva de la oposición. Hasta ese momento había resultado un tanto aburrido, algo que no es de por sí un pecado si se tiene en cuenta cuál era el universo al que se dirigía y lo que ocurriría después.

La hora del crepúsculo

Un balance tiene siempre algo de despedida. Fernández repasó los condicionantes fundacionales de su gestión (la pandemia y la guerra, aspectos acaso no del todo ponderados por una sociedad frustrada con todo derecho) y expuso sus logros y una manera peculiar de contar lo discutible. Incluso ensayó la módica autocrítica de admitir “errores” que no detalló. Esto último, que lo diferenció sanamente del optimismo de la voluntad de su empoderada vocera Gabriela Cerruti, resultó, con todo, apenas una concesión retórica: la autocrítica política es la segunda cosa más sobrevalorada del mundo, justo después de las empanadas de pollo.

Fernández puede hablar de crecimiento, empleo, exportaciones, tránsito al equilibrio fiscal y futuro energético, pero no es eso lo que lo condena, sino los tres indicadores más relevantes: inflación, ingresos y pobreza. Lo primero ha llegado demasiado lejos; lo demás son pecados imperdonables para quien se define como peronista.

Hubo quienes hicieron ese balance por él, incluso anticipadamente. Máximo Kirchner y Axel Kicillof se ausentaron (el primero, diputado, reincidente e imposible de eximir; el segundo, al parecer muy ocupado), anticipándose en el repudio hasta al militante del macrismo yihadista Fernando Iglesias y a otros legisladores y legisladoras de la oposición.

Con CFK el trato fue distante y sorprendió que haya sido el mandatario quien se mostró más adusto. Ella evitó los gestos de hostilidad, aunque, por motivos que no se explicaron, rechazó servirse de la misma botella de agua. ¿Le dura el impacto del atentado?

Con todo, la vicepresidenta no aplaudió casi nunca y se limitó a asentir al escuchar el repudio del Presidente a dicho ataque y su demanda de que la Justicia actúe “con la misma premura con la que archiva causas en las que jueces, fiscales o empresarios poderosos asoman como imputados”. ¿Qué será lo que le pareció mal como para no aplaudir? ¿Qué cosa insoportable habrá anticipado el diputado Kirchner para pegar el faltazo, dejando al resto de sus compañeros y compañeras la responsabilidad del día? El malestar K es tan holístico e insondable que cuesta imaginar cómo se planea volver a pedirle la confianza al electorado y a asegurar que la próxima vez las cosas sí saldrán bien.

Si de aplausos se habla…

Correspondía, claro, empezar por la falta de apoyo propio, pero no se puede evitar hablar de la oposición, incluso antes de la batahola que se desató cuando Fernández se refirió a la coparticipación, al federalismo, al Poder Judicial. Sorprende que un sector que se referencia en los modos imperantes en países como Estados Unidos no repare en que allí, donde la grieta es tan grande como acá, el pleno aplaude al presidente cada vez que se refiere a cuestiones de interés nacional o de amplio consenso. Enjetada (María Eugenia Vidal es insuperable en eso), la bancada de Juntos por el Cambio no se inmutó ni siquiera al escuchar palabras como “Malvinas” o “madres y abuelas”. Plusquamperonista, para la oposición, “al enemigo ni justicia”.

Como dice Sebastián Iñurrieta en Letra P, el Presidente apeló al “doble discurso de un moderado duro”. En esa cuidada ambigüedad descansalo más medular del discurso.

En efecto, Fernández reivindicó su legado, pero también se diferenció de CFK al señalar, casi en clave de despedida, que “cuando finalmente deje mi cargo” (¿será el 10 de diciembre próximo o el de 2027?) “podré dar cuenta de todos y cada uno de mis actos y nadie podrá atribuirme un solo hecho por el cual me haya enriquecido”. No es que haya sugerido que Cristina sí se enriqueció, pero es un hecho que esta ha sido acusada reiteradamente de ello.

Asimismo, pareció aludir a las manipulaciones estadísticas del cristinismo al señalar que “puedo hablar con ustedes francamente de la pobreza, de la inflación, de la inseguridad y de los bajos ingresos”. No mencionó, eso sí, cómo piensa superar esos males persistentes.

También aludió a los Larroques de la vida al reivindicar que su moderación no le impidió confrontar con el Fondo Monetario Internacional, los acreedores privados, la pandemia y los ataques a la democracia en la región. Para el cristinismo, se sabe, todo eso es cháchara y debió hacer más ante el FMI y, sobre todo, contra los “cuatro vivos” del empresariado que, sostiene, se han quedado con los frutos del crecimiento que el Presiente describió y exageró en sus alcances, toda vez que dos tercios del mismo fueron solo una recuperación del parate pandémico de 2020.

Por último, defendió a CFK con palabras elegidas, al hablar de la falta de cuidado de “las formas mínimas del debido proceso” y de “imputaciones que rayan con el absurdo jurídico buscando su inhabilitación política”. ¿Por qué no dijo “proscripción”, como prefiere ella?, se preguntó, suspicaz, el cristinismo.

Pensando en las urnas

Con la mira puesta en las elecciones, el mensaje presidencial solo tuvo dos menciones con nombre propio. El de Cristina, como se dijo, y el de Sergio Massa, a quien ponderó por haber dejado “la presidencia de esta Cámara para venir a sumarse a la compleja tarea de conducir el Ministerio de Economía”. ¿Es el candidato albertista in pectore, aunque incómodamente sujeto a los avatares del índice de inflación hasta el cercano mayo?

También atendió, claro, la confrontación que viene con el posmacrismo. Puja de modelos, reproches al megaendeudamiento, defensa de la búsqueda de los equilibrios macro sin revertir conquistas sociales, reivindicación del financiamiento estatal y tributario (solidario) del gasoducto Néstor Kirchner, advertencia sobre las privatizaciones por venir en un eventual segundo tiempo de Juntos por el Cambio (JxC), apología de los resultados de las empresas del Estado y señalamiento de las “mesas judiciales” y las prácticas de espionaje interior atribuidas a la gestión de Mauricio Macri … Aunque en tono monocorde, pegó allí duro y parejo.

El recinto de Diputados se encendía cuando Fernández hablaba de coparticipación (enorme piedra para una oposición que necesita más votos que los del puerto), federalismo y, sobre todo, de Poder Judicial. En medio de gritos propios y ajenos, el presidente de la moderación se puso el casco al denunciar que la Corte “tomó por asalto” el Consejo de la Magistratura, hecho que, dijo, explica que ese organismo clave esté paralizado y, por ejemplo, deje crónicamente vacantes juzgados en una Santa Fe estragada por el narcotráfico. Rosenkrantz parecía de piedra, pero Rosatti estaba lívido y pareció pasar el peor momento de su vida pública.

Letra P repasa los detalles de lo dicho sobre ese tema y a eso remitimos; pero aprovechemos para pensar el tema. Por lo pronto, no hay “embestida” ni “embate” ni ninguno de esos lugares comunes con los que insisten sectores interesados: el Presidente dice lo obvio cuando recuerda que el juicio político está previsto en la Constitución y, de hecho, la oposición terminará por imponer su número para mandar la acusación a un cajón.

Ahora bien, ¿es justa la impugnación a la judicatura? Varias encuestas indican que la insatisfacción social es enorme con ese poder, cercana al 80% en diferentes encuestas e incluso mayor que la que aqueja al Ejecutivo y al Legislativo. Hasta Clarín citaba allá por 2019, cuando el macrismo se aprestaba a dejar el gobierno, que la propia Corte Suprema estaba especialmente apuntada.

El alto tribunal se porta mal, declarando inconstitucionales leyes como la que regula la conformación del Consejo de la Magistratura después una vigencia de 15 años y reflotando en su lugar otra, derogada por el Congreso. Eso es vulnerar la división de poderes.

Más: Rosatti y Rosenkrantz fueron nombrados, como se debe, con acuerdo del Senado solo después de que Macri amagara con designarlos por decreto, algo que, sin exagerar, se parecía bastante a un quiebre del orden constitucional. Esa pretensión no se concretó, pero es lamentable que los mencionados lo hayan admitido en un primer momento, antecedente que los mancha para siempre como custodios de la interpretación de la Carta Magna.

Vayamos más al fleje. ¿Qué hay que hacer cuando trasciende que un funcionario (el secretario de Justicia y Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, Marcelo D’Alessandro) viajaba con todos los gastos pagos a cargo del grupo de medios más poderoso del país a unas vacaciones de lujo junto a jueces y al jefe de los fiscales porteños? ¿Qué, cuando surge que todos ellos complotaban para tapar ese chanchullo violando medio Código Penal? ¿Qué, cuando esos funcionarios judiciales luego fallan a favor de sus amigos? ¿Qué, cuando el mencionado aparece prestándoles a sus cuates autos que, se supone, estaban destinados a velar por la seguridad en la Ciudad? ¿Qué, cuando el Poder Judicial no actúa en absoluto ante eso y sigue con lo suyo, que no parece lo nuestro, como si nada?

¿Alcanza con el recurso de denunciar el origen ilegal de la filtración de chats y hasta escuchas que todos y todas presumimos que son verídicos?

Lo que viene será de vértigo, imbricando graves conflictos institucionales con un año de dura pelea por el poder en una Argentina que se dispone a reformatear de modo duradero su estructura económica y su reparto de cargas y beneficios. El discurso presidencial ante la Asamblea Legislativa puso en escena esas llagas tanto en el texto pronunciado como en la gestualidad de las partes involucradas, mientras la sociedad prioriza con toda lógica sus insatisfechas necesidades cotidianas, de las que se habló poco y nada en la cita. Como la política gira enloquecida en torno a su propio eje, nadie debería sorprenderse si el escarmiento a la dirigencia política llega a tomar formas extravagantes cuando se abran las urnas.

(Nota publicada en Letra P).

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