Brasil, Argentina y la democracia: peligro de efecto Orloff

(Foto: Noticias Argentinas).

¿El vecino anticipa escenarios posibles en el proceso electoral local? Bolsonazis y halcones. La amenaza bullrichista que no para de nacer. 

Cuentan los más añosos que en la segunda mitad de los años 80 se hizo habitual en Brasil el uso del eslogan de una propaganda de vodka de la marca Orloff. «Soy vos mañana», le decía un hombre a una versión más inexperta de sí mismo para recomendarle que, si iba a beber, bebiera buena calidad para evitar la resaca. El «efecto Orloff» devino entonces un concepto económico y político para designar fenómenos, en general negativos, que un país podía anticipar en otros. ¿Será la difícil transición entre Jair Bolsonaro Luiz Inácio Lula da Silva un «efecto Orloff» para la Argentina de 2023?

El presidente saliente, que jugó con fuego durante 45 interminables horas entre la elección del domingo y su primer pronunciamiento, encima ambiguo, del martes, salió este miércoles más decidido a pedir el fin de piquetes que persistían en varias ciudades. Al fin y al cabo, el mensaje fue enviado: si no hay margen hoy para un golpe, el futuro gobierno ya sabe lo que la ultraderecha puede desquiciar Brasil en momentos más propicios.

Las protestas fueron más allá y juntaron multitudes en San Pablo, Brasilia y, sobre todo, Río de Janeiro. En esta última ciudad, reducto principal del bolsonarismo, unas cien mil personas reclamaron una intervención castrense a las puertas del Comando Militar del Este.

¿Más? Hay. En Santa Catarina, el estado más bolsonarista de Brasil, cientos de manifestantes reunidos para protestar por el resultado de una elección –no hay remate– hicieron el saludo nazi al cantar el himno.

La presencia de miles y miles de nostálgicos de la dictadura desconociendo un resultado electoral y pidiendo una nueva asonada, además de muchedumbres nazis que, obviamente, no representan ni por asomo la totalidad del voto por Bolsonaro, parecen imágenes difíciles de reproducir en la Argentina, donde el Proceso fue mucho más sanguinario y destructivo que en Brasil. Sin embargo, corresponde pensar aquí en un posible escenario de erosión de las convicciones democráticas y de una estabilidad política que, pese a todos nuestros problemas, distinguió a nuestro país de muchos de la región, desde Bolivia a Ecuador, pasando por Colombia, Chile y, lamentablemente, ahora el gigantesco Brasil.

Malas compañías

Medio Brasil le reprocha a la otra mitad haber votado por un hombre sospechado de corrupción. En espejo, la segunda le señala a la primera la naúsea de ser compañera de ruta de las turbas del Sieg heil. La cuestión se traslada a la Argentina, donde las diferentes facciones del Frente de Todos creen encontrar en el triunfo de Lula motivos para mirar al año próximo con optimismo. También, claro, al otro lado de la grieta, donde Patricia Bullrich Miguel Ángel Pichetto bloquearon un comunicado de felicitación de Juntos por el Cambio, al parecer molestos por el gesto del brasileño de calzarse una gorra con la leyenda «CFK 2023».

La cosa no pasaría de posicionamientos bobos en torno a una elección que, por importante que sea, es brasileña y no argentina si no fuera por los ecos que algunas figuras traen al país.

El 19 de octubre, Bullrich anunció que había sumado a su equipo al especialista en política internacional Gustavo Segré, quien este miércoles evaluó que Lula ganó gracias a la votación en el estado nordestino de Bahía. «Es como si La Matanza tuviera la responsabilidad de definir al próximo presidente de la Argentina», explicó.

Letra P jamás se referiría a un colega si este no militara políticamente en un espacio de gran influencia como asesor; además, lo hace con el debido respeto. Dicho eso, no es posible dejar pasar la referencia, que hace un paralelismo explícito con un hipotético escenario argentino, esto es el de un triunfo peronista –no probable, pero sí posible– que pueda basarse –se presume– en la Tercera sección electoral de la provincia de Buenos Aires.

La idea no podría ser menos feliz. Primero, porque esas interpretaciones no calzan con sistemas electorales que dirimen la presidencia de modo directo y a distrito único. Las diferencias no se hacen en un solo territorio, sino en todo el país porque, sencillamente, a falta de un Colegio Electoral –como hay en EE.UU. y había en la Argentina antes de la reforma de 1994–, un voto vale lo mismo en todos lados y todos suman para el resultado final. Así, si Lula superó a Bolsonaro por algo más de dos millones de sufragios, es un capricho decir que estos provinieron de un determinado estado.

Ese tipo de planteos es bastante común. Cuando Mauricio Macri ganó en 2015, un sector de la «cátedra» indicó que «fue por Córdoba», aunque lo que parece sesudo puede ser un disparate total. Más allá de coincidencias numéricas entre ventaja nacional y ventaja en una provincia, Daniel Scioli podría haber compensado ese desbalance en Buenos Aires, en Santa Fe o donde fuere.

En segundo lugar, volviendo a Brasil, no tiene ningún sentido un análisis por regiones, sino, en todo caso, por estados. Lula no ganó solo en Bahia, sino en 13 de ellos –incluido el segundo colegio más grande, Minas Gerais–, mientras que Bolsonaro lo hizo en los otros 14.

Por último, si la idea es descalificar el voto de las personas pobres, habría que recordar que el presidente electo se impuso en la ciudad de San Pablo, corazón económico y financiero de Brasil.

Lo delicado del asunto es que un sector importante como el de Bullrich, que tiene pretensiones de gobernar la Argentina desde el 10 de diciembre del año que viene, ayuda a limar la legitimidad del futuro presidente del socio más importante que el país tiene en el mundo y se trazan paralelos que, como las viejas camperas reversibles, se podrían usar mañana en nuestro país.

Más que relativizarla y tironearla, urge cuidar una democracia que el año que viene, cuando vayamos a votar, cumplirá 40 años en un contexto de preocupante fragilidad.

La derecha dura pugna con fuerza por el sentido común y el escándalo que provoca en un sector de la sociedad, más que retraerla, la vigoriza. Por caso, se supo que el «conmigo no se jode» que la presidenta del PRO le destinó a Felipe Miguel, el jefe de Gabinete de Horacio Rodríguez Larreta, se convertirá en remera, como contó Letra P. Es más, la advertencia, que hizo juego con el mensaje de que «la próxima (vez que me critiques en la tele) te rompo la cara», fue reivindicada por la remitente.

«Que Larreta discuta conmigo y no mande soldaditos a hablar. No me van a correr de la candidatura», disparó de nuevo Bullrich, pensando –¿con razón?– que esa violencia es un activo para ella. Arrastrado al barro que suele esquivar, Larreta debió salir a hablar en primera persona. «Soy fundador del PRO de hace 20 años, cuando éramos poquitos», le devolvió a Bullrich, quien tiene apenas la mitad de esa historia en el partido amarillo. «Yo no me engancho en esa interna», añadió en referencia a los ataques de quien viene de acusarlo de pretender entregarle el bastión porteño a la UCR. Cómo estarán las cosas que el alcalde debió aclarar que “Juntos por el Cambio no se va a separar» y la coalición se movió para reactivar, de apuro, una Mesa Nacional a esta altura inútil en la que Macri juega como un referee bombero.

(Nota publicada en Letra P).

Anuncio publicitario