Aquí, por ahora, no ha cambiado nada: los números de la incredulidad

(Foto: Noticias Argentinas).

A una semana del atentado a CFK, teléfono descompuesto oficialismo-oposición. La sociedad no cree que la política vuelva mejor de la conmoción. 

A una semana del atentado contra Cristina Fernández de Kirchner, cabe hacer una pausa y preguntarse: ¿qué cambió en la Argentina en términos políticos e, incluso, preelectorales? La pregunta, en todo caso, debería ser si cambió algo. La respuesta tentativa es que poco y nada.

En la madrugada frenética del frustrado magnicidio, desPertar, el newsletter de Letra P, dejó abierta la posibilidad de que ese hecho cambiara la dinámica política, pero datos de encuestas y varias señales permiten pensar que la Argentina de hoy es llamativamente parecida a la del miércoles previo al del tiro que no salió. Esos números ven la luz a partir de este jueves -aunque Letra P debe preservar las fuentes- y seguirán fluyendo en los próximos días.

Además, están los indicios mencionados. ¿Por qué Juntos por el Cambio reacciona con frialdad a una iniciativa oficial para «reencauzar la convivencia democrática»? ¿Por qué el Frente de Todos insiste en imponer, ahora en el Senado, una visión unilateral de lo que, supone, llevó al ataque y JxC pelea como gato panza arriba para evitar una acción conjunta en defensa de la democracia? ¿Por qué el bolsonarismo criollo se empecina en no condenar nada y hasta en poner en duda lo evidente? ¿Por qué la referencia supuestamente moderada de la oposición –Horacio Rodríguez Larreta– afirma que la hora impone diálogo, pero “no con el kirchnerismo»? Dependiendo de cómo se defina la galaxia K –¿incluirá para él hoy al massismo o al peronismo de las provincias?– y dada su pelea agónica con el ala derecha del PRO, parece que el jefe de Gobierno solo está dispuesto a charlar consigo mismo.

Esas señales provienen de gente que tiene olfato, se orienta por encuestas y se rodea de especialistas en estrategia política y comunicacional. Son epifenómenos: si tantos dirigentes actúan como si nada hubiese pasado es porque el «mercado electoral» no les demanda otra cosa. Los números que vio desPertar confirman eso.

De acuerdo con esos datos, la saga de la primavera militante en torno a la vivienda de Cristina –previa al atentado– fue vivida por una mayoría social apenas como un tema endogámico de la política. También que, con el ataque consumado, más del 70% de la ciudadanía ve con buenos ojos que los principales sectores alcancen un pacto de convivencia democrática, pero que, a la vez, casi el 80% ve esa posibilidad como imposible.

Mientras, más del 70% no confía en que el intento de magnicidio se esclarezca.

Las narrativas en torno al hecho coinciden casi a la perfección con los bloques de la grieta de siempre: aproximadamente un cuarto de las personas consultadas cree que aquel fue producto de un clima de odio estimulado por la oposición y algunos medios, el 45% culpa al panperonismo y los «núcleos duros” conocidos aseguran que su sector es el único que contribuye a la convivencia. Significativamente, casi el 60% no les reprocha nada a quienes se han mostrado indolentes a la hora de la condena.

Las reacciones, entonces, consolidaron los sectores existentes desde hace mucho. En este punto, caben dos interpretaciones. Por un lado, que la dirigencia y las organizaciones periodísticas embutieron la narrativa en el molde preexistente y el Gobierno no sabe, no puede y no quiere dar pelea en el terreno de la comunicación; por el otro, que las audiencias están ya fuertemente definidas y que no hacen más que buscar los relatos que desean escuchar. Claro que la vida es un ida y vuelta de estímulos y que factores como los mencionados se retroalimentan y modifican, pero, si se tratara de señalar una preferencia analítica, «vot 2».

Como le dijo a desPertar un analista particularmente lúcido, «en la Argentina, más que opiniones, hay son actitudes». Así, los hechos importan poco y lo que manda es la perpetuación del propio preconcepto.

Decibeles en baja

Las horas y días inmediatamente posteriores al atentado se llenaron de condenas, advertencias sobre los efectos de la grieta extrema, reflexiones sobre los discursos de odio y expresiones de preocupación por la violencia que pudo haberse descontrolado en el país si la pericia de Fernando André Sabag Montiel con las pistolas hubiese sido mayor.

Con independencia de las que nunca llegaron –la de Patricia Bullrich, la de Javier Milei y otras–, las reacciones fueron menguando desde entonces y hoy ya son apenas audibles. Ni siquiera sacude a la dirigencia la comprobación de que es preciso frenar la escalada retórica para evitar que lo que le pasó a la vicepresidenta le ocurra a cualquier otra persona. Tampoco, pensar que, sea quién sea que rija el país en los próximos años, vivirá en riesgo de ingobernabilidad latente. Esto asusta: ya ni el miedo es un freno.

¿Y abajo, qué pasa? La vida, básicamente. La economía, la gente que no llega a fin de mes y el espectáculo de un gobierno que busca reorganizarse como puede y con enorme demora. El cansancio, en definitiva. ¿El atentado contra Cristina pudo haber provocado un efecto como el que tuvo en 2010 la muerte de Néstor Kirchner, que revitalizó a ese sector y, en alguna medida, contribuyó al 54% del año siguiente? El viernes, la pregunta estaba abierta, pero ya no. La sociedad está agobiada por años de crisis y retracción de su calidad de vida. Acumula ya demasiadas heridas sobre el lomo.

Las respuestas más mencionadas espontáneamente en un estudio que preguntó quién es responsable de la crisis socioeconómica fueron, en este orden, este gobierno y el anterior, el macrismo y el kirchnerismo. La fatiga es transversal y bien cabría ponerse de acuerdo en un punto: desde ahora, cuando se hable de «la sociedad» o «la gente», de lo que se trata es del 40% que se siente directamente harto de una política que no le resuelve la vida y, dentro de este grupo, la clase media empobrecida.

Entonces, ¿hay 2023?

Para alguien lo habrá. La cuestión es para quién. El escenario está abierto y para que empiece a definirse será más importante la inflación, los ingresos y la sensación de que la vida es un barrilete antes que un atentado fallido, por grave que este haya sido. Esa mirada puede ser de corto plazo y hasta reprochable, pero es la que prima en el sector que define.

La dinámica electoral está abierta. Cuando Milei se calló, ya no cayó en las encuestas, valga la cacofonía. La baja que sufrió tras sus dislates sobre las armas, la venta de órganos y otras yerbas se frenó a partir de julio y hoy mide otra vez más del 20%, lo que permite pensar que vuelve a pelear en segundo lugar con el Frente de Todos. ¿Y si la segunda vuelta del año que viene ofreciera dulce de leche o Nutella, esto es derecha o derecha recargada?

Mucho dependerá de que haya o no haya PASO. Si se piensa en lo que puede suceder en el Congreso, la hipótesis de una cancelación no es probable, pero tampoco descabellada. Si las primarias quedaran sin efecto, todo el tablero quedaría patas para arriba.

¿Qué pesaría más, en tal caso, el costo de romper las alianzas actuales o la expectativa –incluso individual– de que un 20% puede valer tanto como un pase a la final?

Si el peronismo se convenciera de que va perder, ¿querría el cristinismo compartir lo que quede con intereses ajenos? ¿Desearía el peronismo no K seguir viviendo, ya en el llano, bajo el liderazgo de CFK?

Asimismo, Bullrich, que en las encuestas pelea palmo a palmo con Larreta, ¿se conformaría con que lilitos, radicales y larretistas le cerraran la puerta al paleolibertarismo o buscaría una confluencia prometedora con ese colectivo a como diera lugar?

Hagan sus apuestas; Letra P no se anima.

(Nota publicada en Letra P).