La ornitología de las peleas y la relatividad de las unidades

(Foto: Noticias Argentinas).

Se despluman las palomas y los halcones de la oposición y se reproduce el peronismo después de pelearse un año y medio. ¿Algo es lo que parece?

El almuerzo que la cúpula de PRO mantuvo este martes en un restaurante de la Costanera expresó la severa grieta que divide a ese partido, eje central de Juntos por el Cambio. Horas más tarde, en paralelo a la persistencia de la movilización en la puerta de la vivienda de Cristina Fernández de Kirchner, las bancadas peronistas del Congreso y el propio PJ Nacional se abroquelaron firmemente en torno a la figura de la vicepresidenta. Un análisis inicial indicaría que la crisis político-institucional que se ha desatado en la Argentina ha afectado, paradójicamente, más a la oposición que al Gobierno. Eso es evidente en lo inmediato, pero puede que no lo sea tanto cuando llegue la hora de votar.

Letra P cuenta que en el «Pacto de Happening II, Bullrich firmó la paz, pero no ofrece garantías». Clarín habla de un «tenso almuerzo» y de «los reproches entre Horacio Rodríguez Larreta Patricia Bullrich«. La Nación destaca que la presidenta del PRO «mantuvo sus críticas». Infobae da cuenta de «una áspera discusión y momentos de tensión», a la vez que describe enojos sin precedentes y acusaciones cruzadas sobre inconvenientes posicionamientos electoralistas. Página/12 describe «un almuerzo para calmar la interna, pero con el cuchillo entre los dientes». Unanimidad, justificada por la noche por el alcalde, quien reconoció las «discusiones».

Las coberturas muestran a Mauricio Macri más prescindente que neutral. Para desesperación del jefe de Gobierno porteño, el exmandatario no se esfuerza en ordenar la interna, lo que da más alas a la idea de que jugar un segundo tiempo sigue siendo una tentación para él.

La ornitología dignifica

Las diferencias entre los halcones de Bullrich y las palomas de Larreta son de larga data, pero estallaron tras el Pacto de la Recoleta del sábado último. Para la primera, poner vallas, desplegar la Policía e iniciar una represión a fin de liberar la zona para después retroceder y negociar la paz callejera con el kirchnerismo es un pecado imperdonable para una fuerza que se debe presentar con la máxima dureza como expresión electoral del antiperonismo, cosa que reiteró sin pelos en la lengua al final del almuerzo y rompió, en un minuto, un supuesto acuerdo de contención.

Es difícil en estos días, tras la actuación policial del sábado, presentar al alcalde como un moderado. Sin embargo, la ornitología consiste en diferenciar las especies de aves y no en decir que todas tienen plumas. Así, si se dejan de lado las pasiones, es posible advertir una diferencia fundamental entre las dos clases en pugna: a una, pero no a la otra, la resistencia de la calle y la escalada final de la violencia le hace saltar una alarma. Más allá de los repetidos abusos de la Policía de la Ciudad, la decisión –cierto que tardía– de parar la pelota y dialogar con el peronismo marca una diferencia. Este es un dato político que conviene tener en cuenta cuando la oposición se prepara para gobernar desde diciembre del año que viene con un programa de ajuste draconiano.

Para muestra de esos límites, basta –sin ofender a nadie– un botón: el Gobierno de la Ciudad no acudirá este miércoles a la reunión con la Nación ordenada por el juez Roberto Gallardo y lo recusó, pero no había en Juncal y Uruguay policía propia, sino solo guardias de tránsito.

Casi a medianoche, Rodríguez Larreta se solidarizó con Bullrich desde su cuenta de Twitter en reacción a un comentario poco elegante, de tono personal, de Cristina. ¿Colombina rama de olivo o gozosa venganza –con video incluido– destinada a poner el dedo en el mismo lugar que la vice?

El peronismo se deleita con esa guerra de roces y goza de sentirse unificado por fin, tras lo mucho que sangró en el último año y medio por las diferencias entre sus tribus para abordar la eterna crisis nacional. Al revés de lo que ocurre en la oposición, en el Frente de Todos solo hay un liderazgo merecedor de tal nombre: el de Cristina Kirchner. El de Alberto Fernández, se sabe, es un rol crepuscular, mientras que el de Sergio Massa es una apuesta temeraria a todo o nada.

La militancia que la arropa en la puerta de su casa la pide presidenta otra vezEstela de Carlotto la animó a intentarlo el año próximo. La expresidenta reunió a las bancadas legislativas del peronismo que hacen la diferencia y el Consejo PJ deliberó, con la presencia del Presidente y la asistencia virtual de Dilma RousseffEvo MoralesErnesto Samper y José Luis Rodríguez Zapatero, para acompañar el crescendo de la protesta: se pactó apoyo cerrado a la vice, «movilización y alerta permanente» y nueva reunión el 9 de septiembre en Santiago del Estero.

El peronismo suele embelesarse cuando se mira al espejo que más le gusta, el de la movilización popular, pero, que se sepa, no hay encuesta que diga hoy que el techo bajo de Cristina se haya elevado y hay en esta dinámica de conflicto elementos –debate sobre la corrupción, amenaza de «quilombo», rebeldía abierta frente al Poder Judicial– que, de hecho, podrían dejarlo donde está si no bajarlo aun más.

Si es que, tal vez, el oficialismo esté viendo un espejismo, ¿qué valdrá más cuando comience de verdad la temporada electoral, la pelea actual de JxC, que para entonces se supone que estará saldada con bandos vencedores y vencidos, o la unidad de Todos, generada alrededor de una figura con la que, se ha dicho mil veces, «no alcanza»?

(Nota publicada en Letra P).