LA QUINTA PATA | El huevo, la gallina y la devaluación del poder presidencial

(Foto: Noticias Argentinas).

El recurso a Sergio Massa desnuda la dilución de la autoridad política. El sistema va de parche en parche y la sociedad clama por cauces. Es la economía, sí.

País feraz en la generación de íconos universales, así como de hazañas y naufragios, la Argentina ha logrado una vez más lo imposible: convertir un oxímoron en realidad. La «crisis permanente» de la economía, que Letra P viene describe por lo menos desde 2018, ha devenido en experiencia colectiva y no deja de dar formatos extraños a una estructura política en proceso de derretimiento. La devaluación de Alberto Fernández y la calculada llegada de Sergio Massa al poder –¿no es eso de lo que estamos hablando, acaso?– es el último hito en una tendencia que debería propiciar una reflexión preocupada sobre la erosión grave de la institución presidencial.

Para una persona de ideas libertarias y aun liberales, que una autoridad pretendidamente fuerte en la letra constitucional se vea encorsetada no es necesariamente un drama. Sin embargo, para la mayoría que piensa la realidad desde ópticas que incluyen los grises de la interacción entre el poder político y el mercado, se plantea un problema que no solo debería ocupar al peronismo que hoy pelea como gato panza arriba sino a quienes se preparan para sucederlo el año próximo: no hay que olvidar que también al market-friendly Mauricio Macri un día se le acabó, muy prematuramente, el «gobierno económico». Hay allí afuera una realidad muy difícil encauzar.

¿Será el huevo o la gallina? Sin poder político eficaz no hay gobernanza posible sobre el mercado; sin estabilidad económica no hay autoridad que se legitime. En la Argentina del presente, sin embargo, todo indica que es la macro encabritada la que le va dando formatos extraños a la política, porque, de hecho, el poder presidencial se afianza cuando los números acompañan –tal como ocurrió con Carlos Menem y con Néstor y Cristina Kirchner– y languidece cuando no lo hacen –como les pasó a Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Macri y ahora Fernández–.

La historia es un vendaval

En diciembre de 1983 volvió a regir el sistema presidencialista y democrático consagrado en la Carta Magna de 1853-1860, basado en los hechos en un bipartidismo radical-peronista. La hiperinflación de 1989 anticipó, como se recuerda, los tiempos de la alternancia y, hacia 1994, un cambio constitucional que quedó a mitad de camino de la fantasía parlamentaria de Alfonsín y de la presidencia monárquica de Menem engendró el primer cambio sustancial al sistema. Sin responsabilidad concreta ante el Congreso, pero con un aura de primus inter pares, la Jefatura de Gabinete se convirtió en un híbrido indefinible que no mejoró precisamente la imagen del poder político frente al espejo.

Con el tiempo, la erosión le llegó al menemismo a través de la decadencia del «uno a uno», lo que terminó de estallar en manos de De la Rúa. Es curiosa la historia del período de gobierno que comenzó en 1999 y terminó en 2003, ya que hizo falta que gobernaran los tres hombres que habían sumado casi el 97% de los votos en aquel año para que el país pudiera llegar a la orilla de enfrente.

En efecto, el radical –que había sacado 48,37% de los votos– debió apelar a Domingo Cavallo –10,22%– para evitar el desastre, pero cuando este fracasó, fue Eduardo Duhalde –38,27%– el que completó el cuatrienio… casi, porque en verdad debió dejarlo todo en mayo y no en diciembre en manos de un Kirchner que llegó a lomos de un magro 22%. ¿Podría haber, acaso, una prueba más dramática de la licuación del poder democrático?

Con el ciclo económico externo e interno a favor –salvo por la grave crisis de 2008–, el kirchnerismo pareció remendar el presidencialismo, pero al ocaso de la UCR le siguió también, cuando el segundo mandato de Cristina dio muestras claras de agotamiento en lo económico, la diáspora del peronismo. El viejo bipartidismo mutó en bicoalicionismo para emparchar el sistema. Así, el poder presidencial quedó menguado al no provenir ya del jefe de un sector predominante, sino de una suerte de articulador impugnable por sus socios.

No les fue bien a Macri con su «alianza electoral y parlamentaria, pero no de gobierno» ni a Fernández… con esto que es el Frente de Todos. Así, el jefe de Estado actual, delegado inicial de una mucho más poderosa –pero no por ello autosuficiente– Cristina Kirchner, debe apelar también a una muleta, aunque, a diferencia de la etapa de De la Rúa, esta no le es arrojada desde fuera de su sector, sino desde adentro.

Premonición

«Yo creo que Sergio Massa es, de su generación, la persona que más se preparó para ser presidente», dijo Fernández en mayo de 2020, cuando la pandemia lo mostraba como un padre protector y con niveles récord de popularidad. Seguramente entonces no imaginó que la realidad se le iba a poner tan vertiginosa y que poco más de dos años después llegaría la hora del gobierno de Massa.

La realidad del sistema político se aleja cada vez más de la letra constitucional, reflejo de su disfuncionalidad. Apenas si se adapta a la creciente frustración social y a la tenia ansiosa del desasosiego.

Mientras, el panperonismo hurga en su caja de herramientas para encontrar llaves que le permitan ajustar las tuercas de la gobernabilidad. La llegada de Juan Manzur –un gobernador poderoso– a la Jefatura de Gabinete fue un intento fallido en ese sentido; el de Massa, que la tiene dificil, se verá. En el camino, actúa «a la inglesa», con un «rey» –Fernández– que no gobierna y parece condenado a cumplir un rol solo institucional y con un suerte de primer ministro ad hoc –Super-Massaque llega debido al cambio de humor dentro de la primera minoría.

En el Reino Unido, en efecto, el Partido Conservador acaba de deshacerse del inconsistente Boris Johnson y, en tanto bancada mayoritaria del Parlamento, define en estas semanas su sucesión –y la titularidad del Poder Ejecutivo– entre el exministro de Finanzas Rishi Sunak y la canciller thatcherista Liz Truss. Parecido, pero no igual.

La cuestión es que la Argentina no es el Reino Unido, no tiene su solidez económica ni su condición de potencia y que lo que allí es tradición, aquí es parche sobre parche de una crisis que, por definición, no debería ser permanente. Lo que hace falta es menos zozobra y más certezas.

La cuestión del poder importa y no depende de que sea presidencial o parlamentario, a la europea; de hecho, ese debate está instalado desde hace tiempo a nivel intelectual. Lo que verdaderamente cuenta es su estabilidad, lo que depende de que la economía deje de ser el desastre que es, encuentre un nuevo régimen que reemplace al actual –fatalmente caduco– y dé lugar a un proceso sostenido de acumulación y mejora de las condiciones de vida.

Si eso no se logra, no habrá forma de que una sociedad herida y que necesita ser representada encuentre formas de convivencia con un mercado que no le tiene piedad. Las formas de voto por venir también son un albur.

Si se piensa bien, lo dicho responde al interés de todas las partes. Al fin y al cabo, tanto el centroizquierda como el centroderecha necesitan saldar esa cuestión clave. Y también, hallar formas de legitimidad que no los obliguen a buscar muletas a poco de empezar a andar. 

(Nota publicada en Letra P).