El gobierno de Massa (y el precio del desgobierno)

(Foto: Noticias Argentinas).

Superministro, supercrisis y superambiciones. El delay y las devaluaciones del peso, del Presidente y de los presidenciables. El slalom y las deudas de CFK. 

Ya está: Sergio Massa será superministro de Economía, al mando de una cartera que engullirá las funciones actuales Palacio de Hacienda, el Ministerio de Desarrollo Productivo y el de Agricultura, Ganadería y Pesca. El país y el Gobierno entraron en Fase M. ¿Qué cabe esperar de la administración Massa?

Ya el 19 de junio Letra P contaba que ocupar el Ministerio de Economía era el gran objetivo de Massa, un desafío tan grande como el tamaño de sus ambiciones. El suyo es un caso extraño: por un lado, porque su vocación de hacerse cargo de lo que pocas personas tienen hoy ganas de abordar demuestra una confianza en sí mismo tal, que lleva a pensar si tiene todo el recorrido claro o un nivel inusitado de osadía; por el otro, porque su imagen ha sufrido en los últimos años un nivel de desgaste más propio de alguien que debió gobernar y que lo hizo mal –lo que no fue su caso– que el de un dirigente que fue flotando entre diversas orillas.

Acaso eso, la flotación permanente, sea lo que le jugó en contra, lo que le impidió hacer pie en el nicho electoral que eligió, la clase media, sin dejarle nunca claro en qué vereda estaba parado de las dos que separan a esta: la del peronismo o la del antikirchnerismo.

Para mantener, a sus 50 años, su quemante sueño presidencial, el ministro inminente necesitaba un revulsivo fuerte, uno que lo sacara de la medianía y el rechazo elevado de las encuestas. Ahora lo encontró. Del éxito o del fracaso dependerá su futuro.

En otras palabras, así lo dice Gabriela Pepe en Letra P: esta es «su última gran apuesta», que jugará a fondo.

Tiempos que se aceleraron

Hasta que la crisis tomó velocidad un poco antes de la renuncia por Twitter de Martín Guzmán, Massa tejía sus lazos con el cristinismo, en especial con Máximo Kirchner, a la espera de ser «el Alberto Fernández de Cristina» en 2023. El desmadre del último mes anticipó ese proceso, pero con una peculiaridad: el «gobierno de Sergio Massa» comenzará la semana que viene y sus resultados harán que que 2023 sea para él una consecuencia natural o un imposible acaso irremontable. Por lo pronto, el Frente de Todos encuentra una nueva oportunidad cuando el poco tiempo que media hasta las PASO de agosto del año que viene hacían pensar al Círculo Rojo que su aventura estaba agotada.

¿Quién es?

¿Es el nuevo superministro un «liberal», como afirman quienes son más cristinistas que Cristina, o es un pragmático, como lo definen quienes no lo miran con desconfianza? En todo caso, ¿el Sergio Massa realmente existente es el hombre de confianza que el Departamento de Estado norteamericano tiene en el país, un antichavista además, así como el peronista preferido del Círculo Rojo empresarial y mediático, o alguien que no va a aplicar las medidas market-friendly que muchos esperan de él porque lo que tiene en agenda es la construcción de un proyecto presidencial, justamente, desde el peronismo y con apoyo cristinista? Ese es su pasillo angosto, al costado del cual amenaza un precipicio, camino que deberá volver a explicitar ante sus viejos conocidos de Washington después del paso en falso que se le hizo dar a la maltratada Silvina Batakis.

Como sea, ¿cómo medir la diferencia entre el éxito y el fracaso, tanto de las políticas que aplicará como de su proyección presidencial? Si los planes que se le adjudican son ciertos –defensa del acuerdo con el FMI, rigor fiscal, puente de divisas para nutrir las reservas del Banco Central con incentivos al sector rural y devaluación discreta y controlada del tipo de cambio oficial–, su arranque sería políticamente audaz, corrosivo para la interna del Frente de Todos y delicado en materia inflacionaria. Así, el éxito sería –de llegar– cosa del mediano plazo y se mediría en su capacidad de bajar la inflación desde una nueva altura, restaurar la autoridad del Gobierno y ofrecer, cuando menos, un horizonte de orden y salida a la eterna crisis nacional. ¿Quedará, al menos, la contención del poder de compra de la población dentro de sus posibilidades? Demasiados objetivos para lograr en un año o poco más.

El peso se recuperó este jueves en todos sus tramos, lo mismo que otros activos nacionales, aunque el análisis preponderante subestimó los factores externos de la tendencia y ombliguista, sobreestimó el «efecto Massa». Este viernes sí se podrá separar mejor qué es importado y qué es propio, por lo cual vale fijar el punto de partida del mercado para la rueda que está por comenzar:

Fuente: Rava Bursátil.

Querida, encogí al Presidente

La pregunta del millón es, claro, por qué Fernández demoró esta salida política, que estaba claramente sobre la mesa desde que el 2 de julio Guzmán renunció del peor modo posible. El costo de haber pegado toda una vuelta, demasiado larga, se mide en un salto del 20% de dólar blue, uno del 14,5% del «contado con liquidación» y niveles de inflación graves en julio y, probablemente, agosto. Luego, claro, habrá que evaluar el impacto en precios del plan cambiario de Massa.

Otro costo pagado –no menor– es la violenta desprolijidad de todo el proceso. El video del momento en el que Eduardo Hecker se entera, durante un acto en Catamarca, de que debía correrse para hacerle lugar a Batakis en el Banco Nación es descorazonador. Asimismo, da vergüenza ajena pensar qué habrá pasado por las cabezas de Kristalina Georgieva, los demás funcionarios del FMI y la gente del Tesoro que Batakis acababa de visitar en Washington al saber que, más que con la ministra de Economía, terminaban de conversar con la futura presidenta de esa entidad.

El miedo no es zonzo y Fernández tenía plena consciencia de que, por este camino que al final se le impuso, su autoridad como presidente queda irremediablemente disminuida. Desde ahora, este será un presidente a la europea, esto es ceremonial, carente de poder propio.

Podrá decirse que el Presidente logró mantener, en medio del tembladeral de los últimos días, a incondicionales como Santiago CafieroClaudio MoroniVilma Ibarra y alguien más; lo de Miguel Pesce en el Banco Central es todavía terreno inestable. Así, el llamado «albertismo» sobrevivirá, aunque muy mermado, como un ala del gabinete, pero ya no será de ningún modo un proyecto de poder presente ni con posibilidad de revancha el año que viene.

Un replanteo a la criolla

En paralelo, Massa se erige frente al jefe de Estado en una suerte de primer ministro que, curiosamente, convivirá al parecer con un jefe de Gabinete también de vuelo ahora corto, como Juan Manzur, garantía de presencia del peronismo del interior. El Frente de Todos acumula, como puede, todas las fuerzas que le quedan, pero sorprende constatar la velocidad a la que quema su futuro. Por no hablar de Fernández, Manzur y Daniel Scioli se suman ya, acaso, a la lista de pretendidos presidenciables que quedan prematuramente fuera de la cancha.

¿Será la bala de plata de Massa la que dé efectivamente en el blanco? Mientras la crisis permanente de la economía no deja de reconfigurar la política a los tropezones, el panperonismo se le acaban sus vidas de gato.

La dama ausente

Cristina Kirchner dio su aval al nuevo esquema de poder en medio de su silencio público reciente. Hace menos de un mes, la vicepresidenta le serruchaba el piso a Guzmán, planteaba que el déficit fiscal era un tema menor y que había que avanzar hacia la creación de un salario básico universal. Claro, mientras decía eso, el hombre de Columbia le renunciaba vía Twitter. ¿Cómo pasó Cristina de hacer esos planteos maximalistas a respaldar la llegada de Massa a una presidencia avant la lettre?

Acaso haya reflexionado y reparado en su error. Tal vez, la sorprendió la velocidad que tomó la crisis. Posiblemente, no tenga ya margen para arrojar piedras desde la calle hacia las ventanas frágiles de la Casa Rosada. Como sea, acepta lo que parecía inaceptable para ella, ya no en términos de Massa como persona, sino del proceso político que, se espera, viene a encarnar. Cristina logró echar a Guzmán y se compró un Sergio Massa; ¿quién lo hubiese dicho?

Una duda se impone: ¿saldrá a respaldar las políticas en ciernes o mantendrá su silencio reciente? A Massa le sobra con que lo deje hacer, pero la vice todavía debe una opinión sobre la nueva presidenta del Banco Nación.

(Nota publicada en Letra P).

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