LA RABIA NO ES SOLO ARGENTINA | Pandemia freak: quién es Hernández, la esperanza de la derecha colombiana

Irá el ballotage con Petro. Se dijo admirador de Hitler, pero lo confundió con Einstein. ¿Un anticorrupción corrupto? Guerrilla, secuestro e hija desaparecida.

Será el signo de los tiempos, la mezcla de decepciones acumuladas y falta de respuesta de los establishments o los resabios de la pandemia, pero Colombia mostró otra vez que este es un tiempo electoral poco propicio para los oficialismos. En algunos lugares ganan –Francia y Hungría, entre otros–, pero pierden en potencias como EE.UU. y Alemania, lo mismo que en países regionalmente relevantes como Chile… Como sea, en las elecciones del domingo, la derecha tradicional que hegemonizó la política colombiana obtuvo un resultado paupérrimo –quedó tercera y fuera del ballotage del 19 de junio–, por lo que solo le queda rezar para ser rescatada por un autotitulado outsider: el empresario Rodolfo Hernández.

Como se esperaba, la primera minoría le correspondió al candidato de izquierda Gustavo Petro, pero este no logró romper el techo que le auguraban las encuestas y se quedó con el del 40,3% de los votos. En tanto, estas no llegaron a predecir el desplome del conservador Federico “Fico” Gutiérrez, quien cayó en el último tramo de la campaña del segundo al tercer lugar, finalizando con 23,9%; así, lo superó Hernández –28,2%–. En esta etapa, la derecha será populista o no será.

 En casos como el colombiano, suelen escucharse análisis que, dependiendo de las simpatías de quien habla, señalan que “el que ganó, perdió” o que “empieza una campaña totalmente nueva”. Ni lo uno ni lo otro. El que ganó, ganó y ese fue Petro. Sin embargo, la carrera hacia el segundo turno comienza firmemente basada en lo ocurrido el domingo; esto es lo que preocupa a Petro.

Por un lado, el ordenamiento de los demás candidatos muestra que la izquierda tiene un estanque pequeño para pescar. Es más, el filouribista Gutiérrez ya anunció que respaldará a Hernández para evitar el “salto al vacío” que representaría que Colombia, el país más conservador de Sudamérica, sea gobernado por un izquierdista, exguerrillero del M-19, que va acompañado de una militante feminista y afrodescendiente como Francia Márquez, que busca aumentar la presión tributaria para darle más equidad a uno de los sistemas económicos más inequitativos del mundo y que pretende apurar la reconversión energética de un país que basa sus exportaciones en el petróleo a través del congelamiento de las concesiones de exploración.

Petro, por su parte, advirtió que votar a su contrincante supondría «un salto al suicidio”. ¿Será así? ¿Qué clase de derecha representa Rodolfo Hernández?

El empresario, que hizo una fortuna de unos 100 millones de dólares en la construcción y financiando viviendas para familias de bajos ingresos, suele castigar a los miembros de la dirigencia tradicional con motes como “vagabundos”, “zánganos”, “sinvergüenzas” y “ladrones”.

No se le ocurrió sumar el término “casta” a su florido vocabulario, pero sí la promesa de donar su sueldo como presidente, si eventualmente logra ser electo. Pese a todo eso, sería un error asimilarlo a Javier Milei.

De hecho, sus propuestas son mucho menos ideológicas y están signadas por el pragmatismo y la contradicción permanente. Así, puede decir un día que es bueno que la mujer “apoye desde la casa”, porque “metida en el gobierno, a la gente no le gusta” a prometer un gabinete paritario. 

También puede pasar de rechazar el fracking y el uso de pesticidas a respaldarlos, y de fustigar el acuerdo de paz con las FARC en 2016 a prometer no solo que trabajará para su ejecución sino extenderlo al ELN.

Aunque fue alcalde de Bucaramanga entre 2016 y 2019, cuando renunció, logró mostrarse como un outsider, rasgo que alimentó al ausentarse de los debates televisivos y basar su campaña en las redes sociales, al punto de autopercibirse como “el rey del TikTok”.

Así, le peleará a Petro la condición de candidato del cambio, algo atractivo para una sociedad harta de tolerar la desigualdad, un desempleo del 17%, una pobreza del 39% y una informalidad laboral del 43%, datos que explican en buena medida el estallido de 2021. A eso se suma hoy una inflación interanual del 9%, efecto de desequilibrios propios y de la guerra en Ucrania.

Obsesivo de la pelea contra la corrupción –“donde nadie roba, la plata alcanza”, repite–, también en ese punto Hernández es una contradicción andante: la Fiscalía lo tiene imputado por un supuesto negociado con una empresa especializada en el tratamiento de residuos durante su etapa de alcalde.

No se sabe si por venalidad, provocación, ignorancia o simple error, se declaró en 2016 un “admirador del pensador alemán Adolfo (sic) Hitler”. Como aludió a la idea de que es imposible lograr resultados diferentes siguiendo siempre los mismos caminos, es posible que, como aclaró tiempo después, efectivamente haya cometido “un lapsus” y, en verdad, haya querido mencionar a Albert Einstein.

Su carácter de empresario devenido en político y su lenguaje vulgar y violento –una vez llegó a golpear en cámara a un concejal que acusaba de corrupto a uno de sus hijos– lo asemejan a Donald Trump y a Silvio Berlusconi. La figura de Jair Bolsonaro también podría resultarle cercana. Pero acaso la similitud sea mayor con el primero, dado que el liberalismo económico no es un valor en sí mismo para Hernández, quien –como el estadounidense en los casos del carbón y el acero– ha prometido proteger con aranceles la producción local de alimentos.

Sus idas y vueltas con respecto al trato a las guerrillas merece una mención especial. Su padre estuvo en su momento cuatro meses en poder de las FARC, pero fue liberado. En cambio, su hija adoptiva Juliana –única mujer de cuatro hermanos– fue secuestrada en 2004 por el ELN y su negativa a ceder a chantaje y pagar un rescate de 2 millones de dólares hizo que quedara desde entonces desaparecida y haya sido dada por muerta.

Casi sin bancada propia en el Congreso, Hernández buscará en menos de tres semanas dar la segunda y gran sorpresa de su vida. Acaso la tercera sea el modo en que se dispone a gobernar a los 50 millones de colombianos y colombianas. Eso, por ahora, es todo un albur.

(Nota publicada en Letra P).