GUERRA A LA INFLACIÓN | Que vuelva Carlos

Un retorno en loop a los 90. El gradualismo fallido. Los que deben calmar no calman, los que deben controlar no controlan. La economía y las esquirlas de Todos.

Alberto Fernández se convirtió el martes en el primer líder político de la historia mundial en declarar una guerra con tres días de antelación. Los memes, lejos: se entiende que el viernes estará aprobado también en el Senado el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y que se prepara una batería de medidas heterodoxas para poner en caja la inflación desbocada. El drama es que el aviso prematuro a los formadores de precios puede servir para calmar alguna ansiedad social y demostrar que el Gobierno no es ajeno a la realidad, pero no hará más que dificultar los planes de avance en el terreno. Así las cosas, se dirá, como suele ocurrir, que «vamos ganando», pero conviene pensar en las consecuencias de una eventual derrota.

El Índice de Precios al Consumidor (IPC) de febrero cayó como una bomba en la sociedad y en el poder no solo por el 4,7% que arrojó sino también por otras constataciones.

El mismo rebasó todas las proyecciones privadas, completó un 8,8% en los dos primeros meses del año y 52,3% en los últimos doce, supuso una disparada de 7,5% en el rubro Alimentos y bebidas –socialmente sensible y que se sumó al 4,9% de enero– y arroja más de un 70% en términos anualizados que, es de esperar, no se concreten. Con todo eso, el rango de variación de precios que Martín Guzmán imaginó en 38-48% y que le vendió al FMI parece incumplible y el país se dirige a un nuevo patrón inflacionario, un escalón arriba, el del 60%.

La guerra anunciada por Fernández no tiene por qué ser fallida. Sin embargo, varios elementos llaman a la preocupación y ponen en primer plano una pregunta: las estrategias gradualistas de reducción del índice, fallidas hasta hoy por diversas causas, ¿son aplicables en el marco actual? De la mano de eso, un plan exitoso y que lo encoja en –digamos– cinco puntos porcentuales por año llevaría recién en 2032 a un todavía elevado 10% si se tomara como hipotético punto de partida un 60% en 2022. Otra vez: ¿qué pasaría si fallara?

En tal caso, no demorarían en volver con potencia la receta ortodoxa del ajuste fiscal y monetario en modo de shock y, tal vez, la apelación desesperada a alguna forma de dolarización. Sería un poco sorprendente regreso en modo loop a las políticas noventistas, un «que vuelva Carlos» que reeditaría el sendero que desembocó en el fondo de un acantilado profundo en diciembre 2001.

Esas son las cosas que pasan cuando los problemas no encuentran respuesta por décadas –no, la intervención del INDEC no fue una– y la desesperación cunde. 

En efecto, Carlos Menem fue, junto a Domingo Cavallo y un «uno a uno» de triste memoria en tantos sentidos, el único presidente en décadas que logró abatir el problema inflacionario.

Fuente: Banco Mundial.

Lo que se pretende es alertar sobre un futuro probable, no realizar una apología de los años 90, en los que se remató patrimonio del Estado, la reducción del déficit fiscal se consiguió al costo de provincializar –sin las correspondientes partidas– la educación y la salud, se desbloquearon nuevos niveles para el desempleo y la pobreza, los jubilados fueron una indignante variable de ajuste, las deudas públicas y privadas se hicieron insostenibles y la rigidez cambiaria terminó por desatar la crisis económica y social más grave de la historia. 

Sin embargo, ahí está la memoria histórica de la «cirugía mayor sin anestesia» que promocionó el presidente riojano y los índices que generó. No hay sordera que impida comenzar a escuchar la promoción del regreso de un pasado que hasta hace poco resultaba inconcebible. Todo ello ya está presente en la moda del discurso libertario y, de modo más ambiguo, en el de Juntos por el Cambio, que abjura en voz baja del gradualismo fallido puesto en marcha en 2016. La impotencia de la población y los megáfonos de los gurúes vintage de la city harían el resto.

«Cuanto más alta sea la dinámica inflacionaria, más complejo será reducirla gradualmente. Ya no se trata de acusar a los especuladores por el aumento de precios. El problema es más complejo y deberá ser abordado integralmente», le dijo a Letra P el economista Gustavo Reija.

«Firmar el acuerdo con el Fondo es necesario, pero no suficiente para resolver los problemas económicos argentinos. Queda cada vez más claro que, además de ese entendimiento, es indispensable poner en marcha un conjunto de políticas públicas que aborden la crisis desde lo fiscal, lo monetario y lo cambiario. Sin eso, la fábrica de pobres continuará trabajando a tiempo completo», añadió.

Guzmán ya advirtió que los próximos meses serán duros en materia de precios y que estos comenzarían a bajar un poco más adelante. Mientras lo segundo es por ahorra solo una hipótesis, lo único concreto es lo primero. Así lo dictan la guerra en Europa, que no pegó en febrero y sí comenzará a hacerlo este mes con su potencial de seguir desquiciando los precios del petróleo, el gas, los combustibles refinados y los alimentos; la segmentación y suba de tarifas de servicios públicos comprometida con el Fondo; la actualización de los servicios privados de educación y salud; la puja distributiva que el propio proceso disparará en cada reunión paritaria; la indexación de variables clave de la economía y la necesidad de que el dólar oficial mínimamente se acerque a la inflación –se recuerda: 8,8% solo en un bimestre– para no atrasarse y romper el saldo comercial, una de las pocas cosas que resiste en la macro nacional.

Un abordaje gradualista contra la inflación requiere de un poder político fuerte, capaz de alinear a los formadores de precios con incentivos y disciplina, no uno fragmentado por reyertas internas terminales y dañado por el descrédito social. El gobierno de todas las voces es hoy uno en el que los funcionarios que prometen calmar la economía no la calman y en el que los que abogan por controlarla no la controlan.

La situación es crítica arriba y abajo. En el primer caso, el Presidente sabe que no hay dibujo en la arena electoral que resista esta estampida de precios; en el segundo se juega para muchos y muchas –votantes del peronismo encima– la reproducción biológica de sus vidas el mes que viene, la próxima semana o mañana mismo.

Desde la perspectiva de Guzmán, el problema es, en lo técnico, menos acuciante. «Para el FMI resulta más relevante que se cumpla con la meta de déficit fiscal y la acumulación de reservas que una reducción de la inflación. Es más, esta incluso resultaría útil para licuar gasto público al aumentar la recaudación del IVA y disminuir los gastos en términos reales. Sin embargo, los niveles de precios de este primer trimestre resultan intolerables para la sociedad ya que aumentan la pobreza y la exclusión a niveles más dramáticos», explicó Reija.

El problema para el ministro no es que lo que puede ser útil en el Excel, sino lo político. Si no logra «tranquilizar la economía», algo promete sin éxito desde hace 27 meses, acaso encuentre allí el freno que hasta ahora no pudo ponerle toda la presión del cristinismo.

(Nota publicada en Letra P).