LA QUINTA PATA | Frente de Todos, 2019-2022

(Foto: Noticias Argentinas).

Si bien en lo formal la alianza oficial aún existe, en los hechos ya no encarna el propósito para el que fue concebida. El FMI espera a JxC, ¿la patria también?

El Frente de Todos dejó de existir, al menos en los hechos y tal como se lo había conocido hasta ahora, en la madrugada del último viernes, cuando más de un tercio de su bancada de diputados y diputadas se pronunció en contra –28 votos– o se abstuvo –13– y abandonó a su suerte al Gobierno del que, se suponía, formaba parte en su trance más difícil: la refinanciación de la deuda impagable que Mauricio Macri contrajo casi cuatro años atrás con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El tema, cabe recordar, dirime el futuro del proyecto panperonista entre dos polos, los de una refundación o una decadencia inexorable. Será pato o gallareta.

La aprobación del programa de Facilidades Extendidas fue posible, sobre todo, por el aporte de Juntos por el Cambio (JxC), que puso 111 de sus 116 sufragios para llegar al total de 202. Mientras, el cristinismo –al que se sumarion algunas otras voluntades del free riding que se dice oficialista– abandonó a su suerte a Alberto Fernández y, sobre todo, a la criatura política que engendró en 2019.

Si lo que no existía en 2018 se hizo posible en 2019, ¿hay que descartar que lo que se acaba de romper pueda regenerarse antes de las elecciones de 2023?

Tras la votación, el aire se llenó de veneno en el oficialismo y el final de la semana hábil estuvo lleno de rumores sobre una embestida final del cristinismo contra Martín Guzmán. Ante la consulta de Letra P, cerca del ministro de Economía respondieron que este sabe que «el Presidente lo banca y (que) no va a entregar ninguna cabeza que le pidan los opositores. Ni los de afuera ni los de adentro».

La referencia, fuerte, llevó a buscar respuestas en el entorno más cercano de un jefe de Estado que alternaba el buen ánimo por la buena onda que Gabriel Boric le dedicó en Chile con la bronca que aún masticaba por la votación en Diputados. «¿Guzmán está firme?», consultó este medio. «¿Y Wado (de Pedro) está firme? ¿Y Luana (Volnovich)? ¿Quién está firme cuando una parte grande de un bloque vota en contra de su propio gobierno en un tema tan sensible?», fue la contestación.

«La ruptura de facto del Frente de Todos no solo pasa por las abrumadoras diferencias programáticas. Más que eso, los lazos personales parecen detonados y la confianza, perdida».

Pese a la intensidad del enojo, en ese fenómeno cupular que suele llamarse «albertismo» prima la idea de dejar que la espuma baje. El mandatario se siente traicionado, pero ni sus más incondicionales estan seguros de que se decida a precipitar el divorcio. «Acordate de que tardó meses en pedirle la renuncia a María Eugenia Bielsa«, añadió la fuente consultada.

El frente no se ha roto en lo formal, nadie anuncia –por ahora– que irá por afuera en las elecciones del año que viene y en el gabinete rige una paz armada, pero los cónyuges ya no duermen juntos. Si ninguno de ellos hace abandono del hogar es para no perder la tenencia de los hijos. Lo que no notan es que estos –los y las votantes– tienen cada vez más ganas de emanciparse.

En el hecho fundante de qué hacer con la deuda que Macri contrajo y que generaciones de argentinos y argentinas pagarán, el cristinismo más duro –con Máximo Kirchner como el mejor ejemplo– actuó como si fuera la izquierda trotskista. Lo mismo cabe decir de las entrelíneas del video con el que Cristina Kirchner dejó testimonio del ataque contra su despacho producido en las horas de furia callejera de la tarde del jueves.

Las piedras rompieron los vidrios de su oficina cuando «en la Plaza de los dos Congresos se desarrollaba una multitudinaria movilización política en contra del plan económico del Fondo Monetario», dijo ella. Rewind: «…en contra del plan económico del Fondo Monetario».

Su relato contiene otras claves valiosas. «Un pequeño grupo de manifestantes inició una intensa pedrada contra el Congreso (…). Paradójicamente fue mi despacho el que atacaron. El despacho de quien hizo frente a los fondos buitres, quien mantuvo fuera del país al Fondo Monetario Internacional cumpliendo el legado de mi compañero, Néstor Kirchner, y que además construyó con su decisión el Frente de Todos que permitió derrotar a Mauricio Macri. Paradójicamente o intencionalmente».

«Recordé como nunca sus palabras (las de su marido) con respecto al FMI, cuando decía: ‘Siempre actuó como promotor y vehículo de políticas que provocaron pobreza y dolor en el pueblo argentino’. Otra vez, inmensa pena», completó.

Con el debido respeto a todas las opiniones, cabe preguntarse si Cristina, máxima garante de la gobernabilidad, puede darse el lujo de actuar como si fuera Miriam Bregman. Esta última es una presencia valiosa en el Congreso, pero media un abismo entre las responsabilidades de una y otra.

Hace tiempo que Cristina Kirchner habla, cada vez más, de sí misma. Si Rusia invade Ucrania, se limita a recordar qué ordenó hacer ella como presidenta en 2014, cuando el primero de esos países le arrebató al segundo la península de Crimea. Ahora, cuando el Gobierno –¿su gobierno?– debe atar con alambres la deuda con el FMI, expone su «inmensa pena» y contrapone su figura con la de todos los presidentes que no mantuvieron «fuera del país al Fondo Monetario Internacional». ¿Habrá hablado de Macri, de Fernández o de los dos?

La guerra de Todos contra Todos es indisimulable. El ministro de Desarrollo del gobierno bonaerense y una de la cabezas visibles de La Cámpora, Andrés Larroque, prácticamente puso al Presidente en la posición de alguien que se congratula con que los vidrios del ventanal destrozado hayan caído sobre el cuerpo de la vice.

De un modo imposiblemente más formal, la respuesta a Larroque provino de la exportavoces y ahora sí portavoz Gabriela Cerruti.

La ruptura de facto de Todos es la secuela inevitable de la penúltima rajadura que había supuesto la renuncia de Máximo Kirchner a la titularidad del bloque de diputados. La misma no solo pasa por las abrumadoras diferencias programáticas, unas que mostraron el viernes a La Cámpora casi como parte de un interbloque con el FIT. Más que eso, los lazos personales parecen detonados y la confianza, perdida.

Más arriba se mencionó la creciente autorreferencialidad de Cristina Kirchner. Más que de un rasgo de carácter, tema privativo del doctor Castro, habría que pensar ello como un intento de preservar la fidelidad de la base propia. Sin embargo, el cristinismo erra al apuntar solo a la decepción de muchos argentinos y muchas argentinas con Fernández. La desilusión también se instala en muchos de sus propios fieles –con ecos se escuchan bastante más allá de las redes sociales– ante lo que perciben como una estudiantina impropia de quienes pretenden gobernar un país tan complejo.

Con su postura ante el acuerdo con el Fondo, el cristinismo rompió parte del contrato electoral con muchos de sus votantes: Todos se presentó ante el electorado en 2019 con la promesa de ordenar lo desordenado –la actual vice dixit– por la derecha, lo que incluía la refinanciación de las deudas. Nunca, ni en la letra más pequeña, apareció la idea de que era posible defaultear 44.500 millones de dólares con el pleno de la comunidad internacional, lo que habría privado al país de cualquier acceso al crédito, ya sea multilateral –del Banco Mundial, el BID o la CAF– o bilateral –de China, por ejemplo–.

Así las cosas, ¿qué es, en los hechos, el Frente de Todos? Una suma de figuras, sí. Un reparto de áreas del Estado, también. Pero a nivel legislativo, es la constatación de que cualquier proyecto polémico que pueda aparecer en el futuro obligaría al esforzado Germán Martínez a cortejar los votos cristinistas como si fueran del FIT, de bloques provinciales o de Juntos por el Cambio.

El rechazo nunca debidamente explicado al acuerdo con el FMI es curioso: el entendimiento traza un sendero fiscal y monetario que se cumplirá o no y que, adrede, patea para un futuro indeterminado la definición sobre reformas que este gobierno no aplicará. El Fondo es como el diablo: sabe por viejo. Por eso acaso esté esperando que el Frente de Todos se consuma en su propio fuego para tratar los deberes pendientes con interlocutores más comprensivos. ¿Será desde el 10 de diciembre del año próximo? Con sus desatinos, el peronismo facilita esa especulación.

La rebelión camporista obligó al Gobierno a renunciar a un proyecto que establecía las responsabilidades políticas de la administración –por llamarla de algún modo– de Macri. Asimismo, uno que señalaba la voluntad de esclarecer judicialmente responsabilidades en torno a la percepción de un paquete sin precedentes ni condiciones de devolución, el que además financió la fuga masiva de dólares por parte de «bancos que querían salir de Argentina», como se explicó encima el propio ingeniero.

Con su deserción, el cristinismo le hizo fácil Juntos por el Cambio imponer el andamiaje legal que se votó, que se redujo a un único artículo que faculta al Poder Ejecutivo a arreglarse como pueda. Mientras, la ciudadanía debió escuchar el recinto de la Cámara Baja una sucesión interminable de autoelogios de los endeudadores de ayer por su responsabilidad de hoy, esto es por su apoyo a refinanciar compromisos que jamás deberían haber sido adquiridos.

Así, gracias al oficialismo, el posmacrismo disimuló sus propias fracturas, sacó un master en esquivar el bulto y se evitó el gusto amargo de tragarse un sapo grande como la deuda que tomó.

Las elecciones ya están a la vista y el peronismo, roto como luce, está extremadamente complicado. Más le valdría refundarse porque no se sabe si Dios le demandará a Juntos por el Cambio lo que sería justo, pero parece que la patria está cada vez más cerca de olvidarlo todo.

(Nota publicada en Letra P).