LA QUINTA PATA | Internismo exterior

(Foto: Noticias Argentinas).

Fernández vació en Rusia y China la ametralladora de pies. Del error a la estrategia de vuelo bajo. Diplomacia para la tribuna. En el mismo lodo todo manoseado.

Alberto Fernández expuso como pocas veces sus debilidades políticas congénitas durante su última gira internacional. La misma, como se sabe, siguió a la visita de Santiago Cafiero al Departamento de Estado, que buscó comprometer a esa extensión del gobierno de Estados Unidos para alcanzar un principio de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, los resultados obtenidos allí por el canciller –ni más ni menos que los posibles– quedaron al menos diluidos ni bien el Presidente pisó Rusia –y luego China y Barbados–, donde multiplicó gestos desdeñosos que le llenaron la cabeza de dudas al socio que había tratado de seducir en primera instancia. ¿Qué clase de política exterior busca el jefe de Estado? ¿Cómo se explican sus ambigüedades y torpezas? ¿Qué cabe esperar en ese terreno, hoy más sensible que nunca, hasta la renovación del 10 de diciembre de 2019?

La reiteración del recurso de tratar, como Leonard Zelig, de agradar a sus interlocutores al punto de la mimetización hace que la estrategia pierda eficacia. Sucesivamente seducidos y luego decepcionados, estos terminan por preguntarse si es es posible confiar en él.

Cada vez que Fernández le pide a su embajador en Estados Unidos, su amigo Jorge Argüello, que trabaje para obtener flexibilidad en la refinanciación de la megadeuda macrista con el Fondo –o ahora para atajar los penales que él mismo comete–, lo que en verdad reclama es que logre que el ala política del gobierno de ese país se trabe en una disputa de intensidad limitada, pero no inexistente, con el Departamento del Tesoro. Lo mismo ocurrió cuando mandó a Cafiero a hablar con el secretario de Estado, Antony Blinken. No se trata de postular desde una columna periodística que Fernández deba ser pro o antiestadounidense, sino de advertir que, con sus vaivenes, desautoriza a sus propios delegados y fragiliza a los socios de allá, dificultando que le den una mano en el futuro.

Fernández es dado a las gaffes, pero estas suelen ser espaciadas, como la recordada de los indios, la selva y los barcos. En su última gira, en cambio, dejó sobre la mesa la pistola de disparar insensateces y tomó la ametralladora.

Así, pulsando una sola vez el gatillo, le agradeció a Vladímir Putin el haber salido al rescate de la Argentina cuando hacía falta conseguir vacunas, valorando aquel gesto casi como la única ayuda que el país obtuvo en semejante emergencia. Esperablemente, en Estados Unidos se le recuerda que cuando el Kremlin cortó el chorro de la Sputnik V por el incumplimiento argentino de una larga agenda bilateral, fue la hiperpotencia la que envió millones de dosis de inmunizantes.

Asimismo, le dijo al presidente ultraconservador de Rusia –¡ey, prensa argentina, no es comunista!– que desea reducir «la dependencia de Estados Unidos y del FMI», un objetivo loable, pero que resulta difícil de manifestar cuando se acaba de pasar la gorra en Washington.

Por último, lo más grave y que aquí pasó algo más inadvertido, ofreció a la Argentina como «puerta de entrada de Rusia en América Latina», sin reparar en que Putin venía de amenazar a Joe Biden con responder a la intromisión de la OTAN en su patio trasero ucraniano con un despliegue de soldados y armas en Cuba y Venezuela.

Otra vez: no se trata de criticar la búsqueda argentina de una inserción multilateral en la política mundial, sino de cuestionar qué… diantres –digamos– entiende el Gobierno por multilateralismo.

A la reunión con Xi Jinping llegó con la ratificación del proyecto binacional para construir Atucha III y sumó a la Argentina al proyecto de La Franja y la Ruta de la Seda, que entraña cuestiones sensibles para Washington como, justamente, los planes atómicos, el desarrollo espacial y el 5G.

Cabe en este punto una salvedad: sería bueno que, en lugar de pasar de las ambigüedades del PJ Capital a la «identificación con el Partido Comunista Chino», el Presidente se esfuerce en explicarle Estados Unidos que no debería ofrecerle apenas vetos cuando enfrente hay oportunidades de inversión que, en este caso, alcanzan a 23.700 millones de dólares. 

«No se trata de criticar la búsqueda de una inserción multilateral en la política mundial, sino qué entiende el Gobierno por multilateralismo».

Para cerrar la faena, el mandatario ninguneó en Barbados el aporte estadounidense al principio de acuerdo con el Fondo. «He leído que le mordí la mano a quien me ayudó… ¿A quien me ayudó? A mí con el Fondo me ayudaron los países europeos, me ayudó China, me ayudó Rusia, los países americanos y paro ahí. Sé quién hizo mucho para que ese préstamo sea dado. Eso sí lo sé: el gobierno anterior de Estados Unidos. No lo digo yo, lo dice el Fondo», disparó la ráfaga. ¿Por qué lo hizo, cuando la prescindencia anterior de Biden había cedido, con actos concretos, en las últimas semanas?

En su entorno más cercano prima el desconcierto. «Él es así». «Se pasó de rosca». «Improvisa». «No se dio cuenta de que había cámaras cuando habló con Putín (sic)». Estas y otras frases por el estilo salen de las bocas de quienes pretenden justificarlo. Otros son más duros y muestran desaliento ante el destino de Penélopes que Fernández les impone con sus salidas de libreto.

Ni bien ocurrieron esos hechos, Letra P advirtió sobre su seguro efecto dañino. El miércoles último, el diario La Nación reparó en ello a través de un artículo de portada en el que una fuente en off del Departamento de Estado daba a conocer la amargura de la administración Biden. La portavoces Gabriela Cerruti acertó al negarse a responder un off the record y hasta se rió de un periodista que, de modo inefable, le preguntó si el Gobierno planea «un cambio de sistema político» toda vez que se acercó «a Rusia, el comunismo y China». Sin embargo, la salida por arriba que ensayó Cerruti al laberinto que armó el presidente no oculta que el fastidio estadounidense es real y que en algún momento habrá que hacer algo al respecto. Sobre todo cuando faltan varias puntadas clave para que la refinanciación de los 44.500 millones de dólares que se le deben al FMI no se descosa. Entre lo que resta, hay que destacar qué se hará para reducir la brecha cambiaria, hasta qué punto llegarán las actualizaciones periódicas del dólar oficial, cómo se reducirá la brecha con los paralelos y a qué ritmo y por qué vías se combatirá la inflación. Por si eso fuera poco, la creación de un Fondo de Resiliencia a 20 años –tema de máximo interés para el país– y el futuro de las sobretasas. Encima, ahora con viento norte de frente.

Fernández salió a explicar el sábado en una entrevista en radio 10 que el país «no tiene amigos ni enemigos permanentes ni perpetuos, sino (que persigue) la defensa de sus intereses”. Ya no solo Estados Unidos sino las propias Rusia y China, España, Brasil y el resto de los países hermanos de América Latina, entre otros, quedan avisados. Además, dio marcha atrás y sumó a Biden a la lista de quienes ayudaron con el Fondo.

«Cuando hablé de abrirle la puerta de Rusia a la Argentina, hablé de inversiones. No significa que pretenda instalar un régimen maoísta en nuestro país”, tranquilizó, aunque confundió maoísmo con leninismo y aquel país con China. Aclarar es un flagelo.

Es la interna

La respuesta a la pregunta de por qué Fernández eligió la ametralladora para dispararse en los pies radica, justamente, en las reacciones dentro del Frente de Todos a la negociación con el Fondo, expuesta como una fractura sangrante en el portazo de Máximo Kirchner. Como otros presidentes, contradice a Perón y acude al expediente ramplón de usar la política internacional como herramienta de la doméstica. Así, hace antiimperialismo para la tribuna K, deplora con la boca lo que firma en el Fondo con las manos, critica a Estados Unidos y sobreactúa las migas que hace con los rivales de ese país. Mucho costo para, probablemente, poco rédito: con promesas y desaires reiterados, su palabra se devalúa no solo en Estados Unidos, sino también en Rusia y China, algo de lo que se encargarán otra vez las terminales de Washington en el Gobierno nacional. Y no es seguro que Cristina Kirchner crea a esta altura demasiado en aquella.

En sus excursiones internacionales, Fernández se muestra como un alumno fallido del maestro que dice venerar: Néstor Kirchner. Tal vez no tanto por fallas de uno y méritos del otro, sino porque el primero no cuenta con el beneficio del que, en esta materia, disfrutó el segundo: al revés del período 2003-2007, los planetas no están alineados de un modo que permita que hacer, en perfecta armonía, política hacia afuera y hacia adentro.

Fernández afirma que sus pasos deben entenderse en el marco de la inserción multilateral que desea darle al país. Buena idea. El punto, con todo, es que el multilateralismo no consiste en poner en fila a los interlocutores para endulzarles el oído y después dejarlos pedaleando en el aire. De lo que se trata es de mostrar consistentemente a la Argentina como un socio confiable, amable, no interesado en inmiscuirse en asuntos globales para los que no da la talla y dispuesto a ofrecer las oportunidades de comercio e inversión que tanta falta le hacen.

Sin un golpe de timón lúcido y decidido, la política exterior del albertismo seguirá siendo, hasta el fin de su mandato, un reflejo pálido de los desacuerdos internos del Frente de Todos. Sin embargo, si la alianza oficial está hoy metida en un pantano, no parece conveniente meter también en el barro la relación con el mundo.

(Nota publicada en Letra P).