Al fin realista, Bolsonaro acepta la postura argentina y renuncia a romper el Mercosur

(Foto: Reuters).

El brasileño era hasta ahora un abanderado, junto a Lacalle Pou, de la embestida para que el bloque dejara de ser una unión aduanera. Ayer reconoció la legalidad vigente. El rol de la diplomacia nacional.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, machacó desde la llegada del Frente de Todos al poder en Argentina que sus permanentes ataques –que más de una vez pasaron de la política a lo personal– eran solo respuestas a la actitud “ideológica” del presidente Alberto Fernández en contra de la flexibilización del Mercosur. Durante dos años, el Gobierno nacional pasó por alto las cuestiones de peor gusto y designó como embajador en Brasilia a Daniel Scioli, quien se ocupó de acercar posiciones. Al final del camino –en octubre se sabrá si alumbra o no para el exmilitar el milagro de la reelección frente a Lula da Silva–, el ultraderechista se despide con un baño de realidad: renuncia a desarmar el Mercosur como unión aduanera y convertirlo en una mera zona de libre comercio, pone límites a la presión de Uruguay para que cada miembro pueda negociar acuerdos en soledad y admite, por fin, la legalidad vigente en el bloque. Al final, era él quien largamente se había guiado por pulsiones ideológicas.

La pretensión de Luis Lacalle Pou de asociarse con China “es un problema que enfrentamos. Estamos tratando ese asunto. El Mercosur es algo que debe ser tratado todos los días”, señaló ayer. 

“El Mercosur siempre es inestable y tiene sus pros y sus contras. En este momento Uruguay quiere comprar todo lo que viene de China, independientemente de la cláusula de barrera del Mercosur”, explicitó en declaraciones a Radio Sarandi, del estado de Rio Grande do Sul (sur). “Particularmente, yo entiendo que ser libres podría ser mejor para nosotros, pero respetamos que se hizo en el pasado en lo atinente al Mercosur”, añadió para justificar su pirueta conceptual.

Aunque el presidente brasileño es un hombre volátil y siempre puede dar una nueva sorpresa, todo indica que terminó de renunciar a su ofensiva para que cada miembro pudiera negociar tratados unilateralmente, algo que violaría no solo la Decisión 32/00 del Consejo del Mercado Común sino también el artículo 1 del Capítulo I del Tratado de Asunción, constitutivo del bloque.

El problema de Bolsonaro es que, además de su exceso de ideología, leyó mal la coyuntura internacional, en especial a partir de la pandemia. La prédica ultraliberal y rupturista del Mercosur de su ministro de Economía, Paulo Guedes –otro que se cebó contra la Argentina– lo llevó a imaginar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Lo que nunca entendió fue que eso era solo la pretensión de los sectores más competitivos de la industria brasileña y no del grueso de la misma. Tampoco que Donald Trump podía adularlo –en la medida en que él lo adulara primero–, pero que no tenía ninguna vocación de integración con una economía de bajos salarios como la brasileña. Y, por último, que la llegada de los demócratas a la Casa Blanca con Joe Biden terminó de sepultar aquel proyecto.

Tal como lo informó repetidamente Ámbito, así se lo había hecho saber repetidamente la mayoría de la industria brasileña, defensora de sus negocios en un Mercosur del que no pueden prescindir si no quieren ser barridos por la competencia de países con costos mucho menores y escala mucho mayor.

Sobre esa interna trabajó Scioli, tanto en tiempos de Felipe Solá en el Palacio San Martín como, más recientemente, con Santiago Cafiero.

Un anticipo del acercamiento que supo construir la diplomacia nacional fue lo ocurrido el mes pasado, justo antes de la culminación de la presidencia pro tempore de Brasil. Entonces, ese país, Argentina y Paraguay pactaron salomónicamente una reducción del 10% del arancel externo común del Mercosur para una mayoría de productos, una apertura que no fue tan generosa como pretendía Brasil ni tan tímida como habría preferido Argentina. Sin embargo, primó el pragmatismo, la aceptación de excepciones a conveniencia de cada socio y hubo entendimiento. Frustrada, la Cancillería de Montevideo rompió con todos los precedentes y no firmó el comunicado final de la cumbre virtual del 17 de diciembre último porque el mismo no reflejaba –justamente– su expectativa de flexibilización radical de las negociaciones con terceros países.

Para Bolsonaro, China es más que un peligro para el aparato industrial brasileño: es, como lo era con Trump, un enemigo ideológico, encarnación del cuco del “comunismo”. Así fue que, como el estadounidense, señaló a aquel país como culpable de la peste, cuestionó las vacunas chinas contra el covid-19 –antes de tener que pedirlas de rodillas cuando Brasil se convirtió en el epicentro de la pandemia– y hasta cedió ante la presión de Washington –que, como tantas cosas, no varió de Trump a Biden– de excluir a Huawei como proveedora de equipos para la red de 5G que transportará los datos reservados de gobierno. El gigante chino quedó relegado a participar de la otra red, la destinada solo al público.

Uruguay –un país de economía mucho menos diversificada– ha visto largamente a China como un socio más que interesante. Su producción de granos, carne, lácteos, pasta de celulosa y alguna cosa más podría ser deglutida como una grajea por el gigante asiático mientras que, sin una industria –ni empleo significativo en ese renglón– que defender, la llegada libre de bienes manufacturados de Oriente podría contribuir a un abaratamiento de los insumos y los bienes de consumo importados. No es el caso de Argentina ni de Brasil.

El problema es el precedente: que un país del Mercosur se abra de semejante modo priva a las empresas de las demás naciones del bloque de la reserva de mercado que, justamente, involucra la unión aduanera, por imperfecta que sea. Si los productos de potencias industriales como China, Corea, Estados Unidos o Alemania, por caso, ingresaran con arancel cero a cualquiera de los países miembros, desplazarían de inmediato por su mayor competitividad a los del resto del Mercosur. Eso implicaría decirle adiós a la visión fundacional del club: que la región fuera la plataforma de lanzamiento de una industria local capaz de ganar eficiencia y escala con el tiempo.

Al final, Bolsonaro parece entender. Por suerte eso ocurrió antes de que fuera tarde. Solo faltaría, claro, que no vuelva a cambiar de idea.

(Nota publicada en Ámbito Financiero)