LA QUINTA PATA | El renunciamiento de Alberto Fernández

(Foto: Noticias Argentinas).

¿La promesa de una PASO amplia en 2023 cierra el camino a su reelección? Nombres para la sucesión. La unidad vale más porque duele. ¿Un lugar en la historia?

«Que los matices y las diferencias, compañeros, respetándonos entre nosotros, empecemos a ponerlos sobre la mesa para que podamos llegar al año 2023 con toda la fuerza que necesitamos. Mi mayor aspiración es que desde el último concejal hasta el presidente de la república los elijan primero los compañeros del Frente de Todos». La frase, parte del discurso del miércoles de Alberto Fernández en el «día de la militancia», contiene las tres claves principales del futuro político de la Argentina, al menos en la medida posible de ponderar hoy: la obsesión por el próximo turno electoral, la preservación de la alianza panperonista hasta su llegada y la renuncia del presidente a reclamar la prerrogativa de buscar la reelección sin competencia interna, algo a lo que aspiran casi todos los jefes de Estado o de Gobierno del mundo que no cuentan con impedimentos legales.

El tramo, pese a ser tan significativo, no figuró en ninguno de los doce posteos con los que su cuenta oficial de prensa y difusión dejó testimonio del mensaje. Tampoco en la personal, donde se mezclaron ese día tuits propios y retuits de mensajes ajenos. Eso no debe sorprender, porque lo dicho supone, al menos como punto de partida, un renunciamiento fuerte, algo a lo que, por mencionar el antecedente más reciente, no estuvo dispuesto en 2019 Mauricio Macri, quien resistió las presiones de su entorno y del círculo rojo para delegar su sucesión en María Eugenia Vidal.

El renunciamiento ya es una tradición peronista. El primero fue el de Eva Duarte, cuando, enferma, el 22 de agosto de 1951 declinó ser candidata a vicepresidenta en fómula con Juan Perón en medio de un tenso «cabildo abierto». El segundo fue el de Cristina Kirchner, quien, conciente de que su preponderancia política no incluía la formación de una mayoría en las urnas, el 18 de mayo de 2019 anunció que sería la compañera de binomio de Fernández. Hoy, con eco pluralista y democrático de sesgo alfonsinista, le toca a este último protagonizar el tercero.

El presidente, sin embargo, no puede darse el lujo de convertirse en un pato rengo cuando falta jugarse todo el segundo tiempo de su mandato. Eso explica que Aníbal Fernández, ministro de Seguridad y vocero presidencial oficioso –por ende, más efectivo para instalar temas que la formal, Gabriela Cerruti– haya primereado un día antes del acto peronista al instalar que “Alberto va a pelear por la reelección en 2023″.

El mandatario confía en que cerrar el capítulo de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI), convertir ese acuerdo esperado en el comienzo del reordenamiento macroeconómico de la Argentina, consolidar el rebote de la actividad de este año como crecimiento real desde 2022 y ganar tiempo para empezar a cumplir su promesa de revertir el deterioro de las condiciones de vida de los argentinos y las argentinas le permitan ir por un segundo turno.

La cuestión es que, según promete en estas horas bajas, no estaría solo en los cuartos oscuros de las PASO 2023 y que, a no ser que las encuestas reflejaran una remontada espectacular de su imagen aún imposible de prever, le sería difícil dar marcha atrás en las expectativas que hoy habilita.

La posibilidad de las múltiples precandidaturas presidenciales en Todos planea desde hace tiempo, por lo menos, desde que la vicepresidenta pateó el tablero del gabinete y abrió la puerta de la jefatura del mismo a las ambiciones de Juan Manzur. La saga electoral tucumana fue inversamente proporcional a la bonaerense, por caso: una victoria cómoda en las PASO derivó en una sufrida en la legislativa. Sin embargo, el eslogan «Juan 23» no sucumbió y el exministro de Salud de Cristina puede esgrimir el haber salvado su distrito de la ola amarilla que cubrió buena parte del país.

Otro que ganó por poco el 14N –aunque con el mérito de la remontada– y que, de hecho, fue pionero en el pedido de internas presidenciales en desafío a la prerrogativa teórica de Fernández fue el chaqueño Jorge Capitanich. A falta de otros liderazgos peronistas a la vez electoralmente exitosos y con proyección nacional viable, a ambos solo resta sumar en el corto plazo a Sergio Massa. Ante la esperada relativización del poder del dedo, habrá que ver si este tendrá que recalcular sus planes: si se habilitara finalmente la competencia interna, sería menos probable que su buen vínculo con Máximo Kirchner llevara a Cristina a repetir su jugada de 2019 poniéndolo a él en lugar de un Fernández desgastado. Le llegaría, en tal caso, la hora de medirse de nuevo con la sola armadura de su nombre.

Lo anterior se refuerza por el hecho de que, para agotar el listado de los presidenciables, faltaría un nombre propio de la vice. El impacto de los últimos comicios todavía está fresco, sobre todo –a pesar de la remontada parcial– en la provincia de Buenos Aires, lo que impide aventurar uno factible, pero no parece probable que el sector más grande de la coalición se resigne a mirar el partido desde afuera.

Con su renunciamiento, pronunciado frente a la unidad que la alianza escenificó en la Plaza de Mayo y puso a su disposición, Fernández paga el precio que le permitiría conducir lo que queda de su mandato en orden. En efecto, una desbandada del Frente de Todos queda descartada por el tiempo previsible a través de esa manera de contener la «unidad en la diversidad». Probablemente el presidente esté haciendo un buen negocio: la gobernabilidad es un bien que se paga al contado, mientras que la pelea de 2023 es hoy apenas un cheque volador.

«Unidad hasta que duela» fue el lema que le puso nafta premium a la formación del Frente de Todos hace algo más de dos años. Pues bien, hoy duele, mucho y a casi todos, y esa es la prueba ácida de su valor y perdurabilidad.

En efecto, los resultados del gobierno de Fernández les duelen –así se vio en los comicios– a todos los gobernadores e intendentes peronistas del país. A Cristina le ha dolido al punto del alarido en público y esa reacción de la vice, a su vez, le ha dolido al Presidente. Todos son hoy damnificados por imperio de una realidad que hace dos años era solo una pesadilla y que la pandemia convirtió en realidad. Sin embargo, sin esa unidad incómoda, ¿cuánto valdrían las aspiraciones aisladas de Cristina, de Alberto Fernández, de Massa, de Capitanich, de Manzur y las que pudieran sumarse? Poco y nada para darle pelea a una oposición crecida que aprendió, antes que el peronismo, a maquillar sus diferencias profundas con el recurso de las primarias, último contra el fantasma de la implosión.

El problema es que el segundo tiempo amenaza con ser un camino de espinas. Acordar con el Fondo y cerrar la reprogramación de toda la deuda acumulada en la desaprensiva gestión de Macri fue, desde el vamos, un elemento central del programa del Frente de Todos. Sin embargo, es larga la distancia entre el dicho y el hecho y doloroso lo que supone conformar a los técnicos del organismo y al poder estadounidense que, con Donald Trump o Joe Biden, está detrás de ellos.

Ratificado y con sobrevida, Martín Guzmán respira. Sin embargo, cabe preguntarse por el ancho de la cornisa por la que caminará en los próximos dos años una política económica que debería conseguir, a la vez, reducir el déficit fiscal y crecer, ajustar las tarifas y atender las urgencias sociales, bajar la inflación y mejorar los ingresos, evitar devaluaciones bruscas y mejorar el ingreso de dólares comerciales a las reservas del Banco Central… Se apunta a una proeza, realmente. Con un presupuesto ocupado en un 60% por jubilaciones y en un 25% por subsidios a los servicios públicos, habrá que examinar si la obra pública no deviene en el pato de la boda en el año par, lo que llevaría a preguntarse por la actividad y el empleo. Antes, claro, de que la proximidad de las urnas vuelva a convertir esa herramienta en ineludible para ponerle calor a la economía.

De lo que se trata hoy en el peronismo, cuando la unidad le duele tanto, es de ir gestionando sobre la marcha los desacuerdos y los conflictos; el futuro, se sabe, es un enigma. Solo cuando este llegue se sabrá si a Fernández le habrá tocado ser, antes que un Néstor Kirchner –el fundador de una era– simplemente el presidente de la transición entre la Argentina de los desequilibrios crónicos y una de equilibrios socialmente tolerables.

Si, aun con sus errores, consiguiera conducir al país por ese laberinto oscuro, su renunciamiento de hoy sería un precio módico a pagar por un lugar en la historia.

(Nota publicada en Letra P).