El dólar, una hidra de mil cabezas 

Hércules y la hidra de Lerna, en una vasija del siglo VI A.C.

El supercepo pulveriza el mercado, amplía la brecha y, a cada ley, genera una trampa. Palabra oficial inexperta y el ojo del FMI. El 15N, ¿devaluación o calma?

El dólar blue –ilegal– alcanzó este jueves sobre el mediodía la barrera psicológica de los 200 pesos, algo que generará titulares y actualizará en un gobierno nervioso la hipótesis del «golpe blando«. Sin embargo, eso oculta un hecho todavía más preocupante, dado por la necesidad oficial de administrar reservas muy escasas, lo que se transforma en permanentes vueltas de tuerca sobre el cepo y en nuevas reacciones «creativas» del mercado, que las elude y espiraliza tipos de cambio de los que el público no tenía hasta ahora registro. El dólar, de ese modo, se vuelve no ya un problema enorme para el país sino muchos, como una hidra de Lerna a la que le crecen dos cabezas cada vez que se le corta una.

Para peor, las mencionadas reacciones oficiales no terminan de dar en la tecla. La vocera de la Presidencia, Gabriela Cerruti, señaló este jueves en su conferencia de prensa que «el aumento no es del dólar, es del dólar blue, que es un mercado que se maneja con sus propias reglas y sus propias expectativas. Este mercado está reflejando en este momento más expectativas que tienen más que ver con la situación política que con la económica (…), que está mostrando números muy alentadores y muy buenos».

Si la funcionaria tuviera razón y todo pasara solo por las expectativas, las está manejando mal porque hay un mundo, mucho más grande que el del blue que describe, en el que grandes empresas operan de manera electrónicamente registrada, en el que el tipo de cambio ya supera los $215. Mientras el ministro de Economía, Martín Guzmán, y el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, buscan un Hércules que le corte el cuello de un tajo al monstruo, Cerruti debería al menos, en tanto prestataria de la palabra oficial, atinar a dar una explicación que no atrase tanto respecto de la realidad del mercado. 

La historia parece confusa, pero se la puede simplificar. Un gobierno –mil veces antes de Cristina Kirchner, pero también con ella, con Mauricio Macri y ahora con Alberto Fernández– establece controles sobre un tipo de cambio oficial, limitando el acceso al mismo en cantidad y precio. Entonces quien quiere dolarizar excedentes busca alternativas. Algunas son legítimas, como las que surgen de la compra y venta de títulos públicos en pesos y en dólares, de lo que surge un tipo de cambio, el MEP –Mercado Electrónico de Pagos, que finaliza en cuentas dentro del país– o el CCL –contado con liquidación, que culmina en el exterior–.

Las que no lo son antes recibían el mote de «negro» y hoy, el eufemismo de «blue«.

Cuando, dadas las restricciones, se ampliaron aquellas operatorias legales, el Banco Central comenzó no solo a regular la tenencia y transferencia de esos títulos sino también a intervenir en su precio con sus propios movimientos en el mercado, convirtiendo también en regulado lo que hasta entonces era libre. Así, las limitaciones al movimiento de bonos como el AD30 desplazaron la atención de los agentes al GD30, tanto para hacer MEP como CC libres. Asimismo, otros instrumentos –acciones pasibles de ser compradas y vendidas tanto en pesos como en dólares y de elevada liquidez en el país y en Nueva York como YPF, Banco Galicia, Coca-Cola y otras– se erigieron en vehículos para un nuevo «contado con liqui» libre. Jerry siempre se le termina por escurrir a Tom de entre las garras.

El blue aún genera titulares y contribuye al deterioro de las expectativas, pero su carácter de vehículo de pesos no declarados a la AFIP, pequeñas transacciones entre privados y del canje de los turistas que por ahora no llegan como antes de la pandemia limita su giro. Se trata de un mercado que se ha atomizado mucho, en el que tres o cuatro «mayoristas» se destacan sobre el resto de los operadores, pero que en buena medida no se limita a ellos. Aun así, apenas podría calcularse que su movimiento es de pocos millones por día. ¿Más que diez? ¿Menos?

En cambio, esos raros rulos «nuevos» del MEP y el CCL libres son los vehículos de la dolarización legal y registrada de particulares y empresas que no van a mover cien millones de pesos o más en la calle en busca de arbolitos. Son mercados mayores, cada vez más conocidos incluso para los no iniciados y, por lo tanto, también generadores de expectativas.

Fuente: Rava Bursátil.

Si el dólar oficial ha evolucionado en lo que va del año más de 20 puntos por debajo de la inflación, al mercado le importa poco que el Presupuesto 2022 –por ahora apenas presentado en el Congreso y sujeto a lo que arroje la trituradora de la interna peronista tras el 14N– indique que el próximo será otro año de atraso cambiario. Los números del comercio exterior parecieran indicar que eso –un intento de anclar las expectativas sobre costos y precios– sería posible, pero las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) dicen que no.

Más allá de versiones y del ruido que meten voces que dentro del Frente de Todos plantean que es posible colgarle a todo el mundo la galleta de una deuda de 44.000 millones, Guzmán sigue negociando, el Gobierno girará casi 1.900 millones de dólares el mes que viene para mantener el diálogo a flote y el embajador en Estados Unidos, Jorge Argüello, vaticina un final exitoso de las gestiones antes de marzo, cuando comenzarían a operar vencimientos verdaderamente capaces de hacer la diferencia entre la normalidad y el default. El problema es que el Fondo reclama, entre otras cosas, que se reduzca una brecha con el oficial que, en el caso de los dólares libres, ya supera un insostenible 115%.

¿Habrá, como especulan algunos, un estallido del tipo de cambio oficial, una megadevaluación como las de 2014 o 2018 que devaste todavía más el poder de compra de los salarios, las jubilaciones y los planes sociales? No parece. En las próximas horas deberían entrar al Central unos 300 millones de dólares de organismos internacionales en distintos conceptos, la cosecha fina traería más de 3.500 millones entre el mes que viene y enero y a fines de marzo volverán los sojadólares. Las reservas escasean, pero parecen suficientes, en función de los controles prevalecientes, al menos para hacer el aguante.

Así, la expectativa de los analistas más razonables es la de un aumento «discreto» del tipo de cambio oficial, que lo alinee el año que viene en base a una aceleración de las minidevaluaciones casi cotidianas –crawling peg–, cuando las urnas ya no metan presión, con la inflación realmente existente. Pero eso solo corre un poco el arco: ¿a dónde se irá ese alineamiento con los precios si no se comienzan a poner visiblemente en caja los desequilibrios fiscal y monetario de la economía nacional?

Ese futuro dependerá, en gran medida, de cuán frías estén las cabezas principales del Frente de Todos el lunes 15, de si se dará la «balacera» interna que algunos presagian o si, por una vez, la dirigencia nacional sorprenderá a los gobernados con alguna dosis de sensatez.

Si de expectativas se habla, sería bueno que la cordura prime en la cabezas principales del poder.

(Nota publicada en Letra P).