LA QUINTA PATA | ¿Puede Manzur darla vuelta?

(Foto: Noticias Argentinas).

El 14-N, cortísimo corto plazo del jefe de Gabinete. El laberinto del Estado y el secreto de gastar mucho en tiempo récord. ¿Después? ¿Qué importa del después?

Tal como están las cosas en la política nacional, resulta imposible no evocar el desangelado pogo del entonces titular del Sistema Federal de Medios Hernán Lombardi al grito de “se da vuelta, Mauricio la da vuelta”. Hoy, cuando quienes sueñan con “darla vuelta” son Alberto Fernández, Cristina Kirchner, Sergio Massa y el resto de la figuras del Frente de Todos, vale la pena repasar las condiciones de posibilidad de la epopeya que intentan, una que, para la dicha de las personas pudorosas, no implica sobreactuaciones como aquella, sino algo más pedestre y, a la vez, filoso: el vuelco de muchos contenedores de dinero sobre la calle. Más allá de las consecuencias de hacerlo –el gran tema que asoma en el horizonte–, cabe preguntarse en lo inmediato: ¿hay tiempo para lograrlo, hay manera?

El aterrizaje de emergencia de Juan Manzur en la Jefatura de Gabinete fue el punto de confluencia posible entre los referentes de Todos, extraviados como quedaron tras el palazo de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de setiembre.

En medio de un alto el fuego precario, que en algún momento debería devenir en paz permanente o en guerra abierta, el tucumano tiene en el corto plazo –hasta las legislativas del 14 del mes que viene– la misión excluyente de cumplir con la promesa albertista de 2019, una que las dificultades de larga data, la pandemia y las propias limitaciones del liderazgo presidencial impidieron: poner plata en las carteras de las damas y en los bolsillos de los caballeros.

Para lograrlo, Manzur se ha dado a la misión de cebar todo lo posible la bomba de la administración pública de modo que ejecute en tiempo récord un presupuesto que, como dijo Cristina, venía notablemente demorado.

No hay ya tiempo en el oficialismo para determinar si esa mora respondió a una decisión de Martín Guzmán de allanar la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y su propia visión de una economía encaminada al equilibrio y en crecimiento sostenido o a las deficiencias de la propia maquinaria gubernamental. El tiempo quema.

Así, si hasta agosto la ejecución del gasto público había dejado el déficit primario –antes del pago de deuda– en un 1,5% del producto bruto interno (PBI), es de esperar que en diciembre no llegue al 4,2% que constaba en el Presupuesto anual, pero sí a uno del 3 o el 3,5%.

Para lograrlo, Manzur –que llama temprano a los ministros, se interesa por sus gestiones y, campechano, los anima a “mover el cucu”– debería lograr que “la ejecución salte de 0,7 billones a 1 billón de pesos por mes entre setiembre y diciembre”, lo que supone “una variación de 17% en términos reales respecto del cuatrimestre anterior”, calculó la consultora Analytica en un interesante informe.

“A pesar de la impronta que le pueda imprimir cada funcionario a su gestión, hay tiempos de la burocracia estatal que son exógenos a esas buenas intenciones y que están determinados por procesos mandatorios según normativas y leyes. Por ello, hay que analizar cómo evolucionó el gasto primario entre 2007 y 2021 a fin de evaluar si es factible ejecutar $4 billones hasta fin de año y terminar con un déficit primario de 3,5%”, continúa.

“Si entre junio y agosto del año pasado, cuando la pandemia arreciaba, hubo que volcar tanto dinero al mercado en tan poco tiempo, en esa experiencia anida el secreto que haría eso posible otra vez”.

Siempre según el estudio, dada la experiencia de lo ocurrido entre 2007 y 2021, la estrategia en curso de acelerar el gasto “sería de las más expansivas de la historia reciente”. Así, en total, “a lo largo en 14 años, en apenas ocho meses se registraron expansiones fiscales tan marcadas”, señala. 

Si entre junio y agosto del año pasado, cuando la pandemia arreciaba, hubo que volcar tantos pesos al mercado en tan poco tiempo, en esa experiencia anida el secreto que haría eso posible otra vez: la aplicación de programas de asistencia directa, en dinero contante y sonante. Cualquier otro mecanismo –la obra pública, el crédito– tardaría algo más en llegarle a la gente de a pie tras dar todas las vueltas necesarias en el sistema a través de los meandros del empleo y el consumo. Y tiempo no es lo que hoy sobra.

Ante eso, no sorprende que el Gobierno enfatice en estos días el incremento anticipado del salario mínimo, lo que gatilla la actualización de los planes sociales y seguros de desempleo; que eleve el mínimo no imponible del impuesto a la Ganancias para quienes trabajan en relación de dependencia y perciben salarios medios y altos; que estudie un bono especial para quienes perciben las jubilaciones más bajas y, sobre todo, que se lance con un Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) acotado, mucho menor que el que rigió en la cuarentena dura, pero aun así suficiente para llegar a unas tres millones de personas que se enrolan en la base social –se supone que propia– que el oficialismo no logró motivar en las PASO y que necesitará como el agua cuando las urnas vuelvan a abrirse. Si urge “poner plata en los bolsillos”, el foco claramente será ese.

Una estrategia con riesgos

Siempre de acuerdo con Analytica, “el Gobierno cuenta con el financiamiento y también con las herramientas –transferencia de ingresos– para impulsar fuertemente el gasto hasta las elecciones, sujeto a la restricción de la ejecución. El dilema que se plantea es que la estrategia puede tensar aun más el frente externo”, esto es el mercado cambiario.

“El mes y medio que resta hasta las elecciones conspira contra la sustentabilidad del gasto. Por lo tanto, se requiere una marcada focalización hacia los sectores vulnerables, evitando a la vez un derrame de esos pesos excedentes hacia una mayor demanda de los dólares financieros e informal”.

¿Y después qué pasará? Ocurre que esos pesos, que llegarán con toda justicia a las manos de los más urgidos, servirán para comprar comida a la vuelta de casa, para que el almacenero pague la reposición de su mercadería al distribuidor mayorista, para que este realice nuevas compras a las empresas productoras de alimentos y otros bienes de primera necesidad… El dinero circulará y, más temprano o más tarde, llegará a quienes tienen capacidad de ahorro, lo que en la Argentina es sinónimo de compra de dólares. Ese es el infierno tan temido por Guzmán.

Otro informe, de Consultatio Plus, señala que desde la semana posterior a las PASO, “las perspectivas de los desequilibrios macro se deterioraron fuertemente. La resolución de la crisis política que desencadenó la derrota terminó redundando en una presión para aumentar el déficit dos puntos del PBI, la pérdida de reservas –dolarización– y emisión de pesos se aceleraron y el contexto internacional registró un deterioro muy visible que se refleja en un precio de la soja (que cayó) 25% por debajo del pico del año”. 

Pese a todo eso, “el Gobierno todavía cuenta con herramientas para llegar a la elección sin permitir un ajuste cambiario”. Sin embargo, la presión sobre el billete verde es un hecho instalado y habrá que seguir después de noviembre qué pasa con las brechas, las expectativas de devaluación y la capacidad del Banco Central –que se ha probado mayor que la augurada por los críticos– de evitar una megadevaluación del peso.

Ese escenario, que tanto preocupa a Guzmán, es parte de la pelea que comenzará el día después de mañana.

La historia reciente del país está plagada de ejemplos de que una victoria o una derrota en una elección intermedia no dicen gran cosa sobre el desenlace de la puja presidencial que viene dos años después. Que lo digan si no, respectivamente la Cristina de 2009 a 2011 y el Mauricio Macri de 2017 a 2019. Sin embargo, la percepción de que se viene un choque de planetas prima en la política nacional, y ante semejante agonía le toca al madrugador Manzur ser el encargado de convertir el revés reciente en victoria o, al menos, en una derrota como las que suelen enaltecer a Los Pumas: una bien digna. Eso significaría, en este caso, que el peronismo salve la ropa en las provincia de Buenos Aires, no pierda el control del Senado y no retroceda demasiado en Diputados.

¿Y después? ¿Qué importa del después? 

(Nota publicada en Letra P).