ELECCIONES 2021 | El aguante

(Foto: Telam).

Nuevas políticas para sostener el gabinete. El Presidente busca que sus socios no se lo lleven puesto. ¿Cuándo, cuántos y quiénes? El reto de la gobernabilidad.

“Yo confío en que este camino que iniciamos en 2019 no se altere. En lo que a nosotros concierne, no se va a alterar”, dijo Alberto Fernández el lunes en el Museo del Bicentenario al presentar el nuevo proyecto de Ley Compre Argentino y Desarrollo de Proveedores ante una audiencia de funcionarios e industriales. La frase, que se refirió a la política de impulso a la industria nacional, llamó la atención por no haber sido contundente acerca de la continuidad del proyecto oficial.

¿Habrá querido con ella afirmar el apoyo de un sector que, curiosamente, suele poner los huevos en playas poco aptas para el desarrollo de sus crías? ¿Habrá sido un mensaje a sus compañeros ruta en el Frente de Todos, ante quienes debe plantarse en estas horas difíciles para evitar que se lo lleven puesto con exigencias de nuevas políticas y cambios de ministros? ¿O, simplemente, habrá sido la expresión espontánea de un hombre agobiado por el resultado de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), que dejó a su gobierno crujiendo como nunca? 

Cuándo, cuántos, quiénes. Esas son las líneas que el Presidente se ha trazado para lidiar con las presiones del cristinismo y del massismo para “oxigenar” el gabinete. Sabe que, tarde o temprano, va a tener que hacer cambios, pero lo que no quiere es sentirse empujado por sus socios y, en cambio, prolongar la sobrevida del elenco actual hasta noviembre. ¿Podrá?

Por el momento ha mandado señales hacia adentro de que todos los funcionarios y funcionarias cuestionados continuarán en sus cargos. Sin embargo, en su entorno más íntimo, al que también alcanza el fuego amigo, hay quien percibe que cuando aquel dice que habrá renovación “cuando yo lo considere conveniente”, la posibilidad de que ese hecho se dé antes del 14 de noviembre no se puede descartar.

Para Fernández, deshacerse de “los funcionarios que no funcionan” equivaldría a perder el albertismo realmente existente, entidad que nunca quiso convertir en línea interna de Todos, pero que existe de hecho como un núcleo propio en el gabinete. Más cuando la vicepresidenta, Cristina Kirchner, ha demostrado en recambios anteriores que sus aspiraciones no se detienen en la definición de las salidas sino que se extienden a los nombres de los reemplazantes.

Para ganar tiempo mientras hace el aguante, el jefe de Estado apura anuncios que pretende de alto impacto para comenzar a dar vuelta la debacle de las PASO y aspirar, cuando menos, a salvar la ropa en las elecciones del 14 de noviembre, en especial en la provincia de Buenos Aires y con la mira en no perder el control del Senado y no sufrir un retroceso grave en Diputados. La fecha que se baraja para iniciar la ofensiva es este jueves e incluiría anuncios de subas por decreto de la Asignación Universal por Hijo (AUH), de las jubilaciones y –antes de lo estipulado– del salario mínimo, este último una referencia para el mundo del trabajo informal. Además habrá una vuelta de tuerca sobre la obra pública y la política crediticia del Ahora 12.

Sin embargo, la guerra fría del Frente de Todos pone una y otra vez en primer plano la cuestión de la reforma de gabinete. La misma no es nueva y, de hecho, meses atrás tuvo un primer capítulo dentro del círculo más estrecho del Presidente. En esa ocasión, cuando nadie preveía una paliza como la que se registró el último domingo, primó la idea del asesor y amigo Juan Manuel Olmos y del secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, de usar la bala de plata después del ciclo electoral, de modo de usarla como un relanzamiento de la gestión. El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, tal vez como mejor pulso de la calle, sugería dispararla antes de que se abrieran las urnas.

Un problema para Cristina, Sergio Massa –el más enfático en la necesidad de hacer cambios en Economía– y el propio Fernández es que nada asegura que el recambio y las medidas que se apurarán sean suficientes para que noviembre termine mejor que este mes. Si las cosas volvieran a ir mal, la bala de plata habría sido disparada sin destino y los nuevos ministros y ministras comenzarían sus gestiones desgastados prematuramente y con una derrota a cuestas que, en rigor, no sería su responsabilidad. Esa duda cruel atempera las demandas en ese sentido y le da algo de margen al jefe de Estado en la hora del aguante hasta después de los comicios.

El futuro, un enorme desafío

Una derrota en noviembre de la misma magnitud que la experimentada en las PASO expondría a Fernández no solo a pensar que, como sugirió el lunes, la continuidad del proyecto panperonista quedaría seriamente herida. También haría difícil el tránsito del segundo bienio de su mandato en lo que respecta a la relación con algunos de los principales factores de poder del país. El lunes, mientras Todos recién empezaba a lamerse las heridas, las portadas de los sitios web de Clarín y La Nación mostraban, a todo lo ancho, una foto del Presidente y de la primera dama, Fabiola Yáñez, al pie de un helicóptero. El primero insistió con el tópico en su edición impresa de este martes.

Si algunos ya haciéndose los rulos –Cristina dixit–, otros se endurecerán en la defensa de sus intereses, complicando políticas oficiales clave. Si el Gobierno saliera muy debilitado de los comicios, ¿quién y cómo podría poner en caja, por ejemplo, a los exportadores de carne, con quienes se dirime la compleja disputa entre la necesidad argentina de exportar y la de poner un plato nutritivo sobre la mesa de los argentinos?

En la misma línea, ¿quién sería capaz de influir sobre resortes clave del Poder Judicial, en particular los que, a casi dos años de la victoria del Frente de Todos, siguen manteniendo bajo presión a la vicepresidenta y su familia?

Por otro lado, con Martín Guzmán o sin él, la algarada de gasto público que se viene para ir por la gloria en noviembre repercutirá en un futuro que seguirá teniendo a Fernández en la Casa Rosada. ¿Quién garantiza, en ese sentido, que la euforia del mercado financiero por el fin de ciclo que huele –con un sentido del olfato que dista de ser perfecto– no haga una excepción con el sensible asunto del dólar? Si a lo largo del próximo bimestre se llenará la plaza de pesos para aliviar en lo inmediato a la población y generar una sensación de cierto bienestar, ¿cómo se asegura que el largo verano que terminará alla por marzo, cuando recomience la temporada alta de las exportaciones de soja, no ponga bajo extrema presión las reservas muy acotadas en poder del Banco Central?

Entretanto, ¿quién podría negociar y en base a qué compromisos fiscales y monetarios la monumental deuda de 45.000 millones de dólares que dejó Mauricio Macri, hecho –entre otros– al parecer condonado sin beneficio de inventario por una mayoría social en las PASO?

“No está en tela de juicio la gobernabilidad”, dijo Cafiero el lunes en declaraciones radiales. Si tales espantajos son el tema del momento, el Frente de Todos debería saber que la situación no da para peleas sangrientas.

(Nota publicada en Letra P).