LA QUINTA PATA | Del voto de confianza a una nueva ola amarilla: las cosas que pasaron

(Foto: Telam).

Una gestión sin luces y la pandemia como excusa. Una sociedad muy herida. Campaña duranbarbista, pero sin alegría. Ahora, el fuego amigo.

El voto castigo contra el Gobierno del Frente de Todos no puede sorprender a nadie, excepción hecha de su tamaño portentoso. Lo llamativo, por el contrario, es la extensión de la ola amarilla que cubrió la mayor parte de la Argentina, algo que se produjo sin que la mayoría social que la protagonizó en este domingo de primarias le haya reclamado a Juntos por el Cambio (JxC) autocrítica alguna por el desastre que dejó en el país en diciembre de 2019 ni seguridades sobre un “segundo tiempo” mejor.

Una explicación del fuerte voto a favor de la oposición es que el mercado político no tiene ofertas ilimitadas. Por exitosa que haya resultado la primera experiencia libertaria en las urnas –sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires–, ese sector no es visto por el momento como una opción de poder en sí misma. Fuera de eso, quedaban apenas el peronismo no K de Florencio Randazzo –cuyo nuevo fracaso tal vez termine de demostrarle que no alcanza con ser un hombre de palabra–, la izquierda testimonial y poco más. En alguna medida, el voto por el posmacrismo es, simplemente, el voto por la alternativa disponible, independientemente de sus méritos, evidentemente discutibles.

El Frente de Todos se hizo con algo más de 6,7 millones de sufragios y Juntos por el Cambio, con alrededor de 8,5 millones, pero, más allá de eso, lo que impacta especialmente del voto castigo al oficialismo es su extensión geográfica. En efecto, esta abarcó –con datos todavía parciales del escrutinio– a 16 distritos: algunas fijas como la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Jujuy y Corrientes; otras esperables pero dolorosas como Entre Ríos, Santa Fe, Chubut, Tierra del Fuego y –sensiblemente– Santa Cruz; unas más que llaman poderosamente la atención, como Chaco, Misiones, La Pampa y, de manera demoledora, la provincia de Buenos Aires. También fue derrotado en Neuquén y Río Negro, aunque allí haya sido a manos de agrupaciones locales y no de Juntos por el Cambio.

Al cierre de este artículo, el Frente de Todos se mantenía en pie apenas en Tucumán, Formosa, San Juan, La Rioja y Catamarca. Partidos aliados, en tanto, se imponían en Santiago del Estero y San Luis. Salta, por su parte, era una moneda en el aire.

El gobierno de Alberto Fernández se había ilusionado con que su énfasis en el cuidado de la salud de los argentinos generara reconocimiento, pero la cuarentena prolongada y socialmente dolorosa no impidió que más de 113 mil argentinos estén hoy ausentes en las mesas familiares. Más recientemente, la apuesta fue a que cada vacuna aplicada significara un voto. Luego, la esperanza se encarnó en el rebote de la economía, uno que por ahora resulta solo estadístico. Asimismo, se imaginó una recuperación de los salarios que el empinamiento de la inflación, especialmente lesivo para la base propia, convirtió en un fantasma. Finalmente, la quimera fue la de un “voto de confianza” dada la esperada comprensión social del modo en que la pandemia trastocó todos sus planes antes de que cumpliera cien días de gestión. Nada de eso se concretó.

La pandemia es una excusa plausible, pero eso no le importó a una mayoría que no soporta más deterioro en su calidad de vida. Sean o no culpables Fernández, sus socios Cristina Kirchner y Sergio Massa y los miembros del gabinete, el voto hizo tronar el escarmiento.

La cosecha electoral de Todos en la provincia de Buenos Aires se parece bastante al núcleo duro cristinista. Aunque nadie puede asegurar por ahora que este haya sido el sector que se mantuvo fiel, el tamaño de la sumatoria de Diego Santilli y Facundo Manes lleva a preguntarse dónde están los votos del presidente y de Massa, frutillas moderadas de un postre que hicieron posible el triunfo hace menos de dos años. Estos dos podrían ser las primeras víctimas políticas de la jornada.

Cabe esperar ahora un avance de la vicepresidenta sobre la estrategia de campaña hacia el 14 de noviembre porque está en juego mucho más que el riesgo concreto de una derrota en una elección de mitad de mandato. De eso se vuelve y la historia indica que a ello puede seguir, sin gran sorpresa, un triunfo en la presidencial siguiente. De confirmarse en dos meses, la ola amarilla amenazaría, al menos, la holgura del oficialismo en el Senado y podría convertir en un calvario la gestión de la Cámara de Diputados. Por si eso fuera poco, podría enterrar el sueño de Cristina de que la provincia de Buenos Aires sea el vivero de liderazgos propios, como los de Axel Kicillof y, acaso, Máximo Kirchner.

La ofensiva que cabe esperar de la vice no sería solo electoral; también llegaría a la gestión. Para Fernández, sería difícil resistir cambios de calado en su gabinete, algo que pondría patas para arriba todas las certezas acerca del sesgo programático de su gobierno e iría bastante más allá de las dudas que generaba hasta hoy. El fuego amigo arreciará y la idea de la reelección es, en estas horas, impronunciable.

En el cristinismo se ponía una buena parte de la explicación de la debacle en las fotos del cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, difundidas hace poco. Acaso eso sea exagerado, pero no lo es si se considera el impacto de esas imágenes en un contexto más amplio. Este incluye el vacunatorio VIP, una comunicación oficial caótica por la tendencia del jefe de Estado a hacer la suya y, fundamentalmente, la falta de resultados de gestión.

La campaña peronista debería haber tenido un tono más autocrítico, humilde y persuasivo respecto de las dificultades que se han afrontado, desde la herencia macrista hasta la pandemia. Eso no ocurrió y lo que predominó fue un aura de liviandad, de la que –hay que volver sobre eso– las fotos del Cumple-gate forman parte tanto como las referencias al buen “garche peronista” y a las ventajas de no vivir en la aburrida Suiza. Estas dos últimas cuestiones fueron sacadas de contexto. Chocolate… así es la política. Sin embargo, sin concreciones, sin autocrítica y sin propuestas esperanzadoras, la campaña de Todos fue algo así como una segunda marca de duranbarbismo, sin globos, alegría ni idea de futuro.

Desde este lunes, al oficialismo le tocará “ordenar todo lo que haya que ordenar”. A la oposición, en tanto, le tocará ponerse a la altura del regalo que le acaba de caer desde el cielo por el infortunio ajeno.

La ventaja que ha sacado en la carrera a 2023 le impone explicar qué considera que hizo mal en el mandato de Mauricio Macri, qué cambiaría en caso de volver a la Casa Rosada y, más allá de generalidades, si se propone resolver la crisis macroeconómica tomando prestado el ideario ultraliberal fortalecido en estas primarias, aunque eso conlleve el precio de una calamidad social.

La Argentina se ha llenado de acechanzas.

(Nota publicada en Letra P).