LA QUINTA PATA | ¿Seremos Perú?

(Foto: Reuters).

Ni Venezuela ni Nicaragua ni Haití. El nuevo guion continental del fraude y el condicionamiento de la democracia. De Trump a Fujimori, de Bolsonaro a Macri.

A pesar de la sostenida advertencia de la derecha argentina, una que data al menos de 2003 y cuya consecuencia merecería una causa más noble, el amenazante camino a Venezuela resulta tan largo que, acaso, nunca nos llevará a destino. Tal vez sea por eso que los fieles de esos credos esotéricos, depositarios de verdades que nunca se sabe de dónde salieron, hayan retocado recientemente la profecía para reemplazar la referencia a la cuna del chavismo por la Nicaragua sandinista o, más atrevidamente, por el Haití de la hipermiseria y los magnicidios. El libreto se repite tanto –desde Estados Unidos hasta América Latina, pasando por Europa– que parece escrito por la misma mano, experta aunque poco original, cuyo dueño declama ahora aquí, allá y acullá un nuevo rap: el del fraude electoral. ¿Será que, al final, vamos a ser Perú?

Al cierre de esta columna se esperaba todavía que las autoridades electorales peruanas formalizaran el triunfo, muy estrecho pero inobjetable, del izquierdista Pedro Castillo, trámite insólitamente demorado desde la segunda vuelta del 6 de junio por las infundadas denuncias de fraude electoral de la candidata derrotada, Keiko Fujimori. Es curioso: la insospechada defensora de la democracia reivindica el régimen de su padre Alberto, quien el 5 de abril de 1992 convirtió su apellido, en la forma “fujimorazo”, en rótulo de todos los autogolpes perpetrados por un poder del Estado en contra de otros.

Castillo, se supone, asumirá el miércoles 28 el mando, aunque habrá que determinar si realmente se hará con el poder. La derecha dura de Perú se ha encargado desde el mismo cierre de los comicios de erosionar su figura y de acotar su margen de acción incluso más que lo usual en un país que parece abandonar su sistema político semipresidencialista para deslizarse hacia un parlamentarismo de facto, con un Congreso faccioso que, con amenazas o procesos más o menos formales, se ha deshecho de tres mandatarios en los últimos tres años.

Ante el guion del fraude, Castillo se deshace ahora en promesas de que, con él, la economía de mercado está asegurada, las que, de concretarse en su forma más literal, supondrían una ruptura del contrato electoral con sus votantes. En nombre del cuco del comunismo, el círculo rojo peruano ha puesto al hombre en el potro. Así, la pinza resulta eficaz porque, tras cuestionar la legitimidad de origen de un gobierno percibido como hostil, se procede luego a socavar la de ejercicio a través de un condicionamiento de su programa al punto de alejarlo de su base. Es como el Loto: sale o sale.

En Argentina, a un Mauricio Macri señalado por su aparente manipulación de la Justicia federal, complicado por la causa del Correo y directamente contra las cuerdas por la sospecha de un trasiego informal de material represivo a la dictadura boliviana de Jeanine Áñez, se le ha dado por el rap. En esa línea, recientemente dijo en una entrevista con el canal Todo Noticias que “no quiero un gobierno que me diga qué tengo que hacer” y aseguró que la ciudadanía fue libre de elegir “mientras yo gobernaba”, pero que ya no lo es.

“Estamos discutiendo el mismo modelo, yo no minimizo las cosas. El sistema electoral es parte del sistema judicial. ¿Quién es el nuevo juez electoral en Buenos Aires?“, se preguntó en alusión, en realidad, al nuevo titular del Juzgado Federal de Primera Instancia N°1 de La Plata, que ganó ampliamente por concurso. “¿Es un juez ecuánime o es un militante? Es (Alejo) Ramos Padilla, que es un militante. Son avances… Los que los subestiman, allá ellos. Yo no lo hago”, se respondió a sí mismo para descalificar al magistrado que expuso la trama de espionaje ilegal que parece haber funcionado durante su mandato.

Ante la andanada, Ramos Padilla decidió curarse en salud y le solicitó a la Cámara Nacional Electoral que invite veedores internacionales para asegurar la transparencia de los comicios en la provincia de Buenos Aires.

La canción del fraude es, en verdad, el remixado de un clásico. Ya en 2007, ni bien Cristina Kirchner llegó por primera vez al gobierno, Elisa Carrió inauguró la doctrina de la “legitimidad segmentada”, en referencia a que aquella no gozaba del apoyo mayoritario de las cases media y alta, las que, todo indicaría, son especialmente importantes. Desde entonces, más de uno ha ido bastante más allá y se ha tentado con el sonsonete del fraude, siempre sin pruebas y sin eco social ni judicial. La cuestión es que el ruido, además de intenso, ya se hace surround y merece atención.

En Estados Unidos, Donald Trump perdió las elecciones en noviembre último y aún hoy insiste en que fue víctima de un fraude demócrata. La insistencia deparó una transición de tensión inédita en ese país, que llevó en el copamiento violento del Capitolio por parte de una turba de seguidores suyos. Gracias al libro de reciente publicación I Alone Can Fix It (“Solo yo puedo arreglarlo”), de los periodistas de The Washington Post Carol Leonnig y Philip Rucker, se sabe ahora que el jefe del Estado Mayor Conjunto, Mark Milley, llegó a temer un intento de golpe del presidente republicano o un episodio similar a la quema del Reichstag en la Alemania de 1933. Exageraba, pero no del todo.

El libreto que se escribió en Estados Unidos y se estrena en Perú, ya busca productor en Brasil. En caída libre en las encuestas, que indican que si se votara hoy y no en octubre del año próximo, podría perder incluso en primera vuelta y por más de veinte puntos con Luiz Inácio Lula da Silva, Jair Bolsonaro acaba de amenazar con cancelar los comicios.

El excapitán no defrauda: según él, la izquierda tiene la sartén institucional por el mango y planea, con respaldo del Supremo Tribunal Federal, un fraude con el voto electrónico que rige en el país desde 1996 y nunca generó ningún tipo de sospecha. Por eso exige que se reforme el mismo sistema que le permitió triunfar en 2018 y que el sufragio pase a ser también impreso.

“Las elecciones del año que viene serán limpias. O hacemos elecciones limpias en Brasil o no vamos a tener elecciones”, amenazó el hombre que trastabilla entre problemas de salud, un manejo en el mejor de los casos indolente de una pandemia que ha dejado hasta ahora más de 535 mil muertos y denuncias de que su Ministerio de Salud pidió coimas multimillonarias para la compra de vacunas a empresas intermediarias.

Es peligroso dar por sentada la libertad, sobre todo frente a los argumentos de quienes dividen a sus sociedades casi por mitades en base a peligros imaginarios que, ameritan, aseguran, una suerte de golpe preventivo.

“Hay un favor (del gobierno saliente de Perú) que se manifiesta fundamentalmente en la segunda vuelta a favor de Pedro Castillo (…). Todo lo que se haga para frenar esa operación, que es una operación turbia (…) que va en contra de la legalidad, en contra de la democracia, está perfectamente justificado”, empeoró su otrora maravillosa prosa Mario Vargas Llosa el 9 de julio en Madrid en un foro de nombre cantado, “Iberoamérica: Democracia y Libertad en tiempos recios“. Macri fue uno de los expositores en el panel sobre populismo.

La Argentina de la grieta y la crisis permanente ha puesto de mil maneras en peligro su futuro, pero si algo permanece todavía sin mácula es el sistema electoral. Los gritos pueden ser lineales o como los del tero, un modo de engañar sobre la verdadera ubicación del nido: si no puede evitarse que haya populismo, que sea uno condicionado.

Argentina elegirá diputados y senadores en noviembre y, con grieta seguramente recargada, presidente en 2023. ¿Seremos Perú?

(Nota publicada en Letra P).