Bolsonaro y el viejo truco de ocultar la muerte con el fútbol

(Foto: Noticias Argentinas).

Brasil se acerca al medio millón de muertes por covid-19 y a una tercera ola, pero organizará el torneo que rechazaron Argentina y Colombia. Apuesta de riesgo.

Caja de resonancia por excelencia de la era del sarcasmo, las redes sociales se cebaron con la decisión de Jair Bolsonaro de albergar en Brasil la próxima Copa América de selecciones. Multitud de memes, burlas a la inefable Conmebol, una “mascota” bautizada Cloroquito –en referencia a la cloroquina que el ultraderechista promovió como cura milagrosa contra el covid-19– y hasta el mote de “Cepa América” para el torneo fueron ocurrencias que saltaron pronto de aquellos ámbitos a los chats y a la prensa mainstream. La apuesta del presidente es audaz dados los augurios de que el país se encamina a una tercera ola de la pandemia, acaso más trágica que las anteriores, pero no por ello menos conocida: en el fondo del pozo de las encuestas, el fútbol puede darle la ocasión de que se deje de hablar de cuántos de los más de 465 mil muertos registrados hasta el momento son consecuencia de su desaprensión e incapacidad.

Meme reproducido por el sitio Extra, del grupo Globo.

El jefe del Palacio del Planalto no tardó en vanagloriarse por haberse quedado con un campeonato que Colombia y Argentina no se animaron a organizar en conjunto, tal como estaba previsto: el primer país debido a la convulsión social y política que no logra superar; el segundo por atravesar el peor momento de la pandemia, que hacía incompatible –más allá de los intentos efímeros de convertirlo en sede única– el cerrar actividades comerciales y educativas mientras se lo celebraba.

“La noticia es que tenemos cuatro estados que se ofrecieron voluntariamente para que la Copa América se realice en Brasil después de que Argentina no quiso hacerla. El primer partido será el domingo 13, acá, en Brasilia”, proclamó, triunfante el martes a la noche. El torneo no tendrá público en las canchas.

Las sedes de la competencia serán son Brasilia, el vecino Goiás –en la ciudad de Goiania–, Río de Janeiro, y Mato Grosso –en Cuiabá–, gobernadas por aliados suyos. Otros estados, como Rio Grande do Sul y –después de un sí inicial y un giro final– como San Pablo se negaron a recibir los partidos en medio de una tragedia sanitaria que tiene al presidente investigado en el Senado y en riesgo de terminar sometido a juicio político por genocidio.

“Ganamos una vez más. Quien no quiera ver los partidos, que no lo haga. Que apague el televisor, que se vaya a charlar con el novio, con la suegra, con el suegro…”, dijo ante las risas de los adulones. “Es simple: nosotros, los de derecha, no hacemos lo que no nos gusta, pero el zurdaje les quiere imponer lo que no le gusta a los demás… Y ellos perdieron de nuevo”, añadió.

Doble triunfo, entonces, de Bolsonaro, por provisorio que resulte: uno sobre rivales internacionales como la Argentina que descalifica como kirchnerista; otro sobre sus enemigos internos, defensores de las medidas de prevención en contra de su idea de mantener la actividad normal aunque “algunos vayan a morir”, como dijo alguna vez.

Según el ministro jefe de la Casa Civil –jefe de gabinete– Luiz Eduardo Ramos, no hay motivo para no recibir la Copa cuando toda la actividad futbolística estadual, federal y sudamericana de clubes se lleva a cabo.

¿Será como él dice, un triunfo? Eso habrá que verlo. Internamente, la falta de consenso –en un país dramáticamente polarizado y que el sábado último vio multitudinarias manifestaciones contra Bolsonaro en las principales ciudades– surge claramente del repaso de las sedes mencionadas, poco habituales para los oídos de los futboleros. Salvo por el caso de Río, faltan en la lista escenarios tradicionales como San Pablo, Porto Alegre, Belo Horizonte…

En ese sentido, Carlos Lula, titular del Consejo Nacional de Secretarios de Salud –Conass–, que reúne a las autoridades del área de todos los estados del país, advirtió que “las nuevas variantes de covid-19 se pueden diseminar rápidamente en eventos con aglomeraciones”. Eso, insistió, también “pone en peligro a las delegaciones extranjeras porque hoy Brasil es un riesgo, dado que no logramos vacunar” de modo suficientemente veloz a la población.

En tanto, el relator de la Comisión Parlamentaria de Investigación –CPI– que indaga en su manejo de la pandemia, el senador Renán Calheiros, definió la realización de la Copa como “un escarnio”. “Va a ser el campeonato de la muerte”, disparó, anticipando el tenor de las conclusiones que pueden esperarse de esas pesquisas que tienen, todavía, meses para concluir y que por ahora vienen dejando muy mal parado al mandatario en lo que hace a su resistencia a las medidas de prevención y a su desinterés por la compra de vacunas.

En tanto, Luiz Inácio Lula da Silva, el hombre que en estos días oscila entre la articulación de una amplia alianza anti-Bolsonaro, que puede tenerlo a él como candidato o –más al estilo Cristina Kirchner– llevarlo a dar algún tipo de paso al costado, también trabaja en pos de la condena. La presidenta del Partido de los Trabajadores (PT), Gleisi Hoffman, decidió tratar de frenar el evento a través de una presentación ante el Supremo Tribunal Federal –STF–. Ante eso, el juez de esa corte Ricardo Lewandowski ya le pidió al Planalto toda la información disponible.

El Gobierno atribuye la tirria de la mayoría de los grandes medios a la acción del Grupo Globo, que se quedó fuera de la pelea por los derechos de transmisión de la Copa a manos del Sistema Brasileiro de Televisão –SBT–, perteneciente al empresario Silvio Santos. Todo queda en casa: el yerno de este, Fabio Faria, es el ministro de Comunicaciones.

La apuesta es de riesgo, pero puede traerles ganancias a quienes no han demostrado en más de un año conmoverse por esos peligros para la salud pública.

Después de una caída reciente, Brasil documentó el lunes un promedio diario –sobre base semanal– de 1.849 decesos por el nuevo coronavirus, el cuarto día consecutivo en alza. Así, ya superó los 465 mil muertos y las advertencias sobre la inminencia de una tercera ola, emitidas entre otros por el instituto oficial Fiocruz, resultan más verosímiles. ¿Qué impacto tendría que esta, eventualmente, estallara en plena competencia o poco después de ella? 

Por otro lado, la prédica de Bolsonaro de seguir adelante como si nada pasara empieza a pagarle bien en el plano económico. El producto bruto interno creció 1,2% en el primer trimestre del año en relación con el último de 2020, con lo que la actividad regresó a su nivel prepandemia. El dato no solo superó las expectativas de los analistas privados sino que hace presumir que la economía crezca en el año casi un 4%, un punto porcentual por encima de las previsiones iniciales… eso si la pandemia no vuelve a meter la cola y obligar a los estados a reconfinar a su gente.

Rezagado por amplio margen frente a Lula da Silva en todas las encuestas de intención de voto para las elecciones de octubre y noviembre del año próximo, Bolsonaro decidió jugar fuerte y ganar o perder con las botas puestas. El fútbol suele ser un atajo excelente cuando se trata de invisibilizar la muerte y adornar liderazgos. Ya se verá si esa historia se repite o si la región –Brasil en este caso– ya descubrió el lado ciego de esa tela asfixiante.

(Nota publicada en Letra P).