LA QUINTA PATA | Entre caníbales

Según pasan dos años: 2019-2021. Grieta tirana, crisis sin fin y pandemia. Medidas polémicas, explicación escasa y reacción teenager. Bienvenidos a la fiesta.

“La fiesta que acaba mal está en el horizonte real de cualquier ‘decadencia’. Para comprobarlo basta con verificar lo que ocurre con la fiesta en sociedades indudablemente enfermas, como los yanomamö, asoladas por una guerra perpetua, o, peor aun, en culturas en plena descomposición violenta como los kaingang (…). El folklore kaingang abunda en historias de fiestas que terminan en matanzas y la expresión ‘preparar la cerveza para alguien’ tiene un sentido suficientemente siniestro como para prescindir de comentarios”. (René Girard, La violencia y lo sagrado, 1983)

“Se invitaba a las futuras víctimas a una fiesta, se les hacía beber y luego se las mataba. Los kaingang siempre asociaban la idea de fiesta a las peleas y a los homicidios; cada vez sabían que arriesgaban su vida, pero nunca rechazaban una invitación”. (Jules Henry, Jungle People, 1941. En La violencia y lo sagrado).

¿Será que los argentinos, en un plano afortunadamente más simbólico por el momento, nos venimos comportando como hacían los kaingang, el pueblo indígena del sur de Brasil, en su hora dramática? El examen del último bienio revela que las minorías intensas aún maniatan la dinámica política, impidiéndole al país ir más allá de sus fracasos recientes para encontrar la épica que necesita para abordar problemas como la pobreza en alza, la marginalidad, el retroceso económico, la inestabilidad permanente, una educación en crisis y una salud pública que no da abasto, entre muchos otros. ¡Viva la grieta!

Rebelarse contra el canibalismo del conflicto argento-argentino no es hacer “coreacentrismo”, ese neologismo malnacido en el costado derecho de la grieta que asumieron como propio algunos de los propios convencidos de que hay que buscar caminos nuevos. Definirse de tal modo es una manera más de entrar en la grieta o, más bien, de caer al fondo de esta. 

Ese canibalismo de larga data marca especialmente la historia del bienio que va. Por un lado, la de la gestión de un peronismo reunificado, pero todavía herbívoro y congelado por la pandemia, casi al punto de la desnaturalización, y la de sus contradicciones internas. Por el otro, la de la captura del centroderecha derrotado en 2019 por parte de su ala yihadista, que ha logrado movilizarse en las redes y, sobre todo en la calle, al mejor estilo del populismo que jura detestar. El eje es la pelea por el modelo de país, algo a lo que esta columna volverá más adelante.

Primero, lo urgente 

La emergencia sanitaria que se apoderó del país el 20 de marzo del año pasado ha frustrado por ahora la posibilidad de que el peronismo recree algo parecido al primer kirchnerismo, con el regreso al redil de figuras como el propio presidente Alberto Fernández y Sergio Massa, entre otras. El proyecto, esto es la búsqueda de una vía intermedia entre la distribución a como dé lugar del cristinismo y la colocación de todo el peso de la política en el platillo de la acumulación de capital –con fines presuntos de inversión–, se extravió en la cuarentena, en el cierre de la actividad, en la pelea por la supervivencia biológica y en el acopio de camas y respiradores en un sistema que venía en alarmante abandono.

La llegada de la segunda ola amenaza hoy con agravar ese cuadro, tanto en lo sanitario –debido al temor que genera la explosión de los contagios en el Área Metropolitana de Buenos Aires, AMBA– como en lo político –con un nuevo aplazamiento del ensayo oficial de “tranquilizar la economía” gradualmente como condición necesaria de un proceso de desarrollo–.

Una parte de la dirigencia teme más que nunca los estragos del virus; otra acaba de descubrir el valor de la educación, tras una vida de haber aplicado modelos que no hicieron más que desguazarla. Más allá de la coherencia o incoherencia de este último sector, no puede decirse que no tenga sus razones.

Igual que en los últimos dos años, y antes, en la última se semana, se comprobó que la Argentina está demasiado llena de razones y de sinrazones.

Siguiendo filminas de terror y mirando las espaldas de referentes opositores que, se supone, tienen responsabilidades de gestión, Fernández se cortó solo y explicó insuficientemente partes sensibles de su decreto de necesidad y urgencia (DNU) como el cierre de las escuelas por dos semanas en el AMBA y el despliegue de fuerzas federales en ese territorio.

En tanto, impulsado por sus propias convicciones y por la persuasiva prepotencia del yihadismo que lo rodea y lo presiona para que lidere –literalmente– una campaña de desobediencia civil, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, se le ha plantado enfrente. Este lunes de superacción invitará a sentarse frente al televisor con un balde de pochoclo bien salado para comprobar si hay escuelas que se suman a la resistencia rebelde way convocada por figuras como la presidenta de Pro, Patricia Bullrich, y Laura Alonso, erigidas en extrañas Pasionarias de cuño bolsonarista. A propósito, más allá de que el Gobierno les tenga preparada a los colegios que violen el DNI la pérdida de los subsidios y hasta las habilitaciones, ¿hay algo que sea delito en este país, donde algunos salen a defender sin tapujos las instituciones ignorando decretos con fuerza de ley vigentes y procedimientos judiciales en curso?

La dinámica de la confrontación pone a Fernández y a Larreta en el centro del ring y hasta les da chances de apalancarse en la coyuntura para lograr una preeminencia en sus respectivas alianzas que hasta ahora les ha sido esquiva. Eso, sin embargo, solo será posible si las cosas les salen razonablemente bien, escenario en el que, acaso, no quepan ambos. Afirmar eso impone explorar sus hipótesis negativas, para nada despreciables.

En efecto, ¿qué sería del Presidente si una parte de la sociedad del AMBA suficientemente grande desobedeciera sus directivas y diluyera la reducción de la movilidad y de los contagios que persigue? ¿Qué recurso le quedaría antes del precipicio? ¿Acaso decretar un confinamiento duro alla 2020 que sería todavía menos acatado?

Por otra parte, ¿qué le esperaría a Rodríguez Larreta si los casos de nuevo coronavirus mantuvieran la temible tendencia actual, terminando de desbordar hospitales y clínicas que ya hoy están al filo, ante lo cual aprontan protocolos de triage para determinar, llegado el caso, qué pacientes tendrían prioridad de uso de camas y respiradores si la escasez no tuviera remedio?

El Presidente explicó poco y mal el cierre de las escuelas, pero el jefe de Gobierno porteño solo ha atinado a decir “no” y a aplicar un peligroso laissez faire con los indignados del #AbranTodo. Arengado por la barra brava amarilla, discurso de su administración abunda en explicaciones acerca de la escasa generación de contagios en colegios, fábricas, comercios y hasta locales gastronómicos, así como en la inutilidad de que se restrinja la circulación desde las 20 horas. Sin embargo, como la única verdad es la realidad, juega con fuego al no explicar las razones de la curva insostenible ni precisar qué hará para abatirla.

En lo que constituye un modo de resignificar la vieja grieta, el oficialismo se muestra enfático en abordar el riesgo para la salud pública y la oposición, en dar prioridad a la economía y en sobreactuar la defensa de libertades que nadie amenaza. Una demostración de esto último es el modo en que distorsionó, sin justificación posible, la idea de que las Fuerzas Armadas presten apoyo sanitario, propósito manifestado con claridad por el mandatario, pero que se presentó como la amenaza de un supuesto autogolpe. La especie fue voceada hasta la náusea por artículos que aparecieron y fueron luego levantados en sitios de noticias líderes y en tuits de referentes políticos que, al revés que los primeros, no tienen reputación que cuidar ni se calientan ya por resistir un archivo.

Ahora, lo importante

Más allá de la coyuntura, sin embargo, es fácil constatar el fracaso de los modelos económicos que impulsan ambas minorías intensas, que no registran sus respectivos fracasos ni la necesidad de ensayar algo diferente, comprensivo tanto de la necesidad de acumulación de capital como, a la vez, de mantener equilibrios sociales políticamente necesarios y moralmente imprescindibles.

El estallido del bipartidismo argentino es hijo del agotamiento de los modelos conocidos, pero aquel se ha reciclado en un bicoalicionismo encarnado por el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Como los respectivos núcleos duros siguen marcando el paso en cada una de esas alianzas, lo que se aborta es el nacimiento de una política nueva, dispuesta a la búsqueda de compromisos viables y constructivos.

Como desde hace décadas y, en particular, en el último bienio intenso, el país se apresta a concurrir a una nueva fiesta. Comenzará este lunes, con trágico alborozo.

Adelante, querido lector: la cerveza está bien fría.

(Nota publicada en Letra P).