Hisopudos

(Foto: @PerezMoyaTlSUR).

El que diga que miraba esas escenas sin sufrir, miente. En cada anuncio de extensión de la cuarentena, el presidente Alberto Fernández aparecía cerca, mucho que lo prudente, de sus entonces socios en la cruzada contra el nuevo coronavirus: el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y el gobernador bonaerense, Axel Kicillof. Y peor –ay– cuando los linsonjeaba, los llamaba “mi amigo” y tocaba con cariño, con su mano derecha, el brazo del primero y con la izquierda, el del segundo. “El virus no nos busca a nosotros; nosotros buscamos al virus”, aleccionaba mientras tanto. Y, sí…

Horacio Rodríguez Larreta, Alberto Fernández y Axel Kicillof.

El reciente viaje del mandatario a La Quiaca para acompañar el regreso de Evo Morales a Bolivia fue el summum de esa búsqueda denodada del virus, lo que cuesta hoy que medio gobierno esté aislado y en riesgo, además de haber expuesto a ciudadanos argentinos y bolivianos del común y hasta a dignatarios que acudieron a la asunción de Luis Arce, que le estrecharon la mano o estuvieron junto a él y su comitiva. Los contactos estrechos se mantuvieron con barbijos con el rey de España, Felipe VI, y con el mandatario colombiano Iván Duque, pero no así con el vicepresidente del Gobierno español Pablo Iglesias.

Alberto Fernández despide emotivamente a Evo Morales cuando este estaba a punto de regresar a Bolivia tras un año de exilio.
Alberto Fernández posa en La Paz junto al vicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias. Sin barbijo ni distancia.

La secuencia es conocida. Tras viajar a La Paz para asistir a la toma de posesión de Arce y su vice, David Choquehuanca, el jefe de Estado compartió una cena para festejar el regreso a Bolivia del presidente depuesto hace un año. La misma se desarrolló en La Quiaca, Jujuy, “y, según se puede ver en la imagen que tuiteó el propio Morales, (participaron) 15 personas sin distanciamiento social ni tapabocas en un lugar cerrado, algo que está prohibido por el DNU N° 814/2020 dictado el 25 de octubre de 2020 y que lleva la firma del propio presidente”, dijo Chequeado.

“Según ese decreto, que fue prorrogado el último sábado, Jujuy se ubica entre las provincias del país donde todos sus departamentos están alcanzados por la etapa de Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio (DISPO). Esto implica que aquellas personas que se encuentren dentro de esta provincia ‘deberán mantener entre ellas una distancia mínima de dos metros, utilizar tapabocas en espacios compartidos y ventilar los ambientes’, entre otras reglas”, añadió.

El problema es que el secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia, Gustavo Beliz, fue parte de la comitiva y terminó dando positivo de covid-19, al parecer por un contagio intrafamiliar. Así, debieron hisoparse y aislarse varios de quienes mantuvieron contacto estrecho durante el viaje con el funcionario: además del Presidente, los ministros Felipe Solá, Wado de Pedro y Tristán Bauer; la ministra Elizabeth Gómez Alcorta, los secretarios de Comunicación, Juan Pablo Biondi (con cubreboca, al menos para la foto), y de la Presidencia, Julio Vitobello; el diputado albertista Eduardo Valdés y el senador Jorge Taiana (también con protección).

El humor distiende: según se informó, Fernández y sus incondicionales Biondi y Vitobello comparten aislamiento en la Casa de Huéspedes de la quinta presidencial de Olivos, aunque, eso sí, en habitaciones separadas. La conveniencia de mantener en funcionamiento el aparato de gestión vale la molestia de pasar unos días en la casa del Gran Cuñado.

No puede decirse que el Presidente no haya puesto la pelea contra el capítulo nacional de la pandemia en el centro de su gestión. Y lo hizo asumiendo costos económicos que su gestión aun hoy, a casi un año de camino, intenta revertir. Para él, este año se ha tratado de asumir el mando, ver cómo el país –el mundo– se hundía bajo sus pies y volver a empezar, pero desde el fondo del pozo. Además, el grueso de una oposición calculadora, una prensa muchas veces esquizofrénica y un sector irritado de la sociedad le hicieron muy difícil presionar a fondo el botón rojo del aislamiento social cuando el covid-19 se puso más intratable, lo que hizo de la Argentina un país inesperadamente golpeado a pesar del éxito inicial de su estrategia. Con todo, corresponde recalcar que esta, al menos evitó que los hospitales colapsaran como en otros países, más allá de algunos hechos muy puntuales y efímeros en alguna provincia.

Sin embargo, también es inocultable que él, con sus 61 años de edad y, en  tanto eso, parte de un grupo de riesgo, ha mantenido una conducta más bien temeraria. Todos los cuidados que se cansó de recomendarles a los argentinos faltaron en sus gestos personales. Cabe recordar, en ese sentido, las visitas que realizó en su momento a varias provincias, que provocaron no pocas polémicas ante la posibilidad de que esos porteños llevaran el virus SARS-CoV-2 a donde todavía no había llegado masivamente. Las mismas –¿cómo olvidarlo?– incluían apretones de mano y hasta abrazos. “Con Gildo (Insfrán), deberíamos haber sido más cuidadosos”, concedió en una entrevista radial a propósito de si viaje a Formosa del 29 de mayo. Y esa no fue la única provincia que visitó con el mismo derroche de afecto… 

El gobernador formoseño, Gildo Insfrán, al recibir al presidente a fines de mayo.

También vuelve a la memoria la difusión de la foto de un almuerzo en Olivos con Hugo Moyano –otro hombre grande–, sus respectivas parejas y otros familiares, que expuso ante la sociedad la falta de distanciamiento y de barbijos. Sigue sin saberse qué fue más inexplicable: ¿el evento o su difusión?

Liliana Zulet, Fabiola Yáñez, el presidente Alberto Fernández, Hugo Moyano y Jerónimo Moyano, en Olivos, durante un encuentro que dio mucho de qué hablar.

El mes pasado, el periodista Horacio Verbitsky le hizo una entrevista para su sitio, El Cohete a la Luna, en la que le manifestó esa falta de cuidados, puntualmente durante un acto en Ezeiza, “donde palmeaste a la gente que recibió las llaves de los departamentos”. Fernández, una vez más, admitió el error.

A lo mejor, de tantas macanas y tantos mea culpa alguna vez se aprende. A no ser que el vértigo del riesgo resulte demasiado placentero, como le dijo Valdés al canal Todo Noticias. “¿Puedo hacer una confesión? Lo que me pasó el domingo a la noche en La Quiaca (la cena) debe haber sido una de las cosas más impresionantes de mi vida. Cuando se agradece la nobleza de la vida… haber estado ese domingo y ese lunes junto a Evo, Alberto y (el exvicepresidente boliviano Álvaro) García Linera (…). Qué querés que te diga… Viendo el vaso lleno, si me toca partir después de eso, y bueno, confieso que he vivido. No me arrepiento de nada. He vivido uno de los momentos más sublimes de mi vida”.

“Es muy difícil tomar decisiones (de cuidado personal) en medio de demostraciones de afecto”, justificó.

¿Pensarán lo mismo los habitantes de La Quiaca, expuestos también por esa visita festiva planeada en Buenos Aires? La ocasión fue histórica, ya que fue la primera vez que un presidente visitaba esa localidad, ¿pero justificará con gloria morir?

(Nota publicada en Letra P).