Estados Alterados de América

(Foto: Stefan Jeremiah, The New York Post).

El martes a la noche –bah, en la madrugada del miércoles– se hizo ineviir a dormir sin una definición en la elección presidencial de Estados Unidos. La importancia del país en cuestión y la disyuntiva sobre si la era de populismo de derecha que encarnó en los últimos cuatro años Donald Trump será una anomalía histórica o la nueva normalidad política en la hiperpotencia justificaban la tensión. Para peor, la indefinición se extendió en la madrugada del miércoles a este jueves, aunque con dos novedades salientes: según los escrutinios provisorios en los estados, el demócrata Joseph Biden quedó a un paso de la mayoría de 270 delegados en el Colegio Electoral y el presidente, que se niega a desalojar la Casa Blanca, anunció la judicialización del proceso, lo que, si se sostuviera, podría derivar en una dramática crisis institucional.

Fuente: Viñeta de Jason Adam Katzenstein, The New Yorker.

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Las proyecciones de los medios mostraban una mínima discrepancia: para algunos, Biden ya tenía asegurados 253 delegados, mientras que otros arrojaban 264. Una curiosidad: entre los más cautelosos se contaban los más interesados en que esta era populista solo sea una anomalía –The New York Times, The Washington Post, CNN–, mientras que entre los más jugados sobresalía el hipertrumpista Fox News. ¿Será que el periodismo de guerra muere en los datos? La diferencia se debía a los once votos electorales de Arizona, un estado que fue rojo republicano en 2016 y que parece mutar en azul demócrata. El carácter parcial del escrutinio y la estrecha diferencia entre los candidatos en ese territorio justificaba, respectivamente, que se lo considerara aún indefinido o ya parte de la cuenta de almacenero del exvice de Barack Obama. En la jornada de este jueves, en tanto, se espera que avances en el recuento en otros estados permitan la aproximación a una idea más concreta sobre lo que será de la vida de los estadounidenses –y del mundo entero, ¡ay!– en los próximos cuatro años. 

Fuente: The New York Times.

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Los estados que aún están en juego son –además del mencionado Arizona y de los judicializados por Trump, Wisconsin y Michigan– Pensilvania, Nevada, Georgia, Alaska y Carolina del Norte. En alguno de ellos, por caso Wisconsin, la ventaja obtenida por el opositor es tan exigua, menor a un punto porcentual, que el recuento resulta automático; en otros, sin que se dé ese formalismo pero siempre en términos de definiciones mínimas, ese trámite resultaría aconsejable. Sin embargo, las opciones de Biden son mucho mayores y lo ponen con un pie en la Casa Blanca. Por eso él, su equipo y sus seguidores exigen “que se cuente hasta el último voto”, lo que incluye la millonada de sufragios emitidos por correo en este año de pandemia. Trump, en tanto, pide “parar el conteo” como un boxeador groggie y se aferra a la letra fría de algunas legislaciones estaduales que reclaman que todos los sufragios sean escrutados en la noche de la elección. Sin embargo, en Carolina del Norte, un territorio potencialmente clave, ya se decidió interrumpir el proceso hasta el próximo jueves. ¿Primará –con perdón del viejazo– el castrillismo o el “siga, siga” de Lamolina a la hora de interpretar el espíritu del reglamento?

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La información adicional que pueda surgir en la jornada –¿de Nevada, con sus seis votos electorales– podría permitirle a Biden, que quedaría a punto de coronar su carrera política a sus casi 78 años, realizar alguna declaración que, al menos, serene a los propios. Podría llegar a los 270… ¿Y Trump? ¿Hasta qué punto sostendría la porfía judicial? ¿Hasta la Corte Suprema, como prometió, donde acaba de consolidar la mayoría conservadora mediante el nombramiento agónico de Amy Coney Barrett? ¿O, más bien, el establishment haría valer su peso, conciente de los costos que, literalmente, tendría que el impasse mute en crisis institucional?

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El horno no está para bollos. Ya en la noche del miércoles demócratas y republicanos llevaron la grieta a las calles en varias ciudades: Detroit (Michigan), Phoenix (Arizona), Portland (Oregon), Nueva York… “Cuenten todos los votos” y “No al fraude”, respectivamente, eran las consignas. En algún caso se registraron las primeras refriegas y decenas de heridos, tanto que en Portland fue necesario movilizar a la Guardia Nacional.

Seguidores de Donald Trump, tensos por el sentido que tomaba el escrutinio, se reunieron en la noche del miércoles frente al centro electoral del condado de Maricopa, en Arizona. (Fuente: Reuters)

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Es posible levantar un poco la cabeza y mirar al largo plazo. Bien puede que los demócratas terminen festejando esta vez, pero la evolución demográfica y el sistema electoral indirecto les hacen el camino cada vez más cuesta arriba. Primer indicador: hoy cortan clavos cuando su candidato le saca casi cuatro millones de votos a Trump, cifra que se estirará al final. Segundo: el mapa de los estados muestra, al parecer, el azul suficiente para concretar el asalto a Pennsylvania Av. al 1600, pero el detalle, condado por condado, muestra la creciente prevalencia del voto conservador y la reclusión cada vez más evidente del progresismo en las grandes ciudades. El panorama general es de islas azules flotando en un mar colorado. En el futuro, al Republicano le bastaría con volver a hacer pie en algunas de estas para revalidar su condición de partido predominante.

Fuente: Fox News.

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Como los borrachos, para los fondos de inversión y los traders “siempre hay un motivo real para brindar”. Si antes de la elección la posibilidad de un recuento controvertido los desvelaba, ahora parecen haber perdido el miedo. Según su lectura, no importa tanto si en lo sucesivo gobierna Trump o lo hace Biden… “cargo menos”, como le le atribuye haber dicho a un ceo local. Lo crucial es que los demócratas retendrán la Cámara de Representantes y los republicanos, el Senado, lo que garantiza una debilidad tal del sistema político que haría inviable que el futuro paquete de estímulo que se busca para paliar la segunda ola de la pandemia mute en un gasto público inmanejable y que los liberals –los “progres” en Argentina– impongan regulaciones más pesadas a los sectores financiero y tecnológico, entre otros. La agenda climática, claro, ingresa en la misma ecuación: para quienes reinan nada hay mejor que el statu quo.

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¿Qué pito toca la Argentina en este carnaval? Más gasto público en la emergencia significaría mayor crecimiento global, más comercio, dólar barato, tasas de interés accesibles y soja en alza. El mejor de los mundos. Lo que festeja Wall Street es la posibilidad de que ese escenario fiscalmente problemático, si bien no es descartable ni mucho menos, resulte más suave.

(Nota publicada en Letra P).