Alerta grieta: EE.UU. arriesga la legitimidad de su democracia

(Foto: Telam).

“Este es un fraude contra el pueblo estadounidense. Francamente, hemos ganado esta elección”, dijo Donald Trump en la madrugada de este miércoles, pero gracias a Dios todavía no se conoce ninguna movida del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, para encargar, como hizo en Bolivia, un informe que termine con la incertidumbre y envíe al demócrata Joseph Biden al exilio. Ironías aparte, llama la atención el modo en que las termitas corroen la base de la democracia en el pretendido faro de Occidente. Sí, la grieta lo hizo.

La afirmación del jefe de la Casa Blanca –según Twitter, podría ser engañosa– chocaba con todas las proyecciones, incluida la de su medio amigo, Fox News, que -al cierre de esta nota- le adjudicaba al opositor una mayoría relativa y aún insuficiente de delegados al Colegio Electoral mientras se esperaba el recuento del remanente de sufragios, en gran medida anticipados y por correo, en varios estados clave. Nada parecía, a esta altura, claro en el horizonte político de la hiperpotencia, a excepción de un estado severo de crisis.

Fuente: Fox News.

Mucha agua corrió bajo el puente de la política estadounidense en los últimos cuatro años. Hasta la pandemia, que es cuando terminó el mandato económico de Trump (Mauricio Macri dixit), esa era, justamente, la carta fuerte del republicano. Si bien recibió de Barack Obama un país en plena expansión, no solo desairó los pronósticos de que chocaría la calesita, sino que profundizó la bonanza. Así, redujo el ya bajísimo desempleo del 4,7% que había heredado al 3,6% en febrero último y aceleró el crecimiento, del 1,6% en el año final del demócrata a 2,3%, 2,9% y 2,3% en 2017, 2018 y 2019, respectivamente.

Sin embargo, como se sabe, en marzo la pandemia aterrizó en el continente e hizo de ese país el más golpeado del mundo, con más de 232.000 muertos… y aún contando. El manejo de la emergencia por parte del presidente oscila entre lo malo y lo pésimo, algo que puso el tema como uno de los ejes de campaña.

El auge de la economía con Donald Trump explica la resiliencia del fenómeno político que encarna, pero el peligro que atraviesa en estas horas de incertidumbre responde a los mismo factores ideológicos que atizó.

La economía, como en todos lados, se hizo trizas: el desempleo se disparó a 14,7% en el abril negro y bajó, apenas relativamente, a 7,9% en setiembre, mientras que la contracción económica superó el 30% en el segundo trimestre, algo revertido en el siguiente merced a un desconfinamiento bastante intrépido, lo que, con todo, aún no permitió volver al nivel de actividad del cierre de 2019.

Esa prosperidad, como ya es habitual en Estados Unidos, se repartió inequitativamente, merced a una reforma impositiva que en 2017 les entregó a los más ricos y a las grandes empresas la mayor desgravación en tres décadas. Desde Ronald Reagan, la economía de la oferta –y su contracara piadosa, la teoría del derrame– es el credo conservador.

Lo anterior, el factor económico, explica la resiliencia del fenómeno Trump, no el peligro que atravesaba en estas horas de incertidumbre. El clima crispado que él mismo atizó; las controversias de la campaña; la partidización de los medios de comunicación; las posturas contrastadas en torno al gatillo fácil y el racismo policial vis-à-vis las reacciones sociales; la discusión agónica del escrutinio; la pelea voto a voto y lo parejo de una elección que hasta admitía el escenario de un empate en el Colegio Electoral que dejara la definición en manos del Congreso ponen lo central en otro lado. El problema es que la grieta ideológica ha ido tan lejos que se ha hecho disfuncional y amaga con pudrir las bases de una democracia que, más allá de sus lunares visibles, es tenida como ejemplar en muchos lugares.

Fuente: The New York Times.

El tono sostenido de la discusión política se expresó en que, según la proyección del sitioElections Project, el nivel de participación en la jornada del martes se haya elevado a un 66,9% del padrón, cifra importante en un contexto de voto optativo y la mayor desde los comicios de 1900. Ese carácter intenso que la grieta, un factor que estaba latente en la sociedad estadounidense y que Trump supo explotar como nadie cuatro años atrás, mantiene vigentes los clivajes que este enarbola: el establishment de Washington o los verdaderos Estados Unidos, Wall Street –las finanzas– o Main Street –la economía real–, el interés nacional o la globalización, la industria local o el aluvión chino, el país como financista del esquema de seguridad internacional o una “romana” más pareja con Europa, los trabajadores nacionales o los inmigrantes…

El problema de la intensidad es su efecto secundario: la descalificación terminal del adversario, al que se atribuyen todos los males. Mientras flotaba en el aire la posibilidad de una judicialización del proceso electoral como la de 2000 –aunque, a diferencia de entonces, tal vez en más de un estado–, nada permitía descartar que la tirria política derivase en crisis institucional. ¿Quién convencerá al sector social que termine decepcionado de que el hombre que gobernará el país hasta el 20 de enero de 2025 no es el producto de una trampa gigantesca?

Eso no solo es un problema grave por deja, vacante el abordaje de la agenda que siente como propia la mitad del país –la trumpista o la antitrumpista, según sea el desenlace de la saga–, sino, también, por la erosión que le generará a la legitimidad de origen del próximo mandatario.

Por razones probablemente vinculadas al momento actual del desarrollo del capitalismo, productor sistemático de abismos, la grieta ideológica es un producto tentador para la construcción política, pero inhibidor de una gestión eficaz. Al revés del hallazgo de James Carville, el arquitecto del triunfo de Bill Clinton en 1992, bien cabría hoy decir “es la política, estúpido”.

Así visto el proceso, queda claro que la Argentina no está sola en esa tendencia y basta para comprobarlo con mirar al vecindario, desde Brasil hasta, como se dijo, Estados Unidos. Sin embargo, como de este último país se trata en este momento, no debe dejar de señalarse el modo en que la fosa llena de agua y cocodrilos que lo atraviesa por el medio lo debilita justo cuando dirime la pelea por la hegemonía con la China emergente.

Los avatares de la época pueden resultar difíciles de tragar, pero no dejan de hacerla apasionante.

(Nota publicada en Letra P).