Urgido, el Gobierno argentino ya se prepara para la nueva etapa

(Foto: Reuters).

Desde Juan Perón con Dwight Eisenhower hasta Alberto Fernández con Donald Trump, pasando por Carlos Menem y su amigo George, no puede decirse que la experiencia de los presidentes argentinos haya sido negativa con los republicanos en Estados Unidos. ¿O, más que “presidentes argentinos”, habría que decir “peronistas”? Es probable, porque el Fondo Monetario Internacional (FMI) que le cortó el chorro al radical Fernando de la Rúa en 2001 estuvo fuertemente influido por la administración de George Bush hijo y su secretario del Tesoro, Paul O’ Neill, más preocupado por cuidar el dinero de “los plomeros y de los carpinteros estadounidenses” que por impedir un estallido en la Argentina. El Gobierno de Alberto Fernández siguió ayer la elección en la hiperpotencia con esa idea, aunque algunos funcionarios no descuidaban el otro término de la ecuación: un ascenso demócrata podía hacer el vínculo menos brutalmente transaccional, aislar al brasileño Jair Bolsonaro y facilitar una política hacia Venezuela más tendiente a la diplomacia que a las sanciones y las amenazas de intervención. La ansiedad mordía.

La expectativa ante la nueva etapa se justificaba por la urgencia de resolver una agenda financiera acuciante, de la que depende que se despeje el corto plazo cambiario y, con eso, la posibilidad de un rebote de la economía y de un buen desempeño en las elecciones de mitad de mandato de octubre de 2021.

Así, con puntos a favor y en contra tanto con Trump como con Joseph Biden, la orden fue evitar la gaffe del tándem Mauricio Macri-Susana Malcorra, quienes días antes de las elecciones de 2016 no solo expresaron su simpatía por Hillary Clinton sino que vincularon al republicano con “un proceso de cierre, de xenofobia”, según dijo la entonces canciller. Pragmático, el magnate no pidió explicaciones por eso y ya sea con el centroderechista como con Fernández ha jugado a favor tanto en la relación con los bonistas privados como con el FMI. Sin embargo, siempre es mejor ser dueño del propio silencio.

La información desde Washington fluyó al inicio de la jornada a través del área de la Jefatura de Gabinete que sigue los medios internacionales y luego, del embajador Jorge Argüello.

El contexto en el que se jugará la acuciante agenda nacional comienza con la renegociación de la deuda de 44.000 millones de dólares que dejó Macri, que Fernández y el ministro Martín Guzmán quieren que se comience a servir cuando termine el actual mandato de modo de darle tiempo a la economía a generar los recursos necesarios. Ese período de gracia, la aspiración de que el organismo no presione para apurar la llegada a un equilibrio fiscal que, pandemia mediante, también quedaría para el próximo gobierno y la posibilidad de que se metan en el paquete fondos frescos para reforzar las reservas hasta la llegada de la nueva temporada de la soja en el próximo otoño es lo que se dirime en las tratativas. Estas, claro, no pueden prosperar sin el visto bueno de la Casa Blanca.

La posibilidad de que lleguen nuevos fondos –¿3.000, 5.000 millones?–, hasta ahora un tabú para el Gobierno, se activó en paralelo a la ofensiva para frenar la escalada de los tipos de cambio paralelos y evitar una megadevaluación del oficial. La misma fue anticipada por el representante ante el FMI, Sergio Chodos, y pese a que no ha sido confirmada por Guzmán, lo sugestivo es que tampoco ha sido desmentida.

Un partido se juega en simultáneo en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que Trump acaba de entregar a uno de sus incondicionales, el cubano-estadounidense Mauricio Claver-Carone, revirtiendo la tradición que reservaba ese sillón a un latinoamericano. Este busca que la entidad sirva al objetivo de reforzar la presencia de Estados Unidos –en detrimento de China– en la corriente de crédito institucional en la región, algo fundamental para una Argentina que necesitará financiar su déficit fiscal –se espera que decreciente– cada vez con más acceso al crédito y cada vez menos en base a emisión monetaria. 

Claver-Carone dejó abierta la puerta a una mayor provisión de préstamos al país, pero sugirió que eso implicaría contraprestaciones. Además, de acuerdo con el armado de sus vicepresidencias, parece dispuesto a dirigir el BID junto a países menores y a espaldas de los pesos pesados de la región, como México, Argentina y hasta Brasil.

“Lo del Fondo está encaminado, pero igualmente va a ser una puja de intereses fuerte. Lo del BID… ese partido empieza a jugarse después de la elección de Estados Unidos”, le dijo a Ámbito una calificada fuente oficial.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).