La falta de credibilidad, la otra enfermedad de Donald Trump

(Foto: Reuters).

Hasta su salida sorpresa del hospital ayer, los medios más influyentes de Estados Unidos expresaron a lo largo del fin de semana un elevado nivel de alarma sobre el estado del presidente Donald Trump, aquejado de covid-19. La inquietud –fuera de proporción a juzgar por los dichos de sus médicos, por su aparición en un video el sábado a la noche y por su polémico paseo de ayer a la tarde–, podría justificarse por algunos indicios que trascendieron desde que el viernes se hubo confirmado su contagio y por los factores de riesgo que sobrelleva –sus 74 años de edad y sobrepeso–, pero especialmente por una segunda “enfermedad” atribuible a su estilo político: la falta de credibilidad.

The Washington Post abría ayer a la mañana su edición de Internet advirtiendo: “Pronunciamientos en conflicto crean incertidumbre sobre el estado de salud de Trump”. Por si eso fuera poco, un análisis lateral se titulaba “El plan para el Gobierno si múltiples líderes quedan incapacitados: el que no existe”.

En tanto, The New York Times, otro medio de una línea cada vez más opositora conforme se acercan las elecciones del 3 de noviembre, señalaba en la misma línea que “La Casa Blanca envía mensajes contradictorios sobre la salud del presidente”.

En espejo, el sitio oficialista Fox News también añadía dramatismo: “Optimista y firme”, le atribuyó haber dicho al jefe de la campaña republicana, Steve Cortes, en torno a la “batalla” que libra el jefe de Estado por su vida.

El grupo Alliance for Science (“alianza por la ciencia”) de la Universidad de Cornell realizó un estudio entre 38 millones de artículos publicados por medios tradicionales de varios países de habla inglesa entre el 1 de enero y el 26 de mayo. En ese universo, identificó “más de 1,1 millones de nuevos artículos que diseminaron, amplificaron o reportaron información falsa durante la pandemia”, generando conversaciones sobre once tópicos entre los que sobresalieron “teorías conspirativas” y “ataques” contra el eminente infectólogo y asesor de los últimos presidentes Anthony Fauci.

Trump, que se trabó varias veces en polémicas públicas con el científico, “generó picos importantes de desinformación acerca de ‘curas milagrosas’, en especial por su reflexión del 24 de abril sobre la posibilidad de usar desinfectantes internamente para curar” el mal, indicó el relevamiento.

Asimismo, el trabajo de ese grupo que se propone la difusión de “información científica basada en la evidencia”, añadió que “la defensa hecha por Trump de tratamientos no probados como el de la hidroxicloroquina, así como su admisión de que usó esa droga para prevenir el virus, también provocó picos importantes de desinformación en las conversaciones”.

“Estos hallazgos sugieren que el presidente Trump probablemente fue el mayor difusor de información errónea durante la pandemia de covid hasta la fecha”, concluyeron los autores.

El desastroso manejo de la pandemia por parte de su Gobierno explica que Estados Unidos sea el país más afectado del mundo, con casi 7,4 millones de casos documentados y unas 210 mil muertes reportadas, de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins. 

El periodista Bob Woodward, célebre por haber destapado el escándalo Watergate, citó a Trump en su último libro afirmando que “siempre quise minimizar (el covid-19). Y todavía lo hago para no crear pánico”. Sin embargo, la subestimación del peligro fue más allá de un cálculo de ese tipo, algo que contribuye, además de sus controvertidos dichos públicos, a la escasa credibilidad del republicano en la materia.

En el tumultuoso debate del martes último, Trump se burló de su rival demócrata Joseph Biden por usar barbijo y en el video que difundió el sábado a la noche desde centro médico militar Walter Reed de Bethesda (estado de Maryland) justificó no haber sido más precavido pese a sus factores de riesgo porque “no puedo estar encerrado en una habitación totalmente seguro, un líder tiene que enfrentar los problemas”.

Así fue como su caso se dio en el marco de una ola impresionante de contagios dentro de una Casa Blanca que evidentemente no aplicó medidas de prevención adecuadas. A la par de su caso, durante el fin de semana se informó que, además de su esposa Melania, también están enfermos sus asesores Chris Christie, Hope Hicks y Kellyanne Conway; su jefe de campaña Bill Stepien; el director de Operaciones de la oficina presidencial Nick Luna; los senadores republicanos Thom Tillis, Mike Lee y Ron Johnson, y tres periodistas. Se sospecha que la cadena de contagios se produjo en la propia Casa Blanca el 26 de setiembre, en ocasión de un acto por la postulación de la jueza Amy Coney Barrett a la Corte Suprema.

Tampoco contribuyen a tranquilizar y a dar valor a la información oficial las desprolijas idas y vueltas de comunicación que se registraron, sobre todo el sábado.

Su médico, el comandante de la Armada Sean Conley, habló ese día de un “progreso sustancial” en la salud del presidente, esquivó con poca gracia las preguntas acerca de si este tuvo algún requerimiento de oxígeno, preocupó al revelar que se le estaban suministrando tratamientos experimentales y causó confusión al hablar de la fecha de diagnóstico, que ahora no se sabe si fue el jueves o el miércoles.

Se trató de un verdadero despropósito comunicacional que no se detuvo allí. Apenas minutos después, “una fuente familiarizada con la situación” les dijo a los periodistas apostados frente al sanatorio que había “preocupación” por los signos vitales de Trump y aseguró que las siguientes 48 horas serían clave para su evolución.

Un video tomado en el lugar y subido a las redes sociales mostró luego que la fuente anónima que se había acercado a los periodistas había sido nada menos que el jefe de Gabinete Mark Meadows.

Otros detalles, ventilados ayer por medios como Vanity Fair, también cimentan la imagen de Trump como un paciente rebelde y negador. De acuerdo con esa información, este tuvo dificultades respiratorias, debió recibir oxígeno y recién se convenció de internarse el viernes cuando la fiebre le subió a 39 grados y medio.

Todo indica que la decisión de Trump de grabar y subir a sus redes el video del sábado por la noche fue un modo de expresar su enojo con Meadows. Sin embargo, aunque se lo vio entero, en vez de aclarar también oscureció. “Estoy empezando a sentirme bien. No lo sabré hasta los próximos días, supongo que esa es la verdadera prueba”, dijo… usando términos similares a los de su colaborador desautorizado.

Las últimas novedades confirmaron ayer que la mejoría fue real, al punto que el magnate inmobiliario se lanzó a un paseo en caravana oficial por el área capitalina. Eso sí, fiel a su estilo, esto es descuidadamente y movilizando a su alrededor a un grana número de guardias del Servicio Secreto y eprsonal puesto innecesariamente en riesgo.

Un malpensado podría imaginar que las horas de alarma no fueron otra cosa que el producto de una puesta en escena electoralista del propio Gobierno. Pero eso es imposible: cosas de ese tipo no ocurren en los Estados Unidos de Donald Trump.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).