Tras el traspié en el BID, confía Argentina en evitar represalias de Estados Unidos en el Fondo

La ruptura de la tradición que desde 1959 reservaba a un latinoamericano la conducción del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la elección al frente del mismo del estadounidense Mauricio Claver-Carone, un halcón de Donald Trump, supone un desafío para la Argentina. Aunque desde el principio el Gobierno consideró que ese resultado –consumado el sábado– era probable, planteó una estrategia de bloqueo que, tras haber fallado, lo obliga a reconducir la relación con Washington en un organismo fundamental para el financiamiento en los próximos años y para evitar posibles represalias en el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Con el 16,51% de los votos, el peso de Estados Unidos es decisivo en el Directorio del Fondo, con el que ya se renegocia la deuda de 44.000 millones de dólares acumulada en el último año y medio de gestión de Mauricio Macri. En el proceso, que llevaría de seis a ocho meses, podrían surgir reclamos de condicionalidades inaceptables para el país, especialmente en materia fiscal, previsional y laboral. Para evitar ese escenario –que constituye una hipótesis de trabajo, pero que se considera poco probable– se pondrá en marcha desde hoy mismo una nueva estrategia destinada a evitar roces con la Casa Blanca.

Claver-Carone, que asumirá el 1 de octubre, recibió el respaldo de 30 países –66,8% de los votos–, algo que rompió otra tradición: la de elecciones que se definían por consenso. La Argentina fue una de las líderes del bloque disidente, conformado por 16 países y que reunió el 31,23% de los votos. Junto al país actuaron México, Chile, Perú, Trinidad y Tobago y los miembros europeos del BID.

La apuesta inicial de la Cancillería era que ese bloque restara quórum a una elección que se definió por videoconferencia debido a las restricciones que impone la pandemia. Con un 25% de los votos habría sido suficiente para bloquear al cubano-estadounidense Claver-Carone y pasar la elección para marzo, después de los comicios presidenciales en Estados Unidos, pero ni México ni los países europeos quisieron llevar tan lejos su desafío. El último jueves, cuando percibió que eso ya era irreversible, Alberto Fernández decidió declinar la candidatura del secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, y varió la posición nacional del bloqueo a la abstención.

Las causas del rechazo a Claver-Carone pasaban por la conveniencia de resistir el inédito avance de la Casa Blanca sobre el BID y, más de fondo, evitar el nombramiento de un hombre conocido por sus posturas duras contra Venezuela y Cuba y cuya misión principal será reducir la influencia de China, que ha ganado peso en el banco regional mediante su enorme capacidad crediticia. El nuevo titular del BID no se ha privado de señalar eso en declaraciones públicas y cabe recordar que el 10 de diciembre se retiró de la ceremonia de jura de Fernández, para la que había llegado como enviado personal de Trump, debido a la presencia en la misma de un ministro venezolano y del expresidente de Ecuador Rafael Correa.

La postura nacional no se guio por la ideología. Al contrario, primó el cálculo de que, a pesar del reciente acuerdo sobre 107.000 millones de dólares de deuda privada –emitida bajo ley extranjera y local–, el riesgo país cayó un 50% a cerca de 1.100 puntos básicos y que será necesario trabajar mucho para restablecer el acceso al mercado voluntario. En ese contexto, el BID es una herramienta de financiamiento vital para los próximos años y el condicionamiento del mismo a los criterios políticos de la Casa Blanca constituye un problema concreto.

Con todo, el resultado duele y en el Gobierno admiten que, si bien era inevitable resistir, el grado de visibilidad de su postura puede haber sido un error.

La prioridad nacional pasa ahora por la negociación con el Fondo. El ministro de Economía, Martín Guzmán, ratificó en una entrevista publicada ayer en el diario La Nación lo que Ámbito había anticipado el 3 de febrero: el acuerdo con el FMI debería evitar reembolsos hasta 2024. Eso, sumado al acuerdo con los bonistas privados, liberaría a la actual administración de todo compromiso y le permitiría disponer de recursos para restablecer el crecimiento de la economía.

Para eso será fundamental que Estados Unidos no ponga palos en la rueda. Si bien el Gobierno considera que esa posibilidad es menor, planea actuar en varios frentes para terminar de despejarla.

Ante todo, corresponde recordar que Trump se jugará la reelección en las elecciones del 3 de noviembre. Una derrota dejaría a Claver-Carone en el aire por tener que convivir con una administración demócrata y con un Congreso que condicionaría los fondos que Estados Unidos aporta a la capacidad crediticia del BID. Sin embargo, es poco probable que un eventual gobierno de Joseph Biden resigne el avance ya concretado sobre la conducción de la entidad. ¿Con otro nombre? Se verá llegado el caso.

Por lo pronto, hasta el 20 de enero hay que convivir con Trump y, si obtiene la reelección, así será por cuatro años más. Ese escenario impondría el desarrollo de la estrategia mencionada.

La Cancillería seguirá cuidando la relación bilateral. En ese sentido, pondera que Trump actuó de modo constructivo a lo largo del proceso de negociación de la deuda privada y que, en relación con el Fondo, su interés es que la suma que se debe, producto del mayor paquete de financiamiento de la historia del organismo, se regularice lo antes posible.

De hecho, la administración republicana no es ajena al desaguisado que implicó ese megapaquete, que en buena medida se consumió en un proceso de fuga de divisas que vulneró la normativa del propio FMI. Fue Claver-Carone quien presionó en favor de su otorgamiento a la entonces directora gerente, Christine Lagarde, con el propósito de blindar a Macri para las elecciones de 2019 y evitar el retorno del peronismo al poder. Él mismo admitió ese extremo a fines de julio durante una videoconferencia del Consejo Chileno para las Relaciones Internacionales (CCRI).

Por otro lado, el Gobierno descuenta que tendrá apoyos dentro del Fondo que, si bien no harán que la negociación sea un paseo, sí podrían servir para impedir grandes trabas. Se trata del que pueden brindar China –con 6,09% de los votos– y países europeos como Alemania –5,32%–, Francia –4,03%–, Italia –3,02%– y España –1,92%–, entre otros. También el que pueda poner en juego la directora gerente, Kristalina Georgieva, quien hasta ahora ha mostrado una actitud muy diferente a la de Lagarde, reconoce los errores cometidos –otra vez– por el FMI en el país y la politización del último Stand-by y probó ser receptiva a los planteos contrarios a un ajuste fiscal severo que le hicieron tanto Alberto Fernández como Guzmán.

Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI.

En lo que hace al BID, el hecho de haber sido nombrado sin unanimidad y en medio de la visible desconfianza de alrededor un tercio de de los miembros obligaría al nuevo titular a rearmar el funcionamiento del banco incluyendo a un sector en el que la Argentina tiene peso. Esto es así, por un lado, porque fue uno de los países que articuló con mayor énfasis la resistencia; por el otro porque es el segundo el derechos de voto, incluso por encima de Brasil. ¿Podría Claver-Carone apoyar su gestión en un eje Washington-Brasilia y en una agenda recalcitrante contra Venezuela, Cuba y China? Sí en teoría, pero el Departamento de Estado sabe que esa sería una pésima señal hacia el resto de América Latina.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).