LA QUINTA PATA | El peligro de perder por abandono

Era sospechoso. La imagen de una dirigencia que dejaba de lado lo partidario, se mostraba a la altura de la crisis y cooperaba para minimizar el daño de la pandemia no era normal. El frac de las ocasiones trascendentes suele quedarles grande a casi todos sus miembros y, al final, aquellas conferencias de prensa en las que Alberto, Horacio y Axel tiraban juntos de ese carro pesado llamado Argentina fue un espejismo fugaz. Así lo demostró la más reciente comunicación oficial –o, mejor dicho, las comunicaciones oficiales– del último fin de semana de agosto, cuando cada uno se cortó solo. Eso sí, en perfecto acuerdo, según quienes trabajan de pintar la vida color de rosa.

Trascendidos interesados aparte, Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof no lograron reeditar su cooperación de fines de marzo, lo que dejó en muchos argentinos una sensación de abandono y de peligro de derrota: sobre todo, para quienes temen que el virus se filtre en sus casas y cause estragos mayores en la gran familia nacional, para un personal de salud que grita que su entrega física es finita y para los ancianos o pacientes de otros males, quienes, junto a algunos que gozaban hasta hace cinco minutos de juventud y buena salud, se suman en cada jornada a la legión de muertos. Esto es lo más triste de este presente triste: el peligro de que una indolencia diseminada signifique la derrota terminal de los más generosos y de los más débiles.

En esta misma columna se advirtió a principios de abril que Brasil se encaminaba a una catástrofe cuando las muertes documentadas habían saltado en la semana precedente de 23 a 73 y Jair Bolsonaro ya mostraba la hilacha de su necedad. Lamentablemente, el presagio se cumplió y el vecino se estabilizó a lo largo de tres meses en un promedio de decesos diarios del orden del millar, cuenta que trepa hoy en total a más de 125 mil. Con una población cinco veces mayor que la argentina, ese promedio diario equivale aquí a uno de 200, escenario que ya está definitivamente asentado. Si Brasil se encaminaba entonces a un desastre, hay que admitir que la Argentina está hoy a las puertas del suyo. Actuar es urgente.

En el gobierno de la provincia de Buenos Aires se le reprocha a Fernández dejarse condicionar por la agenda de comunicadores y medios que, desde el inicio, socavaron con alevosía la confianza social en el aislamiento. También, por una minoría intensa que se cree mayoría solo porque las calles están vacías de otros intereses. Y, asimismo, por las necesidades del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que hace equilibrio entre los yihadistas que militan a su derecha y una base electoral muy vinculada a actividades comerciales que se contaron entre las más castigadas por las medidas de prevención. Esto último, claro, montado en un discurso que habla de una meseta de contagios, aunque, curiosamente, más que una llanura alta, lo que se observa es una pendiente hacia arriba. 

El Presidente dijo en más de una ocasión que pulsaría el “botón rojo” de la cuarentena en caso de que la situación se desmadrara. Pues bien, ese momento llegó. Un hombre de barrio sabe que nunca debe amenazar con lo que no está dispuesto a cumplir, según decían antaño los guapos de La Paternal. ¿Actuará Fernández antes de que sea letalmente tarde? Algunos indicios de las últimas horas parecieran ir en ese sentido.

El freno es que en la Casa Rosada se teme que pulsar el “botón rojo” del regreso a una cuarentena digna de ese nombre deje al rey desnudo ante una población que, en este tema, ya no repara en si lleva corona, cetro y capa. Todas las encuestas señalan un respaldo todavía mayoritario a las medidas de aislamiento, pero la calle demuestra otra cosa. La respuesta a esa aparente incongruencia yace entre las necesidades acuciantes de muchos que querrían cumplirlas pero no pueden darse el lujo de hacerlo –merecedores de toda comprensión y ayuda–, el liberalismo adolescente de otros, mucho de ignorancia y la mala fe de los que buscan medrar en el caos.

Fuente: Clivajes (on line, 28 a 31 de agosto, nacional, 1.328 casos, error +/- 2,69%).

El Gobierno siente frío en la zona baja cuando define restricciones a la movilidad que pocos cumplen, como le pasó en la primera mitad de julio. También le pasa cuando no logra que ningún golpe efecto le dure. Por caso, el anuncio del respaldo casi unánime al canje de deuda en manos de inversiones extranjeros se diluyó de inmediato tras la confirmación de que el cuerpo hallado en Villarino era el de Facundo Astudillo Castro y que el país ingresaba en el top ten en número de contagios de covid-19. Ahora, cuando extiende el éxito de la deuda renegociada a los bonistas locales y muestra por primera vez que el progresismo puede tomarse en serio el problema de la inseguridad, la pandemia asusta como nunca y lo fuerza a tomar decisiones de las que no se siente capaz. Si cediera a la impotencia, la derrota por abandono podría ser, también y primordialmente, suya.

En momentos en que las terapias intensivas se llenan de enfermos y las morgues, de muertos, todos los lunes parte desde la Casa Rosada a los distintos ministerios el reclamo de que exhiban buenas noticias, algo que comienza a generar recelos en ciertas carteras que perciben que otras –Economía, Producción, Cancillería– se apropian de algunas de sus funciones y de parte de su crédito. Mientras, complicados para superar el monotema de la pandemia y el vértigo de la dilución de la autoridad del Estado, algunos de los funcionarios más poderosos recaen en el vicio de actuar como simples analistas. Así les piden perdón a los trabajadores de la salud por no impedir manifestaciones anticuarentena disparadoras de Dios sabe cuántos contagios o avisan que, “si no cambiamos la conducta, nos va a ir mal”. Podrían probar con tomar decisiones.

El reproche a la dirigencia abandónica no debe dirigirse solo a la que gobierna sino, también, a la que fogonea un escepticismo dañino, promotora y hasta participante de esas reuniones sociales que se han dado la costumbre de identificarse con un numeral, una cifra y una letra.

Visiblemente afectada por la falta de coiffeur en la emergencia, la presidenta de PRO, Patricia Bullrich, reveló el miércoles que estaba contagiada de covid-19. Tan culposo fue su anuncio que el intento de despejar las sospechas de que pudo haberlo contraído el #17A la llevó a apurarse en atribuir su caso a que es quien hace las compras en su familia, incluso antes de tranquilizar con la aseveración de que se sentía bien. Juega a favor de su conveniente argumento que la confirmación se produjo justo después del plazo de 14 días que se estima para la aparición de síntomas; en contra, que no quiso informar cuándo empezó a sentirlos. Como sea, contagiada en la marcha a la que no debió ir ni contribuir o por haber pasado por el chino de mitad de cuadra para comprar una gaseosa sin azúcar, le convendría, ahora que tendrá anticuerpos, revisar qué tipo de precauciones recomienda a aquellos por quienes dice interesarse.

La derrota que acecha no deja a nadie afuera. Tampoco, a comunicadores que cultivan la matemática posmoderna, capaz de asegurar que la cuarentena dispuesta el 20 de marzo no sirvió para nada, como si la progresión de una epidemia fuera igual en caso de desatarse el día uno o mucho después, sobre una plataforma de casos mucho más elevada. Esa gente talentosa y segura de sí misma está mucho más allá de la aritmética que rige al vulgo.

Tampoco quedan fuera de la derrota en ciernes los escépticos de todos los pelajes, los odiadores de vocación, los caceroleros de Pavlov, los afiebrados del 5G, de George Soros, de Bill Gates, del globalismo y del marxismo cultural; los ultraderechistas no asumidos y hasta los divertidos trashumantes del altiplano de Palermo.

Los hospitales están más abarrotados que lo prudente en muchas partes del país, los héroes que dan vida entre sus paredes no dan más y los muertos se acumulan de un modo intolerable para cualquier congregación humana que pretenda llamarse sociedad. Evitarse costos políticos hoy podría implicar mañana, incluso desde una perspectiva mezquina, uno del que acaso no sea posible regresar.

El botón rojo existe y no es otro que el de un freno brusco de la movilidad, limitado en el tiempo, pero suficiente para reducir contagios y decesos que espantan por su número, sobre todo mientras se acerca la promesa de la vacuna. Hay que tranquilizar la pandemia.

El liderazgo conlleva la asunción de riesgos y en todas las épocas les ha tocado a hombres y mujeres de Estado desafiar la modorra de sus gobernados y hasta llamarlos a realizar esfuerzos de guerra. Lo que se pide hoy es mucho menos.

(Nota publicada en Letra P).

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