LA QUINTA PATA | Las rajaduras del consenso democrático

Cada persona es dueña de malversar la belleza que brota en su vida, pero no tiene derecho a echar a perder la de los demás. Eso es lo que ocurre con ese bien devaluado por muchos que se llama democracia, un árbol cuyos frutos deberían recoger las generaciones de argentinos que están por venir. En medio del temor a una tormenta económica y social evitable pero acechante, del reality show llamado Yo quiero ser Bolsonaro, ¿y usted?, de los lanzallamas de la grieta y de una dirigencia incapaz de pensar la política como un juego en el que se pueden sacar ventajas de la cooperación, vale preguntarse por la salud que conserva el consenso democrático de los tempranos años 80. Los indicios dejan espacio a la preocupación: la insatisfacción es otra de las pandemias de la era.

Días atrás, el expresidente Eduardo Duhalde sorprendió disparando munición gruesa: la Argentina está en vísperas de un estallido peor que el de 2001, la guerra civil es una posibilidad cercana, los militares se aprestan a dar un golpe de Estado y la nube negra está tan baja que “es ridículo” pensar que el año que viene haya elecciones de mitad de mandato.

Poco después volvió sobre sus pasos al atribuir esos dichos a un “comportamiento psicótico”. Según explicó, tal brote –por suerte pasajero– surgió de la infidencia de un hombre de armas, sin reparar en que no denunciar ante la justicia un complot en marcha lo hace incurrir en delito. Ojalá que Duhalde se mejore pronto.

“Según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues los hombres de entonces, como no eran sabios como vosotros los jóvenes, tenían tal ingenuidad que se conformaban con oír una encina o una roca, solo con que dijesen la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de dónde, pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera”. La ironía que le lanzó el Sócrates de Platón al joven Fedro mueve a pensar si la divagación de Duhalde no amerita algún examen, más allá de haber sido proferida por un hombre que se representa las amenazas de hoy con el rostro de las que conoció en el pasado de gloria en el que quedó anclado.

De hecho, los aspirantes a ser el Jair Bolsonaro de las pampas cierran los ojos y huelen en el viento el hedor de una megacrisis que les permita sobresalir con un lenguaje de mano dura e iconografía marcial. Es obvio que su mensaje se dirige a la sociedad, pero causa desasosiego pensar que, en paralelo, también tiene como destinatarios a los hombres y mujeres de los propios organismos de seguridad.

Así, Patricia Bullrich se pasea por marchas de consignas extremistas y es saludada por efectivos como si fuera la jefa actual de las fuerzas federales.


Patricia Bullrich en la marcha del #17A. (Crédito: @PinedoFederico).

En la misma línea, mientras Cristina Castro recibe, en lugar de a Facundo, un conjunto de huesos desmembrados, el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, lanza libremente trailers de futuras películas que cultivan su imagen de macho y apelan al espectador: “Tu fuerza es mi fuerza”. Causa desconcierto que el crédito final sea el sello del gobierno de Axel Kicillof, que por alguna razón misteriosa avala por omisión una campaña ajena y extemporánea.

En tanto destinada también a policías, gendarmes y hasta militares, dicha gestualidad socava un control civil conseguido no sin sobresaltos y siempre incompleto. Sin embargo, es probable que la amenaza, si existe, no provenga esta vez de los cuarteles. Lo que Duhalde describe acertadamente como un avance de los llamados “partidos militares” en la región esconde una peculiaridad argentina: la última dictadura del país fue la más truculenta, la más corrupta y la más destructiva. Como se sabe, la peor mierda que ha tenido la nación. Entonces, lo que revelan Bolsonaro en Brasil y Nicolás Maduro en Venezuela –curiosa coincidencia–, además de una Bolivia en plena ebullición, es que la democracia que antes se desnaturalizaba por ruptura instantánea hoy acaso lo haga por estiramiento progresivo. Tal vez el agua se caliente de a poco y el sapo, cómodamente sumergido, no lo advierta.

Siempre es injusto generalizar, ¿pero cuántos de los caceroleros e indignados de ayer, de hoy y de siempre se entregan a la fantasía de que un helicóptero se lleve la causa de todos sus odios?


La manifestación del 17 de agosto estuvo marcada por un tono agresivamente opositor.

Lo que pasa en la calle y en el debate público entre dos minorías intensas se espeja en los medios de comunicación y en la dirigencia. Así, mientras unos y otros buscan su dudoso paraíso, la política se muestra incapaz de tejer los acuerdos que aseguren que el país vaya mínimamente hacia adelante.

El consenso democrático de los tempranos años 80 se agrieta de arriba abajo. El control civil sobre las fuerzas de seguridad, como se dijo, se pone en cuestión dados los mencionados intentos de sumarlas a la ecuación política. El respeto de los derechos humanos sigue encontrando agujeros negros en algunas comisarías y una prédica pública cada vez más audible que los relativiza. Las elecciones se llevan a cabo, pero parte de la oposición muta velozmente en un rechazo radical junto a algunos dirigentes e intelectuales que hablan de “dictadura” con asombrosa liviandad. Ciertos medios convierten los disparates en fingido respeto a lo que tienen para decir “todas las voces”, como ocurrió cuando el mencionado momento psicótico llevó a uno a informar que “pese a los dichos de Eduardo Duhalde, la Justicia continúa con la organización de las elecciones del año que viene”. ¿Denuncia? ¿Descripción? ¿De qué, en todo caso?

El partido está lejos de estar perdido. Hay, por cierto, un sector social muy amplio para el cual el consenso democrático está plenamente vigente. Es a este que le cabrá la tarea de aportar a un debate público menos corrosivo, de demandar a los dirigentes actitudes más responsables y de tomar nota de las demasías de determinados comunicadores. Pero, sobre todo, para evitarse males como los de Brasil, empujar para que la Argentina se dé de una buena vez un proyecto viable.

La última dictadura fue el punto de partida de una decadencia multidimensional. De hecho fue ella la que inventó dos calamidades que subyacen a muchos de los males que hoy se padecen: el megaendeudamiento público y la desindustrialización que les sube el piso al desempleo, a la informalidad laboral, a la pobreza y a la descomposición de la trama social.

Sin embargo, hay que admitir de una vez que a lo largo de más de 35 años sucesivos gobiernos democráticos fracasaron en desatar esos nudos y que, más allá de algún interregno virtuoso, contribuyeron a apretarlos más.

La alternancia pacífica en el poder, la vigencia de libertades públicas y el respeto general por los derechos humanos –más allá de los agujeros negros mencionados– son conquistas que deben valorarse. Pero hay que preguntarse también por la falta alarmante de resultados en el “primer metro cuadrado” de los argentinos, lo que incluye la disponibilidad de trabajo, el nivel de ingresos, la pobreza y la indigencia, el acceso a la salud, a la educación y a la vivienda, la seguridad… son demasiados los ítems que corroen la confianza de muchos en un sistema del que se esperaba otra cosa.

Raúl Alfonsín, el padre de la nueva democracia argentina, machacaba en los albores de los 80 con la idea de que “con la democracia se come, se cura y se educa”. El problema, tal vez, es que ese mantra haya sido pensado como promesa y no como programa. Si fue lo primero, el fracaso da ganas de llorar. Si es lo segundo, valdría la pena recuperarlo justo ahora, cuando el futuro ofrece tan pocas seguridades.

(Nota publicada en Letra P).