Ya candidato, Biden va por la apuesta de su vida: sus pros y sus contras en la aventura electoral

Las convenciones partidarias que consagran cada cuatro años a los candidatos presidenciales estadounidenses están concebidas como espectáculos destinados a levantar el perfil público de estos y a orientar sus mensajes a gusto de distintas audiencias. La pandemia obligó esta vez a modificar su formato, pasando de las apariciones presenciales a las virtuales, algo también apto para el fin que se busca, pero que priva al show del color habitual. Eso, sin embargo, es espuma que baja rápido: lo que cuenta, a 73 días de las elecciones del 3 de noviembre, son los elementos de fondo, políticos y económicos, que definirán si el demócrata Joseph Biden, quien cumplió anoche con el rito de aceptar su nominación, logra vencer a Donald Trump.

«Donald Trump no es responsable del covid-19, pero tiene plena responsabilidad en el fracaso de la respuesta», dijo Biden en Twitter minutos antes de su esperada intervención, que comenzaba al cierre de esta edición. Asimismo, prometió que su discurso iría a «abordar los planes sobre cómo reconstruir el país de un mejor modo y cómo encaminarlo hacia una nuevo camino».
«Me postulé para el Senado por primera vez cuando tenía 29 años y hoy soy tan optimista sobre nuestro futuro como entonces. Es hora de poner a nuestra nación en un nuevo camino, uno en el que finalmente estemos a la altura de nuestros ideales más elevados y todos tengan la oportunidad de salir adelante», añadió.

Como suele ocurrir inmediatamente después de las convenciones, es probable que el demócrata estire en los próximos días su ventaja en las encuestas, que promedia 7,6 puntos porcentuales según el relevamiento del sitio Real Clear Politics. Luego, como se dijo, el agua volverá a su cauce, más tarde llegará la hora de Trump y, finalmente, la de la verdad.

El opositor tiene a favor la coyuntura, hecha de una pandemia que se cebó con Estados Unidos como con ningún otro país debido a los caprichos, posturas anticientíficas y políticas erráticas del presidente, con un saldo de más de 170 mil muertes. De la mano de eso, el Gran Confinamiento hundió a la economía y la desocupación saltó del mínimo de 3,5% de febrero a un 15,5% en el peor momento. El índice mejoró tras el período más duro de las cuarentenas decididas por varios gobernadores, pero ayer demostró lo cortas que son las patas de la reactivación: en la semana que culminó el último sábado, 1,1 millones de trabajadores pidieron por primera vez el subsidio por desempleo, más que lo esperado. Hasta el 8 de agosto, 14,8 millones de estadounidenses accedieron a esa ayuda, menos que en el abril fatídico pero la mayor cifra desde la Gran Recesión.

Otro factor favorable al ahora candidato opositor resultó –ayer mismo, para mayor impacto– la noticia del arresto de Steve Bannon, cerebro de la elección de Trump en 2016 y principal referente de la derecha extrema de los Estados Unidos, faro de los Bolsonaros de todo el mundo, que, para despistar, adoptó el nombre más glamoroso de “alternativa” (ver página 17). Todo lo que la parte de la sociedad moderada o progresista detesta cabe en la misma foto: Bannon, la corrupción y el xenófobo proyecto del muro en la frontera con México.

Sin embargo, Biden deberá sudar para enamorar y movilizar el voto en un país en el que el mismo es optativo y que, por la falta eterna de respuestas, suele interesarles menos a quienes más deberían apostar a él como herramienta de cambio: los pobres y las minorías, como lo demostró la convulsión que siguió al asesinato del afroestadounidense George Floyd a manos de policías en mayo.

Biden es un candidato extemporáneo. Figura prototípica del establishment político –para bien y para mal–, parece, a sus 77 años, aspirante a un mandato de transición, destinado a normalizar la vida institucional revuelta por un presidente populista de derecha que muchos juzgan una anomalía. El hombre eligió como número dos a Kamala Harris, de 55 años, la primera mujer y afroestadounidense en aspirar a la vicepresidencia. Si la oposición se impusiera en noviembre, ¿la consigna será “Harris 2024”?

No es claro, con todo, que Trump sea una anomalía. Este expresó hace cuatro años, además de a los ricos, tradicionales votantes republicanos, a los Estados Unidos profundos, compuestos por trabajadores blancos empobrecidos y barridos por la globalización, la deslocalización industrial y la competencia de China. Su promesa de America first movilizó entonces a otros sectores que no suelen ser amantes de la política, en muchos casos conservadores y recelosas de lo que deploran como “corrección política”, del feminismo y de la acción afirmativa en favor de las minorías.

En medio del carácter atípico de este año de pandemia, Biden podrá ganar o perder, pero las llagas de las sociedad estadounidense, hechas de racismo, violencia institucional y postergación de amplios segmentos, seguirán abiertas. Cerrarlas será, si se impone, un trabajo difícil en el que se jugará si, dentro de cuatro años, la anomalía populista no deviene en una nueva normalidad.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).