EE.UU. proyecta su sombra sobre la crisis existencial del Mercosur

(Foto: Noticias Argentinas).

El salto sin red que supuso la decisión argentina de retirarse de las negociaciones de libre comercio en curso entre el Mercosur, por un lado, y Corea del Sur, Singapur, Líbano, Canadá y la India, por el otro, tiene un costado no contado: la pelea de fondo con Brasil, por su intención de convertirse en socio pleno de los Estados Unidos, y la posibilidad de que el país se juegue a todo o nada en los próximos meses su propia permanencia en el bloque regional, al menos como miembro en igualdad de condiciones.

El anuncio nacional, que vinculó su paso al costado en esas gestiones solo con la crisis global causada por la pandemia de COVID-19 y omitió los dramas de fondo de la economía, es asumido por la propia Cancillería como fallido, ya que dejó flotando la sensación errónea de que se preparaba una salida del bloque. Esa idea se instaló en algunos análisis apresurados, que no advirtieron que el riesgo real es el de una degradación del bloque y un potencial desplazamiento de exportaciones argentinas industriales.

La retirada argentina fue bien recibida en Brasil que, de hecho, la esperaba. Con ese fin eso trabajó durante meses, al menos desde el debut de Alberto Fernández. El 10 de diciembre, el flamante gobierno pidió a sus socios avanzar más lentamente en las negociaciones que se habían puesto en marcha en tiempos de Mauricio Macri dado el calamitoso estado en que este había dejado la economía. La respuesta fue positiva, pero los hechos pusieron en evidencia una voluntad de apretar el acelerador. Así, la Argentina se encontró ante la perspectiva cierta de una conclusión inminente del tratado de libre comercio que más la preocupa dentro del manojo de los que están en la agenda: el que uniría al bloque con Corea del Sur. Ese país, se sabe, es una potencia industrial exportadora y protege al máximo su sector productor de alimentos, especialmente el del arroz. Tal como venían las conversaciones, la diplomacia nacional entendió que se estaba por entregar demasiado por casi nada y que ya no había espacio para dilaciones.

Jair Bolsonaro y su canciller Ernesto Araújo ponderaron que la Argentina haya actuado sin esconder cartas, pero en realidad, festejó, ya que entiende que por primera vez se le abre la oportunidad de avanzar en su mayor ambición: un tratado de libre comercio con Estados Unidos.

Los cancilleres Ernesto Araújo, de Brasil, y Felipe Solá, de Argentina.

Cabe recordar que en agosto del año pasado, el nuevamente empoderado ministro de Economía, el ultraliberal Paulo Guedes, dijo en Washington, después de encontrarse con el secretario estadounidense de Comercio, Wilbur Ross, que “quedó acordado lo siguiente: lo que era solo un pensamiento ahora ya está avanzado. Oficialmente estamos iniciando negociaciones con Estados Unidos”.

Mientras, Uruguay hace saber que, independientemente del cambio de gobierno tras la salida del izquierdista Frente Amplio y la llegada del centroderechista Luis Lacalle Pou, la ambición sigue siendo el libre comercio nada menos que con China.

Paraguay está en un impasse. El plan del entonces candidato y hoy presidente Mario Abdo Benítez de cambiar la tradicional lealtad hacia Taiwán por un acuerdo amplio con China, revelado en su momento por Letra P, aún no se ha concretado.

Así las cosas, para Brasil y los dos socios menores está en juego que la posibilidad de que la retirada nacional abra la puerta a una reforma institucional del bloque que, por fin, les permita encarar unilateralmente cuantas negociaciones comerciales quieran. Hasta hoy, la decisión del Consejo del Mercado Común 32/2000 lo impide.

Esa alternativa no tiene prioridad en las cabezas de Fernández y del canciller, Felipe Solá. El problema es que el Gobierno admite que la decisión de patear el tablero no tiene un punto de llegada deseado totalmente claro. El objetivo estratégico aún es preservar al bloque como un espacio unificado, esto es como una unión aduanera dotada de un arancel externo común –aunque esté muy perforado, vale aclarar–, pero no se descarta que eso no sea posible si los otros socios articulan una presión conjunta e irresistible que lo transforme en una simple zona de libre comercio entre otras.

De hecho, ni bien el país manifestó su salida de las negociaciones, Paraguay, que detenta la presidencia pro tempore del espacio, salió con un comunicado que señala que “la República Argentina (…) indicó que no será obstáculo para que los demás Estados partes prosigan con los diversos procesos negociadores”, para lo cual los Estados miembros “evaluarán las medidas jurídicas, institucionales y operativas más adecuadas”.

Esto, asumido como una posibilidad por la Argentina, abre de hecho la pelea de fondo. Al final de las negociaciones con Corea, ¿el Gobierno haría uso del derecho de veto que le da la decisión 32? ¿O, acaso, eso sería demasiado revulsivo y abriría la puerta a una ruptura del Mercosur? ¿Sería, en cambio, que permitirá a Brasil, Uruguay y Paraguay concretar esas negociaciones en curso y no otras nuevas? ¿O la debilidad relativa del país lo llevaría a abrir el Mercosur para que Brasil se case con Estados Unidos, Uruguay con China y Paraguay con quien lo enamore? Ni en el Palacio San Martín ni en la Casa Rosada, llamativamente, hay por el momento una respuesta clara a esas preguntas y solo impera la convicción de no seguir destruyendo la industria local con políticas de apertura comercial en las que no creen, ni en la pospandemia inmediata ni más a largo plazo.

 

“Sabemos que Brasil no tiene vocación por el Mercosur. Pero no vamos a ser nosotros los que lo rompamos, por eso les tiramos la pelota”, le dijo una fuente oficial a Letra P.

La apuesta es, entonces, ganar tiempo. Y en el  tiempo puede resultar que a Seúl –y a otros– le parezca que un acuerdo sin la Argentina vale menos, algo que, de hecho, esa capital ya manifestó a modo de queja.

Macri, afirman en el Gobierno, dejó una herencia envenenada, una más de las muchas que le atribuyen. Los acuerdos con la Unión Europea (UE) y con la EFTA (European Free Trade Agreement, compuesta por Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza), establecen en sus apartados institucionales que pueden empezar a regir por voluntad de los países signatarios incluso si alguno de ellos se demora. ¿Viola eso la decisión 32/2000? Sí, pero así de precaria es la institucionalidad del Mercosur y tal antecedente le hace temer por lo que pueda esgrimir Brasil para avanzar por las suyas.

El Mercosur tiene un largo historial de crisis, pero esta es una especial. Es una crisis existencial.

(Nota publicada en Letra P).