Cuáles son los termómetros para saber si el plan Guzmán funciona

El Gobierno trajinó su primera semana en el poder con un mix de medidas fiscales y cambiarias a primera vista difíciles de desentrañar, ya que establecen tanto subas de impuestos (incluso para la compra de divisas) y retenciones a las exportaciones como incrementos del gasto en jubilaciones y Asignación Universal por Hijo (AUH). Así, el ajuste fiscal iniciado por Mauricio Macri no parece revertirse sino reorientar sus cargas en un sentido solidario, un barajar y dar de nuevo que lleva a preguntarse si el ensayo permitirá por fin ordenar una situación económica desmadrada desde hace casi dos años. ¿Cuáles son entonces los indicadores que hay que seguir, con una mirada casi cotidiana, para saber si las cosas van bien o si los peligros simplemente esperan en barra a la vuelta de la esquina?

EL DÓLAR, LOS DÓLARES. En primer lugar, habrá que prestar atención a la evolución de los distintos tipos de cambio en el marco del virtual desdoblamiento impuesto por el ministro de Economía, Martín Guzmán.

Para ello, habrá que seguir la evolución del dólar oficial, limitado ahora a las operaciones de comercio exterior, de modo de calibrar hasta qué punto las autoridades pretenderán (o podrán) pisarlo como un ancla en un contexto de inflación que seguirá siendo elevada y que erosionará mes a mes la competitividad externa del país si aquel no acompaña la suba de los precios. En base a eso, muy especialmente, habrá que examinar la evolución de la brecha entre los dólares paralelos (el “bolsa” o “MEP”, el “contado con liquidación” y el blue), lo que dará la medida de la confianza del mercado en el nuevo rumbo económico y la percepción de todos los argentinos con capacidad de dolarizar excedentes acerca de la posibilidad de una nueva devaluación del peso.

De hecho, al aplicar un impuesto del 30% a los gastos que se realicen en el exterior y también a la adquisición de 200 dólares mensuales por parte de individuos en el marco del cepo, Guzmán le puso un nuevo piso a esos tipos de cambio alternativos, proceso que se irá concretando en el tiempo. En efecto, en el caso del “dólar turismo” o “tarjeta”, ¿quién preferiría pagar ese sobrecosto en lugar de consumir con billetes comprados en el mercado blue en tanto la cotización de este resulte inferior?

“El impuesto a la compras con tarjeta en el exterior y a la adquisición de divisas generará un aumento de la brecha con el dólar oficial y será un tema a monitorear por su posible impacto sobre fijación de precios. En este punto será esencial la coordinación de variables clave a través del anunciado Consejo Económico y Social”, le explicó a Letra P el director de la consultora Mecronomic, Gustavo Reija.

Algo que alienta: las brechas, que hoy oscilan entre el 15 y el 20%, todavía están lejos de semejantes umbrales. Algo que preocupa: su evolución inicial al alza ha sido más rápida tras la aplicación del cepo macrista que en el caso del que Cristina Kirchner impuso en 2011.

¿Qué nivel de brecha entre esos tipos de cambio y el dólar oficial (o, más bien, comercial) debería ser considerada preocupante? La respuesta no puede ser más que arbitraria, pero una del 40% debería encender luces amarillas y una del 50 al 60%, directamente las rojas. En este caso, el mercado ya especularía con una nueva corrección del tipo de cambio oficial, cuyas correas de transmisión a la realidad serían un anticipo de operaciones de importación y una ralentización de exportaciones en base a la percepción de que ese dólar ha quedado barato.

Algo que alienta: las brechas, que hoy oscilan entre el 15 y el 20%, todavía están lejos de semejantes umbrales. Algo que preocupa: su evolución inicial al alza ha sido más rápida tras la aplicación del cepo macrista que en el caso del que Cristina Kirchner impuso en 2011.

DEUDA ETERNA. Si la brecha cambiaria es el primer termómetro para medir la temperatura de la economía de Alberto Fernández, el segundo está dado por la cotización de los títulos de la deuda pública y el avance de las negociaciones con los acreedores privados y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

El paquete impositivo de Guzmán fue bien recibido por el mercado porque aleja los temores a la aplicación de una política fiscal populista o irresponsable. Más en criollo: si el ajuste continúa, aunque ya no sea a través de recortes del gasto sino de un incremento de la presión tributaria, el país acumulará más recursos para pagar la deuda que salga de la renegociación. Así, tras la conferencia de prensa del ministro, los títulos de la deuda saltaron más del 13% y el riesgo país, su contracara, cayó 7,5% para cotizar a 1.977 puntos básicos. Pasado el mediodía de este miércoles, el buen clima continuaba, con una disminución adicional de alrededor del 5%.

“El set de políticas que asoma está orientado a fortalecer la situación fiscal, vía incremento de recursos, como paso previo y complementario a la renegociación de la deuda”, dijo Reija.

“Entre el aumento de retenciones, la suba en bienes personales y el impuesto a las compras en el exterior se podría recaudar aproximadamente 0,8% del Producto, cerrando brecha fiscal actual. Este es un buen punto de partida para sentarse a renegociar con los acreedores porque da un marco de previsibilidad”, agregó.

Que el riesgo haya perforado a la baja una barrera de 2.000 unidades es, obviamente, un dato apenas estadístico y que da cuenta de un estado de ánimo de corto plazo. A esos niveles, los mercados siguen clausurados para la Argentina y habrá que seguir el día a día de una renegociación difícil que debería concluir antes que el primer cuatrimestre de 2020.

LA DEUDA, ¿QUÉ DEUDA? Un tercer termómetro, estrechamente vinculado al precedente, serán las condiciones de esa renegociación. ¿Habrá acuerdo con los acreedores privados y también con el FMI? ¿Es posible cerrar trato solo con los primeros y mandar al Fondo a esperar en el banco de suplentes? Lo primero, ¿solo implicará una extensión de los plazos de pago o también una quita de capital e intereses?

El establishment de economistas está dividido en torno a esa última cuestión. Todos coinciden en que el acuerdo deberá ser “amistoso”, es decir no impuesto bajo amenaza de default. En ese sentido hay que interpretar la decisión oficial de, por ahora, ir pagando vencimientos por hasta 4.570  millones de dólares aun cuando no hay garantías de que el diálogo culmine con éxito y pese a que las reservas no sobran. Sin embargo, que haya o no haya quita divide aguas. Algunos defienden que solo se pida un período de gracia para volver a pagar; otros afirman que sin recorte de montos la deuda volverá a hacerse insostenible más temprano que tarde. Economistas insospechables de veleidades populistas hablan de la necesidad de aplicar “un sacudón fuerte”, del orden del 30%, y tres años de gracia. Esas son para ellos las medidas de una renegociación satisfactoria.

LA VELOCIDAD DE LA IMPRESORA. Un cuarto elemento para juzgar la marcha del plan económico estará dada por el nivel de emisión monetaria que deba asumir el Banco Central para hacer frente a necesidades del Tesoro en la emergencia. En este punto abundan las indefiniciones. Guzmán ha dicho y repetido que el superávit fiscal es un objetivo y que una emisión grande podría resultar “desestabilizadora” para la macroeconomía y disparar más la inflación. Sin embargo, se ha negado por ahora a presentar metas fiscales a la espera de que vaya tomando forma la renegociación de la deuda, esto es, la certeza de qué ahorro será necesario para pagar en el futuro.

Una emisión fuerte de pesos puede ir a precios, claro que después de la reducción de la inflación que provocarán en el corto plazo los distintos congelamientos de precios y tarifas que se van anunciando. Que la emisión cero de Macri no haya servido para bajar la inflación y que esta, de hecho, no haya hecho más que subir no habilita el razonamiento opuesto, según el cual activar a destajo el Ctrl+P resulte inocuo a esos efectos.

Suele argumentarse en estos días que mejorar jubilaciones, planes sociales y hasta salarios bajos no es inflacionario porque esos recursos se volcarán de inmediato a la compra de productos de primera necesidad y no al dólar. Eso vale para la foto; la película es diferente. En algún momento esos pesos, que circularán a través de la economía, llegarán a manos de empresas y personas con capacidad de ahorro y necesidad de blindarse contra la inflación. ¿Irán esos pesos sí o sí al dólar? Eso dependerá de la confianza de los argentinos en el programa económico, lo que tiene una forma de medición: la demanda de dinero. Esta, que hoy alcanza a apenas el 6% del PBI (contra 15% de Costa Rica y 35% de México, por solo citar dos casos en el barrio), debería crecer y mucho para evitarlo.

Curioso: esta nota, que comenzó por el dólar y la brecha entre el oficial y los paralelos, termina en el mismo punto. El país no deja de tropezar con la misma piedra: el dólar, siempre el dólar…

(Nota publicada en Letra P).