¿Por qué Macri optó por un cepo al dólar a lo K para enfrentar la crisis?

La fuga de divisas se llevó 75.000 millones de dólares en lo que va de la era de Mauricio Macri, punto culminante de un proceso vicioso y corrosivo que también hizo que se fuera por esa canaleta (Ernesto Sanz dixit) el 80% de los enormes recursos que el Fondo Monetario Internacional (FMI) destinó a la Argentina para evitar lo inevitable, según le recordó hace algo más de una semana el Frente de Todos a los enviados del organismo. Ante ese derrotero largo, desde hace al menos un año economistas insospechados de cualquier veleidad intervencionista pero preocupados por lo que se veía venir comenzaron a reclamar un esquema de control de cambios. Los planteos de especialistas como Carlos Melconian apuntaban a alguna suerte de desdoblamiento cambiario más que a una limitación cuantitativa como la aplicada en el segundo mandato de Cristina Kirchner. ¿Por qué el Presidente optó entonces por esta última vía, la del cepo, que supone una capitulación dolorosa en lo que fue una de las banderas que lo llevaron al poder en 2015?

El desdoblamiento del tipo de cambio nunca estuvo sobre la mesa. Así, Macri se decantó directamente por el cepo, aunque no sin resistencia.

Cuando se quiere limitar el acceso del público a cualquier bien, en este caso el dólar, se lo puede hacer vía cantidad o vía precio, como se enseña en cualquier curso básico de Economía. El cepo apunta a la primera alternativa, mientras que un desdoblamiento cambiario, con un dólar comercial más barato (para mantener a raya la inflación y, dentro de esta, los precios de los alimentos) y uno financiero o libre (más caro) busca lo segundo.

Una fuente del Gobierno familiarizada con la cuestión le dijo a Letra P que el desdoblamiento nunca estuvo sobre la mesa. Así, Macri se decantó directamente por la primera solución, aunque no sin resistencia.

Cuando el miércoles de la semana pasada el ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, declaró de hecho un default selectivo de la deuda de corto plazo, lo que se esperaba era, en realidad, un anuncio de control de cambios. Ambas medidas deberían haber ido de la mano, lo que habría evitado un innecesario incumplimiento de las Letras en pesos, que en tal caso podrían haberse pagado sin peligro de que llevara a una presión adicional sobre el dólar y las reservas del Banco Central. Pero Macri resistió, justamente para evitar parecerse a Cristina, hasta que supo que el Central había perdido casi 3.000 millones de dólares entre el jueves y el viernes siguientes. La urgencia no suele ser la mejor consejera.

Así, el Presidente se abrazó al cepo justo cuando el candidato presidencial del Frente de Todos y máximo favorito para sucederlo, Alberto Fernández, no deja de hacer un mea culpa sobre esa decisión -que en realidad no fue suya- en base al argumento certero de que fue tan eficaz para impedir la fuga de billetes como el ingreso de inversiones.

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“Pasar de un esquema de flotación administrada a un control de capitales vía cepo o desdoblamiento del mercado con un dólar comercial y otro financiero es, en ambas alternativas, una medida que surge de la restricción manifiesta para poder abastecer al mercado ante un escenario de dolarización por una caída sustancial en la demanda de dinero (local). Las reservas de libre disponibilidad versus la base monetaria real más la virtual constituida por las Leliq [Letras de Liquidez del Banco Central] resultan insuficientes, a ese tipo de cambio, para sostener los niveles de dolarización vigentes. En este escenario extremo, contaminado por la situación política posterior a las PASO, era indispensable regular la salida de capitales”, le dijo Gustavo Reija, director de la consultora Mecronomic, a Letra P.

Leandro Ziccarelli, coordinador del Observatorio Monetario-Financiero del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), en tanto, le explicó a este medio que “el Gobierno entendió que debía restituir algún control de la cuenta de capital porque esto así, en un país como Argentina, no funciona, sobre todo cuando no hay financiamiento externo”.

Este especialista diferenció el cepo actual del aplicado desde el Central por (Mercedes) Marcó del Pont en 2011, ya que lo considera “un poco más laxo” con su límite de 10.000 dólares para la compra por parte de individuos y la prohibición total de atesoramiento para las empresas. “Se parece más al que Macri heredó en 2015” tras experimentar varias modificaciones, explicó.

En efecto, el cepo fundacional pasó de la inicial autorización de compra de moneda extranjera solo con aval de la AFIP, en base a fórmulas que nunca resultaron del todo claras, a la aplicación de recargos a los gastos en divisas realizados con tarjeta de crédito que podían tomarse a cuenta del pago de los impuestos a las Ganancias y a los Bienes Personales. En el camino, la brecha entre el oficial y el blue se fue haciendo cada vez más abismal.

Para los especialistas, lo que primó en la decisión de Macri fue el sentimiento de urgencia.

Para Reija, en lo inmediato, la opción del cepo por encima del desdoblamiento “es la menos mala, ya que controla flujos de salida y deja instaurado un mercado paralelo o blue en el cual no interviene [y no genera pérdida de reservas]. Si se hubiera optado por establecer un dólar comercial y uno financiero, habría sido necesario seguir regulando la pata financiera para evitar salida de reservas por allí”.

“Es cierto, como dijo el propio Fernández, que el cepo también impide la entrada de capitales: nadie entra voluntariamente a un lugar donde no pueda salir fácilmente. Sin embargo, la prioridad hoy es obligar a liquidar a los exportadores e impedir que las reservas caigan a niveles críticos y no mucho más”, agregó.

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Ziccarelli, en tanto, indicó que “se optó por esta salida porque había un problema de cantidades, de flujo y de solvencia. Y eso no se soluciona corrigiendo precios relativos o al menos no solamente con eso. Alguna jaula había que armar porque, si no, volaban todos. Entonces, aunque sea a los golpes, algo se reguló”.

“Creo que lo que se hizo está relativamente bien, porque el cepo (kirchnerista) efectivamente sirvió para parar la salida de capitales entre 2011 y 2015”, añadió.

El modelo elegido, con todo, tiene sus contraindicaciones.

Por un lado, genera un mercado paralelo en el que la capacidad de intervención de las autoridades es nulo o escaso. En ese sentido, una brecha creciente es leída como una muestra de desconfianza del mercado acerca de la evolución de la inflación y dificulta una unificación cambiaria futura que no implique una megadevaluación.

En segundo lugar, como se dijo, es tan eficaz en restringir la pérdida de divisas como su ingreso.

Tercero, genera esquemas especulativos perversos. Uno es el del dólar “puré”, por el cual los habilitados a comprar divisas en el mercado formal las revenden con ganancias en el paralelo, fugando una vez más divisas del sistema y alimentando un segmento ilegal. Otro, la aparición de “coleros”, personas sin capacidad de compra de dólares que actúan como testaferros de otras que se ven impedidos de seguir comprando por haber sobrepasado el límite establecido o por quedar directamente fuera de la posibilidad de hacerlo.

En cuarto lugar, permite la compra de dólares relativamente más accesibles para hacer turismo.

En agosto de 2018, Melconian hizo ruido al advertir: “Necesitamos que el tipo de cambio sea tal, que la tía deje de comprar dólares y los cadetes dejen de viajar a Itaparica y a South Beach”. Hay que aclarar que el dólar entonces costaba $30 y no los $60 de ahora, pero un retroceso de la divisa oficial desde sus valores actuales, en teoría, podría actualizar el argumento.

Por otro lado, la imposición de limitaciones por cantidad, el cepo, resulta menos lesiva en lo político. En el esquema actual, se permite adquirir hasta 10.000 dólares por mes a los individuos, lo que deja holgadamente adentro al 98% del universo habitual de compradores. Cabe recordar, en ese sentido, que el costo político se termina pagando igualmente si la evolución del sector externo hace que los límites deban bajarse, esto es, apretar más el cepo, como bien lo supo el kirchnerismo saliente.

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“Cada modelo tiene sus pros y sus contras. Un desdoblamiento es una salida más prolija y controlada, en la que la autoridad define el nivel de desdoblamiento”, explicó Ziccarelli.

“Una posibilidad, para evitar un impuesto que habría merecido un largo paso por el Congreso, era que aplicaran a las compras de dólar turista o libre una retención de ganancias, como había hecho el kirchnerismo”, agregó.

Hacia el futuro, el hombre del CEPA indicó que “creo que más adelante va a ser necesario ir hacia un desdoblamiento cambiario lo más serio posible, con un dólar ahorro y tarjeta más caro que el que se use para importar. Y eso se va a hacer por las buenas o por las malas”.

“Eso sería lo más sano, pero en principio la lectura del Gobierno es que los dólares están y que lo que hay que hacer es sacarle esa preocupación de la cabeza a la gente que está yendo a los bancos a retirar sus ahorros”, cerró.

(Nota publicada en Letra P).

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