Llegó el canciller de Brasil en clave pragmática: que el Mercosur se doble pero no se rompa

El canciller de Brasil, Ernesto Araújo, mantuvo una intensa actividad en Buenos Aires, que incluyó el martes a la noche una disertación de tono académico en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y este miércoles encuentros con el presidente Mauricio Macri y los ministros de Relaciones Exteriores, Jorge Faurie, y Producción y Trabajo, Dante Sica. En esas reuniones dejó una impresión tranquilizadora: quedaron atrás las amenazas brasileñas de una ruptura del Mercosur, se acordó que Jair Bolsonaro finalmente visite la Argentina entre mayo y junio (antes de la cumbre del bloque que se realizará en Santa Fe), se estableció la decisión de seguir avanzando en conjunto en las negociaciones comerciales en marcha y se ratificó el compromiso de anunciar antes de fin de año una reducción del Arancel Externo Común (AEC) para “abrir el bloque al mundo”.

La relación entre el Gobierno nacional y el del nuevo mandatario brasileño había arrancado con un doble paso en falso. Por un lado, la decisión de este de romper con la tradición reciente y no hacer de la Argentina (antes o después de la asunción) la primera escala internacional; de hecho, ya viajó a al foro de Davos (Suiza), a Chile, a Estados Unidos y hasta Israel. Por el otro, debido a las declaraciones del ministro de Hacienda, Paulo Guedes, en la misma noche del triunfo electoral, según las cuales “ni la Argentina ni el Mercosur serán prioridad”.

Esas actitudes, más una prédica dura aunque falta de definiciones claras sobre el carácter del Mercosur como una prisión para las necesidades de Brasil de ampliar sus horizontes comerciales, generó inquietud en el Gobierno argentino, que, rápidamente, buscó contener a los brasileños con una serie de propuestas: bajar el AEC, acelerar en la medida de lo posible las negociaciones comerciales en marcha con otros bloques y países y, a futuro, plantear la posibilidad de que los miembros del club del Cono Sur gestionen nuevos entendimientos a distintas velocidades, con la idea de que, finalmente, todos converjan en los mismos. Es decir, no se romperá, al menos en lo formal, la unión aduanera.

Lo que estaba y sigue estando en juego es una reforma o derogación de la decisión del Consejo del Mercado Común 32/2000, que establece “el compromiso de los Estados Partes del MERCOSUR de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias”.

Ese es el espíritu que Araújo le transmitió a Macri, Faurie y Sica. “El mensaje es que esperamos firmar lo más pronto posible acuerdos beneficiosos para todos los países miembros como los que se están negociando con la Unión Europea, con la EFTA y con Canadá, y, algo más atrás, con Corea y Singapur”, le dijo a Letra P una fuente de Itamaraty familiarizada con el contenido de la visita. La EFTA es el Acuerdo Europeo de Libre Comercio, conformado por Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein.

“La verdad es que la pelota está ahora en el campo de la UE. La reunión del mes pasado fue productiva y ahora esperamos una respuesta”, añadió.

En lo que respecta al arancel externo común, el diplomático brasileño confió en que haya una definición para antes de fin de año. “Eso involucrará dos tramos: una baja del nivel general de protección y, en lo sectores, una reducción especialmente para la importación de bienes de capital y tecnología de la información extra zona”, anticipó.

En la Cancillería brasileña descartan que haya existido una posibilidad de ruptura o que el gobierno de Bolsonaro pudiera pensar en costarse solo en futuras negociaciones, lo que de facto habría roto el Mercosur como unión aduanera y lo habría rebajado a una simple zona de libre comercio.

Sin embargo, las señales iniciales alarmaron al palacio San Martín y al gobierno de Macri, que no sabía a qué atenerse en relación con los brasileños. Hoy, con los brasileños calificando al cortocircuito propiciado por Guedes de “malentendido” y “tontería”, las cosas parecen haber vuelto a un cauce más pragmático.

El nuevo pragmatismo de la diplomacia brasileña en relación con la Argentina es producto del propio ejercicio de gobierno, que fue acomodando las expectativas desmesuradas de la llamada “ala ideológica” del bolsonarismo, a la que Araújo, un admirador fervoroso de Donald Trump, pertenece. Esta, de un fuerte conservadurismo social, de gran impronta religiosa y de visceral anticomunismo, tributa en el pensamiento del ensayista Olavo de Carvalho, elevado con la llegada de la nueva administración a la altura de un gurú.

El problema es que ese no es el único sector del oficialismo brasileño, que desde su debut hace exactamente cien días, no brilló precisamente por la cohesión. Así, otro factor de poder está dado por la familia de Bolsonaro, en particular sus hijos Eduardo y Flávio. Otro, más institucional, responde al ala militar del Gobierno, que cuenta con varios ministros y, nada menos, con el vicepresidente, general Hamilton Mourão.

El ala militar del bolsonarismo busca ponerle límites a la llamada «ideológica», a la que pertenece el canciller Ernesto Araújo. Además del propio ejercicio del gobierno, aquella influencia explica el mayor pragmatismo que muestra ahora Itamaraty.

Esos choques derivaron esta semana en la eyección del ahora ex ministro de Educación, Ricardo Vélez Rodríguez, un intelectual de origen colombiano que irritó a los militares con sus recurrentes polémicas. Algunas de sus posturas, como la pretensión de que los manuales escolares incluyan el período de la dictadura militar (1964-1985) como uno de un “gobierno democrático de fuerza”, no desagradaban a los militares por su filosofía, pero sí por provocar controversias que permanente desenfocaban a la administración de su objetivo primordial: negociar con el Congreso la reforma previsional y, enseguida, la tributaria.

La presión castrense fue tan intensa contra el ministro (que también había calificado a los brasileños como “caníbales” por los robos que perpetran en hoteles y aviones cuando viajan), que Bolsonaro lo echó. En su lugar puso a Abraham Weintraub. Otro olavista.

Por otro lado, en los casos de Guedes y Araújo, los militares rechazaron la idea de quebrarle el espinazo al Mercosur, alineándose para ello con sectores industriales ajenos al polo de San Pablo, el más liberal de Brasil.

Todos esos datos revelan un rasgo central del bolsonarismo: como una facción dentro de ella, los generales tienen poder para condicionar algunas políticas (Mercosur) y vetar a algunos funcionarios (Vélez Rodríguez), pero no para hacerse cargo de la conducción medular del proceso político. Pero esa es una historia en progreso.

Es curioso que el pragmatismo y las posturas moderadoras lleguen hoy al palacio del Planalto de la mano del renacido poder militar. Brasil vive días extraños.

Esos choques derivaron esta semana en la eyección del ahora ex ministro de Educación, Ricardo Vélez Rodríguez, un intelectual de origen colombiano que irritó a los militares con sus recurrentes polémicas. Algunas de sus posturas, como la pretensión de que los manuales escolares incluyan el período de la dictadura militar (1964-1985) como uno de un “gobierno democrático de fuerza”, no desagradaban a los militares por su filosofía, pero sí por provocar controversias que permanente desenfocaban a la administración de su objetivo primordial: negociar con el Congreso la reforma previsional y, enseguida, la tributaria.

La presión castrense fue tan intensa contra el ministro (que también había calificado a los brasileños como “caníbales” por los robos que perpetran en hoteles y aviones cuando viajan), que Bolsonaro lo echó. En su lugar puso a Abraham Weintraub. Otro olavista.

Por otro lado, en los casos de Guedes y Araújo, los militares rechazaron la idea de quebrarle el espinazo al Mercosur, alineándose para ello con sectores industriales ajenos al polo de San Pablo, el más liberal de Brasil.

Todos esos datos revelan un rasgo central del bolsonarismo: como una facción dentro de ella, los generales tienen poder para condicionar algunas políticas (Mercosur) y vetar a algunos funcionarios (Vélez Rodríguez), pero no para hacerse cargo de la conducción medular del proceso político. Pero esa es una historia en progreso.

Es curioso que el pragmatismo y las posturas moderadoras lleguen hoy al palacio del Planalto de la mano del renacido poder militar. Brasil vive días extraños.

(Nota publicada en Letra P).