Más soft que power: Macri seduce con muchos deseos y herramientas limitadas

A Mauricio Macri no le sobran hechos positivos que mostrar y aspira a que esta cumbre del Grupo de los 20 (G20) se los dé. Recibirá palabras de aliento de grandes líderes mundiales, exhortaciones a mantener el rumbo a pesar de la malaria, promesas de apoyo y gestos amistosos que los medios propagarán. Por dos días, al menos, se sentirá uno entre los grandes. Sin embargo, al final de la fiesta, cuando la carroza se convierta en calabaza, deberá constatar los de la cita internacional, la más importante que haya albergado este país, y en qué medida estos lo ayudarán a completar un mandato que viene de nalgas e imaginar un giro positivo si, por esas cosas de la vida, dentro de un año se hace con la reelección.

Evaluar resultados implica, antes, establecer metas. El Gobierno se fijó para esta cumbre del G20, en primer lugar, la obligación de estar a la altura en lo organizativo y, especialmente, que la seguridad no le haga más goles en contra. Más en lo específico, pretende sembrar las bases de futuros procesos de inversión y comercio con las principales potencias y reorientar, por fin, en términos más realistas una política exterior que a lo largo de casi tres años descansó excesivamente en el llamado “retorno a Occidente” y que ninguneó asombrosamente el vínculo con China. Todo en base a una estrategia de soft power (poder blando) que le permita influir en los grandes asuntos mundiales a través de herramientas diplomáticas como el prestigio y la capacidad de articular intereses, que van más allá del poderío económico y militar. El límite es que el soft power puede resultar inviable si quien pretende ensayarlo tiene mucho de soft  y poco de power.

CUESTIÓN DE OBJETIVOS. Sergio Cesarín, coordinador del Centro de Estudios de Asia Pacífico e India de la UNTREF, le dijo a Letra P que “el G20 es un eje de diplomacia pública fenomenal y de gran carga simbólica. La cumbre permite que el país se muestre al mundo y que el Presidente exhiba sus posicionamientos personales, con énfasis en la idea de un liderazgo moderado, favorable a la gobernanza global y positivo para la estabilidad regional y la mejora del diálogo entre países en un momento de tensiones muy fuertes”.

De acuerdo con el especialista, en el país “se habla muy poco de soft power, pero la Argentina pretende jugar ese rol”. Esa es la gran apuesta del momento.

Diplomáticos de primer nivel involucrados en las negociaciones que deberán dar lugar al comunicado final de la cumbre resaltan en ese sentido, sobre todo, la condición “neutral” de la Argentina, esto es su falta de involucramiento protagónico en los conflictos más calientes del momento, como la guerra comercial entre Estados Unidos, por un lado, y China y la Unión Europea (UE), por el otro, el cambio climático y tensiones entre la OTAN y Rusia.

Sin embargo, el país no está en su momento de mayor brillo, es el único miembro del club que depende de la sonda de alimentación del Fondo Monetario Internacional (FMI) para no caer en default y su futuro político es un albur.

“La Argentina cuenta con condiciones simbólicas propicias, pero ningún soft power se sostiene sin poder real. Y, en ese sentido, somos un país bastante endeble. Los niveles de incertidumbre son objetivos, algo que explicitan las calificadoras de riesgo, y no se han logrado resolver las inconsistencias financieras y económicas profundas”, dijo Cesarín.

MUCHO ESTANQUE, POCA RED. Las relaciones entre jefes de Estado y Gobierno dentro del G20 son cruciales para el mantenimiento con vida de algunas de las expectativas más caras a la política exterior macrista y que todavía no tienen concreción: el acuerdo entre el Mercosur y la UE y el ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Por otro lado, en el foro hay mucho para pescar en términos de comercio e inversión. Un informe de la consultora Desarrollo de Negocios Internacionales (DNI), que dirige Marcelo Elizondo, recuerda que el grupo “reúne a líderes de grandes países del mundo, que generan 85% de la producción mundial, 75% del comercio internacional y la mayoría de las inversiones globales”.

Por otro lado, “18 de los 20 principales emisores de inversión extranjera directa (IED) en el mundo son economías que están directamente, o a través de la Unión Europea, en el G20”.

“Los países del G20 emitieron al mundo en 2017 IED por 1,2 billones de dólares, lo que supone 75% del total mundial”, completa.

Esto explica la voluntad del Gobierno y la Cancillería de usar el evento “para consolidar relaciones con los países clave del mundo a fin de apalancar comercio e inversiones”, como le explicaron a Letra P.

Con todo, ya se sabe que sin una macroeconomía ordenada y sin consensos políticos y sociales mínimos sobre un modelo de crecimiento, no hay cumbre capaz de desencadenar la prometida “lluvia de inversiones”.

AFERRARSE A LA MANGUERA. Si de apagar incendios de trata, en este caso financieros, varios de los visitantes tienen mucho para dar en términos de agua.

El apoyo de  Donald Trump y su capacidad de convencer a mandatarios como Angela Merkel, Emmanuel Macron y Shinzo Abe, entre otros, todos clave en el Board del FMI, explica que la Argentina cuente hoy con los más de 57.000 millones de dólares que la separan de una cesación de pagos. Sin embargo, 50.000 millones se concentran en las necesidades financieras del país hasta el final del actual mandato en diciembre de 2019, lo que deja 2020 con un enorme signo de interrogación que llevará a Macri o a su sucesor a golpear de nuevo la puerta del Fondo.

“El Presidente sabe que, si es reelegido, deberá renegociar el financiamiento necesario a partir de 2020”, estimó Cesarín. “Allanar el camino para que esas gestiones sean suaves y sin grandes alteraciones requiere de un fuerte capital político”, aseveró, algo para lo cual los contactos en el marco de la cumbre pueden resultar importantes.

Sin embargo, acaso las urgencias del mandatario sean más acuciantes. ¿Qué puede pasar si en 2019, en plena campaña electoral, la economía no repunta en la medida de lo que espera y el mal humor resultante alimenta las aspiraciones de la bestia negra del capital financiero, Cristina Kirchner? ¿Hasta qué punto el FMI y los propios Trump, Merkel, Macron y compañía van a respaldar que se sigan volcando al país miles de millones de dólares de incierto retorno?

“La prueba de que ese riesgo existe la dio el propio ministro (Nicolás) Dujovne, quien, palabras más, palabras menos, dijo hace muy poco que la principal incertidumbre  del país es política. Que el ministro de Hacienda sea el que haya dicho eso es una particularidad dentro de un país particular como el nuestro”, juzgó el analista.

Una vez más, el G20 da la oportunidad de sembrar. “En lo estructural, el lunes 3 el riesgo país no tiene por qué bajar por lo que ocurra en Buenos Aires ni tienen por qué producirse decisiones de compra o venta de activos financieros argentinos”. La realidad se juega en cuestiones más de fondo.

UN GIRO REALISTA. Las reuniones previstas entre Macri y, por un lado, Trump y, por el otro, el chino Xi Jinping, vendrán con anuncios de acuerdos, inversiones y garantías de inversión. Esto último, sobre todo, es muy necesario para un país incapaz de financiarse en los mercados voluntarios y que, por esa razón, ve cómo languidece la que hasta hace unos meses era su gran apuesta a dinamizar las obras de infraestructura: los proyectos de Participación Público-Privada (PPP).

En efecto, como anticipo de la reunión presidencial, el canciller, Jorge Faurie, firmó con el CEO de la Overseas Private Investment Corporation (OPIC), Ray Washburne, cartas de intención por “813 millones de dólares (que) movilizarán más de 3.000 millones en sectores como infraestructura, energías renovables y logísticas”.

De acuerdo con el académico de la UNTREF, la administración Trump está poniendo en juego un enfoque geopolítico diferente hacia la región, que no es del todo nuevo pero que queda especialmente claro en esta cumbre.

En los últimos años, Washington “había quitado muchos incentivos para la región y dejado de actuar proactivamente en América del Sur. Es lo que, cuando eran oposición, criticaban muchos republicanos y, al cambiar el ciclo político, cuestionaron muchos demócratas. Según esos argumentos, dicha retirada le abrió la puerta a una inserción fuerte de China en la región”, dijo.

“Ahora vuelven”, acotó Cesarín, “y acuerdos como los que van a anunciarse son muy funcionales al deseo de Estados Unidos de afianzar las relaciones con América del Sur en general y con la Argentina en particular, sobre todo ahora, cuando el escenario incluye a un Brasil que, con Jair Bolsonaro, buscará un vínculo mucho más cercano”.

Recientemente se anunciaron avances para las exportaciones argentinas de biodiésel y carne, por caso. “Trump confirma su interés de reforzar una línea de cooperación directa con la Argentina”, señaló.

El combo se completa con líneas de financiamiento para que algunas empresas, como Walmart, no se vayan de la Argentina y para que otras inviertan en energías convencionales o renovables. Y, claro, con una estrecha cooperación en defensa y seguridad.

Por su lado, Xi Jinping viene con varios proyectos bajo el brazo.

La ventaja de las inversiones chinas en todo el mundo es que llegan con financiamiento llave en mano, por lo cual bancos de ese país apalancan los negocios de las empresas constructoras. Maná del cielo para una Argentina que no accede al crédito desde hace ya demasiado.

Esa realidad forzó un giro de la diplomacia nacional, demasiado recostada en Estados Unidos y Occidente desde la asunción de Macri en diciembre de 2015 y que ahora busca un equilibrio.

“China está abriendo su mercado a las carnes y los arándanos argentinos y probablemente comprará algo más de soja”, recordó Cesarín, uno de los más notables especialistas argentinos en ese país.

La relación de Macri con Pekín arrancó mal, vale recordar. Su énfasis anti-K lo llevó a meter a empresas contratistas chinas en la bolsa de las sospechas de corrupción, algo poco recomendable si se desea afianzar la inversión. Las represas en Santa Cruz quedaron en un limbo que incomodó mucho a China y la central nuclear cuya construcción había firmado el gobierno de Cristina Kirchner entró en un proceso de renegociaciones interminables. Xi viene en busca de un nuevo comienzo.

“La Argentina ha adoptado muchas veces en política exterior un enfoque de suma cero”, según el cual todo lo que gana un jugador, lo pierde otro. “Eso involucró la relación con Estados Unidos, por un lado, y con China y Rusia, por el otro. Ahora nos dimos cuenta que el sistema internacional funciona bajo una lógica de suma variable. Se puede trabajar temas densos de agenda con Estados Unidos, China, Rusia, Brasil y otros actores”, concluyó Cesarín.

Los resultados comenzarán a salir a la luz, muy de a poco, cuando termine la fiesta.

(Nota publicada en Letra P).

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