Los conflictos globales que aterrizan en Buenos Aires

La realización en Buenos Aires de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de los 20 (G20) no es solamente un desafío de seguridad sino, principalmente, uno de tipo diplomático, en el que la Argentina accede, como país anfitrión, a la infrecuente posibilidad de influir en la agenda de los grandes temas internacionales, cruzada, como pocas veces, por agrias disputas.

Que, a diferencia de lo que ocurría durante el kirchnerismo, nadie cuestione internamente la pertenencia del país a ese club es un dato alentador. La grieta se cebaba, hace no mucho tiempo, contra la participación de un país al que parte de sus propios ciudadanos le contaban las costillas con mayor malicia que los extranjeros y al que, incluso, lo descalificaban por no ser una de las 20 mayores economías del mundo. Mal punto: el G20 no reúne a los PBI más grandes, sino a las naciones que son clave para los procesos políticos y económicos internacionales, dada su importancia global o regional. Difícil decir que una potencia agroalimentaria como la Argentina, con Cristina Kirchner o con Mauricio Macri al mando, no tenga pergaminos para sentarse a esa mesa, más allá de sus dramas de arrastre.

El G20 fue una idea que nació en 1999, cuando los ministros de Finanzas del Grupo de los 7 pensaron en la conveniencia de generar un foro más representativo, que diera cuenta de la emergencia de nuevas potencias. La crisis financiera de 2008 hizo que se entendiera que la gobernanza mundial requería convertirlo en un mecanismo de consulta permanente y al más alto nivel, lo que dio origen a cumbres como la actual.

En la actualidad, el G20 se ufana de representar el 85% de la economía, el 66% de la población, el 75% del comercio y el 85% de las inversiones mundiales.

LA MEDIDA DEL ÉXITO. En lo que hace a los asuntos diplomáticos, hay dos tipos de personas: quienes opinan que los cónclaves de alfombra y canapés no sirven para nada y quienes les atribuyen una importancia desmesurada. La verdad, como suele suceder, va por el medio. Pero el carácter de anfitrión del país le da esta vez un matiz especial.

El primer objetivo de la Cancillería y del sherpa de la reunión, el diplomático Pedro Villagra Delgado, es que no se repita el fiasco de la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC), celebrada hace un año, que terminó sin un comunicado consensuado. En el Palacio San Martín explican que, si bien las tensiones respecto del proteccionismo comercial persisten, esta vez ese riesgo es nulo. Por un lado, afirman, porque es mucho más sencillo alcanzar fórmulas de consenso que, aunque resulten algo lavadas, no ofendan ningún interés entre 20 países que entre 160. Por el otro, porque, más allá de las dificultades, “el diálogo va bien y el communiqué recoge lo que se fue concluyendo en todas las reuniones ministeriales y de trabajo que hubieron a lo largo del año. Habrá un texto al cierre de la cumbre”, según le dijeron a Letra P.

Según le explicó a este medio una fuente diplomática involucrada en esos diálogos de alto nivel, “los temas más complicados son comercio y cambio climático. Seguramente, el comunicado va a estar en línea con lo que se observa hoy en el concierto internacional, con una búsqueda de equilibrios para contener las diferentes posturas”.

Macri, a través de Villagra Delgado, se entusiasma con la posibilidad de “fijar los términos de la agenda” de los grandes temas internacionales, pero la verdad es que, de modo más realista, lo que cabe es aspirar a influir en ella. En ese sentido, lo que a la Argentina más le interesa es el llamado “canal de financiero”, que recoge los asuntos que hoy aquejan al país y que requieren un intenso respaldo de potencias como Estados Unidos y otras a través del Fondo Monetario Internacional (FMI).

LOS PROTAGONISTAS. Los 19 visitantes representan a países u organismos diversos e intereses que chocan en varios aspectos, incluso en términos violentos.

Macri recibe a los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump; de China, Xi Jinping; de Rusia, Vladímir Putin; de Francia, Emmanuel Macron; de Brasil, Michel Temer; de México, Enrique Peña Nieto; de Turquía, Recep Tayyip Erdogan; de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; de Corea del Sur, Moon Jae-in, y de Indonesia, Joko Widodo.

Asimismo, a los jefes de Gobierno de Japón, Shinzo Abe; de Alemania, Angela Merkel; del Reino Unido, Theresa May; de Italia, Giuseppe Conte; de Canadá, Justin Trudeau; de la India, Narendra Modi, y de Australia, Scott Morrison.

También estará presente el heredero de la monarquía absoluta de Arabia Saudita, príncipe Mohamed bin Salmán, quien llega con un pedido de captura a la Justicia nacional. El suyo es el caso más peculiar. Complicado por los vehementes indicios que lo vinculan con los agentes de inteligencia que mataron y descuartizaron al periodista disidente Jamal Khashoggi dentro del consulado saudita en Estambul, agradecerá cada foto que alguien acepte sacarse con él y hasta se verá las caras con el turco Erdogan, un hombre de los más duros. Será interesante ver si Trump hace gestos visibles para rescatarlo del oprobio, dado que, si hizo la vista gorda con el mega escándalo internacional, no fue porque crea realmente en su inocencia. Según explicó con audaz claridad, Riad es un aliado demasiado importante en la confrontación con Irán y para el flujo estable del petróleo en el mundo.

El príncipe saudita Mohamed bin Salmán al llegar a Buenos Aires.

En tanto, el vigésimo invitado es el luxemburgués Jean-Claude Juncker, quien representará a la Unión Europea (UE) en tanto presidente de la Comisión, su órgano ejecutivo.

“España es un invitado permanente de las reuniones del G20. Todos los años, el país que preside el foro también elige a otros invitados: la Argentina invitó a Chile y a los Países Bajos”, agrega la página oficial del evento.

INTERESES EN DISPUTA. El caso de Bin Salmán, con quien muchos jugarán a la mancha venenosa, no agota las controversias de la cumbre.

El multilateralismo y su contracara, el proteccionismo, centran uno de los ejes fundamentales de conflicto. Nadie se declara proteccionista, ni siquiera Trump. Pero están los que defienden un multilateralismo abierto y quienes, como el estadounidense, denuncian injusticias e inequidades, lo que da lugar a la imposición de aranceles compensatorios que derivaron en un conato de guerra comercial como el que su país mantiene hoy con China y con la UE.

A grandes rasgos, Estados Unidos es el país que más condiciona las negociaciones para un comunicado final, tanto por su peso global como por la impronta del liderazgo de su presidente.

Trump llega a Buenos Aires amenazando con imponerle a Pekín nuevos aranceles punitivos, pero mandó a asesores a abrir expectativas sobre un acuerdo en la bilateral que mantendrá con Xi, probablemente este sábado. ¿Habrá espacio para un cambio de escenario que incluya a la UE y que elimine uno de los focos más sensibles de las tensiones del momento, que afectan incluso a la tambaleante economía argentina?

Por otro lado, Trump, Trudeau y Peña Nieto firmarán en esta ciudad el acuerdo que surge de la renegociación del viejo Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA o TLCAN). El texto es a gusto del republicano. Ese será el último acto importante del mexicano antes de entregarle el poder, este sábado, al izquierdista Andrés Manuel López Obrador.

Otro asunto importante es la Agenda 20-30 para el desarrollo sostenible, que no recibe un repudio en bloque de Estados Unidos, pero que ese país no piensa aplicar en su totalidad. “La idea es poner los objetivos multilaterales en un contexto lo menos vinculante posible”, le explicó a Letra P un diplomático vinculado a las gestiones en curso.

“En estas cumbres quedan expuestos los puntos en los que no hay acuerdo. Son ejercicios para tratar las grandes disputas con menores riesgos”, dijo la fuente aludida más arriba. Pueden producirse anuncios sobre entendimientos, con el tema comercial como principal foco de atención, sobre todo en los encuentros laterales que serán, sin duda, lo más rico del evento.

El cambio climático es otro foco de tensión. Estados Unidos ya dijo mil veces que no se someterá al acuerdo sobre cambio climático de París. No habrá consenso en ese punto y el lenguaje diplomático apenas podrá edulcorar las diferencias.

La primera ministra británica May escuchará, seguramente, algo de Macri sobre Malvinas; poca será la atención que le preste. Lo importante para ella es que coincidirá en esta ciudad con sus pares europeos más importantes, pero ya sin el lastre de la negociación sobre el brexit, esto es la salida de su país de la UE. Las partes ya se pusieron de acuerdo y lo que todos querrán saber es si logrará imponer el entendimiento en la crucial votación parlamentaria del martes 11, la que hará la diferencia entre una salida ordenada y el caos… y entre la permanencia de la conservadora al frente del Gobierno o su eyección.

Putin deberá enfrentarse con casi todos por el rebrote de las tensiones militares en Ucrania. A la anexión de Crimea en 2014 y a la guerra posterior entre el ejército regular de Kiev y separatistas rusoparlantes del este del país, se suma ahora la captura de barcos ucranianos en el estrecho de Kerch, un paso importante entre los mares Negro y de Azov. El presidente ucraniano, Petró Poroshenko, denuncia en estas horas una acumulación de fuerzas y blindados rusos en la frontera, mientras la OTAN se debate en llamamientos inocuos a la liberación de los marinos y buques capturados. ¿Hablarán los socios de la Alianza Atlántica que se encuentren en Buenos Aires sobre otra ronda de sanciones contra Moscú?

EL ROL ARGENTINO. “El grupo no es mandatario, no emite resoluciones de cumplimiento obligatorio. Es una antesala de las negociaciones que se producen por afuera”, explicaron en Cancillería.

“Nuestra ventaja es que, como no somos uno de los países grandes del G20, podemos mostrarnos más neutrales y tratar de articular consensos con todos. Si la reunión fuera en Berlín o en Tokio, las tiranteces serían mayores, porque los anfitriones perseguirían sus intereses más duramente hasta el final”, añadieron.

En este contexto, la Argentina, más que “fijar la agenda”, como presume el Gobierno con grandilocuencia, aspira, por una vez, a influir en ella. No es poco.

(Nota publicada en Letra P).

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