Por qué Boca no debe aceptar jugar la final, más allá de las consecuencias

Por alguna razón que se me escapa en algún punto, el fútbol me apasiona. Me corrijo: me apasiona, sobre todo, mi club: Boca Juniors. Hay algo en ese sentimiento que no logro explicarme en su totalidad, pero que en parte debe tener que ver con mi pasado, con mi infancia, con la figura de mi padre, con el lazo invisible que lo une con mi hijo a través de mí, con la pertenencia a un colectivo fuertemente popular -detestado por todos los demás, como debe ser cuando se habla de cosas realmente importantes- y con el apego a valores como el coraje, la garra y la persistencia. Pero la de esos colores no es más que una elección: cualquier hincha, de cualquier club, siente cosas parecidas.

Todos sabemos que la competencia futbolística está cruzada por intereses -claros y oscuros también-, dinero sucio, influencias, corruptelas y actos que no queremos terminar de conocer. Ir a una cancha o seguir un partido en TV es algo que, en un punto, desafía la lógica. Actuamos como el espectador que se sienta a ver una película de ciencia ficción: basta con hacer un esfuerzo de credulidad en los primeros minutos para después poder pasarla bien.

Ese rasgo de irracionalidad, sin embargo, no me convierte en alguien incapaz de pensar. Muchas veces, cuando discuto sobre cosas que involucran a mi equipo, parezco encendido, pero quien me conoce sabe que eso no es fanatismo. Hablo contundentemente de casi cualquier cosa, desde la política hasta lo que sea que me interese, pero no soy por eso incapaz de escuchar argumentos.

Por ejemplo, cuando ocurrió lo del gas pimienta en la Copa de 2015, estuve en la cancha con mi hijo. Me fui triste, sabiendo que la cuestión era insalvable y que, habida cuenta de lo que decía el reglamento de la Conmebol, era correcto que eliminaran a Boca del torneo. Así lo dije, así lo posteé en Twitter y así lo dije en radio.

Otra: me sentí desolado después de que Boca “ganara” la final de la Copa Argentina a Rosario Central en 2015. No había nada que festejar. Eso no daba ni para película de ciencia ficción.

Si hay algo que me rebela es la injusticia. En todos los órdenes. Seguramente es una exageración ponerse mal por una de tipo deportivo, pero cuando uno quiere a un club de fútbol como yo a Boca, eso es posible. Desde hace cuatro años, desde el cruce con River por la Sudamericana 2014, para ser preciso, siento con ese rival que las injusticias se repiten una y otra vez en perjuicio de mi equipo. Penales a favor que no se daban, penales en contra que se cobraban aunque no lo fueran, juego violento inconcebible para cualquiera que haya mirado diez partidos en su vida que no se penalizaba, goles inexplicablemente anulados. Los colegas especializados en deportes hablaban de un “River que ahora gana a lo Boca” o, un minuto después de dar clases de ética, hablaban de las dotes de Rodolfo D’Onofrio para operar a favor de su club y “ganarle” a Daniel Angelici. Asombroso.

Los episodios del último sábado en el Monumental son conocidos por todos. Mi opinión es que el reglamento de Conmebol es claro cuando habla de suspensiones ocasionadas, entre otros posibles agentes, por hinchas locales dentro del estadio o “en las inmediaciones”. Justo lo que ocurrió. Pero este texto no apunta a fundamentar esa posición. Al fin y al cabo, que cada uno tenga la suya.

Lo que busco es otra cosa: explicar por qué quiero que la Comisión Directiva de Boca Juniors vaya a fondo con el reclamo reglamentario, en Conmebol, en instancia de apelación y ante el TAS, sea cual sea el desenlace. Y que ese partido no se juegue nunca más, sean cuales sean las sanciones que nos toquen.

Me indignó el espectáculo de la agresión, una verdadera emboscada que alguien deberá esclarecer alguna vez. Pero mucho más el cinismo del presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, que “apretó” visiblemente, en tándem con el presidente de River, para que se jugara de cualquier modo.

Los médicos de la Confederación aseguraron haber constatado que el plantel estaba en condiciones de competir cuando es evidente que no era así.

La Conmebol reprogramó dos veces el horario del partido a través de su cuenta oficial de Twitter cuando dos jugadores del plantel, entre ellos su capitán, Pablo Pérez, estaba siendo atendido en una clínica y no se conocía su estado de salud.

El canal Fox Sports, interesado directo en el negocio televisivo, operó tristemente a través de algunos periodistas para que se jugara como fuera, con la destacable excepción de algunos profesionales y comentaristas que no se avinieron e la bajada de línea de la empresa.

El apriete llegó a hacerle firmar al apretable presidente de Boca un papel que hablaba de “una piedra” que impactó contra el micro y a fijar el partido para el domingo a las 17 horas. Mientras Domínguez amenazaba con sanciones y desafiliaciones, D’Onofrio ofrecía su solidaridad, un mal disfraz de la intención de arrancar una reprogramación que no expusiera a River al veredicto del mismo escritorio que él buscó tres años atrás. Para que haya un “pacto de caballeros” tiene que haber caballeros entre los firmantes.

Después de que Angelici, con la Comisión Directiva, el cuerpo técnico, el plantel, los socios y los hinchas en contra, finalmente decidió escuchar y llevar la cuestión al plano reglamentario, Domínguez pareció ceder. A su manera, claro. El mismo hombre que nos daba clases magistrales de respeto e institucionalidad, como su antecesor Juan Ángel Napout, quien terminó preso, admitía el planteo de Boca pero, a la vez, citaba a ambos presidentes para el martes a fin de fijar una nueva fecha. Evidentemente, el fallo está escrito en piedra.

Mientras, artículos coincidentes en diarios de importancia citan “fuentes muy cercanas” al mandamás de Conmebol que afirman que de ninguna manera se dará lugar al reclamo. Uno de ellos, el de Clarín, añade que “la Conmebol no permitirá que el campeón se conozca en un escritorio, mucho menos que sea el equipo de Daniel Angelici, un ‘enemigo’ de la casa”.

Decir “tribunal disciplinario” o “reglamento de Conmebol” son, evidentemente, risibles oxímoron.

Ante todo eso, ¿qué garantías de imparcialidad arbitral, por ejemplo, podría haber en un eventual partido reprogramado? ¿Hasta dónde llegan las artes de D’Onofrio, hábil declarante, que ha logrado sortear un llamativo caso de doping en la Libertadores pasada (a propósito, ¿ya encontraron los frascos de suplementos vitamínicos contaminados que iban a entregar como descargo?) y, en la actual, siete inclusiones antirreglamentarias de un jugador, un gol mal anulado a Racing en el cruce con River, un penal y expulsión no concedidos a Independiente, un gol con la mano con Gremio y, ahora, este fallo que aún no existe pero ya se conoce?

Si estas son las reglas del juego, ¿de qué vale competir? Por eso no me asusta que descalifiquen a Boca por un año, dos, diez o los que sean. Prefiero que se haga lo correcto.

Todos los hinchas somos iguales. Igual de sentimentales. Igual de empecinados en emocionarnos con algo que, en el fondo, no tiene mayor importancia. Igual de aferrados a una identidad, a los lazos entre generaciones, a las alegrías efímeras. Todos merecemos respeto.

Domínguez no quiere que la final de la Libertadores quede manchada con la entrega de la copa fuera de un estadio, sin partido. Creo que eso debe ser inevitable a esta altura: o porque aplican el precedente de 2015 y descalifican a River o porque no lo hacen y Boca no se presta a esa charada. Nadie nace para hacer de decorado.

En ese espíritu digo que la runfla de Conmebol, Domínguez y el hábil declarante que, según le convenga, corre a los escritorios cuando le sirve o defiende la competencia en cancha, el más vivo del barrio, pueden quedarse con su Copa, con esta y con las que vengan. Sin dolor.

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