Lucas Llach: “Con un costo grande para la sociedad, Argentina está cerca de corregirse”

Por Leandro Renou y Marcelo Falak

Tuitero activo, cada definición de Lucas Llach en la red genera un sinfín de reacciones diversas. El ánimo hostil de ese microclima se entiende, dado su carácter de vicepresidente del Banco Central (BCRA) bajo la conducción de Federico Sturzenegger, que terminó de manera accidentada en junio, en medio de una violenta devaluación, cuyos efectos inflacionarios, recesivos y de caída del salario se sienten hoy plenamente.

Llach entiende hoy que aquella conducción debió plantear ya en 2017 que debía cesar la asistencia del Central al Tesoro. Además, reconoce que problemas serios de coordinación en el Gobierno terminaron afectando la economía. Asume el error de que se hayan planteado metas de inflación demasiado ambiciosas para el nivel de ajuste de tarifas que se encararían y da su versión sobre una polémica intervención cambiaria que costó unos 10.000 millones de dólares de reservas. Y vuelve, una y otra vez, al 28 de diciembre de 2017, cuando Marcos Peña, Nicolás Dujovne, Luis Caputo y Sturzenegger anunciaron la flexibilización de la meta de inflación y de la política monetaria, lo que golpeó la credibilidad de la autoridad monetaria.

“Los últimos meses (de gestión) fueron estresantes. Cuando se mira la experiencia hacia atrás, obviamente que el final no fue el mejor o el que uno se imaginaba, pero como vengo de la historia económica tiendo a entender que uno es parte de una circunstancia y que, como todo, dejó también cosas buenas, como la flotación cambiaria, que es clave, y las reformas tecnológicas en el sistema financiero. Como alguien que siempre tuvo interés por lo público, la experiencia me resultó muy interesante”, dijo en la entrevista con Letra P.

Llach cree que, después de esos traumas, “por fin, llegamos al final del principio” y que los desequilibrios macroeconómicos están en vías de corrección. Incluso traza, pensando en 2019, una perspectiva positiva para el macrismo tanto en lo económico como en lo electoral. Los efectos de Brasil y sus posiciones sobre políticas, izquierdas, derechas y liberalismos.

BIO. Es economista e historiador. Es profesor del Departamento de Estudios Históricos y Sociales y de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella. Obtuvo su licenciatura y títulos de posgrado en Economía en la UTDT y su doctorado en Historia, en Harvard. Su principal área de investigación es la historia económica argentina, tema sobre el que escribió su tesis y diversos libros y artículos. También escribió, con Miguel Braun, el libro de texto Macroeconomía Argentina y, junto a Pablo Gerchunoff, republicó recientemente El ciclo de la ilusión y el desencanto. Políticas económicas argentinas de 1880 a nuestros días. Fue vicepresidente del Banco Central durante la gestión de Federico Sturzenegger.

-¿Por qué terminó tan mal la gestión que usted integró en el Banco Central? 

-Si hablamos, por ejemplo, del tipo de cambio, hay que recordar todas las críticas que había por el carry trade (ndr: la apuesta de los inversores a tasas en pesos para ganarle a la evolución del tipo de cambio y finalmente trasladar ganancias en dólares). Ante eso, el argumento del Banco Central siempre fue decir “cuidado, que el 2% mensual en pesos que están pagando las Lebac (Letras del Banco Central) puede ser alto en dólares hasta que deja de serlo, porque hay un tipo de cambio flotante”. Sí es cierto que no estaba en nuestra cabeza, y creo que tampoco en las de los mercados, la magnitud del ajuste cambiario que se produjo. Igualmente, no diría que nos confiamos, porque el Banco Central justamente fue criticado por no cumplir sus objetivos de inflación, por ir siempre detrás de las metas fijadas, que eran muy exigentes. Entonces, nunca pensábamos “¡qué maestros que somos!”. Sí puedo decir que confiamos en que el sistema de tipo de cambio flotante permitía un ajuste automático ante un shock y que eso era favorable. Ahora, cuando te toca un shock tan fuerte, la experiencia es dura.

-Cuando se los criticaba por la fuerte emisión de Lebac, Sturzenegger sostenía que no era un problema. Decía que, en un caso extremo, los inversores que no quisieran renovar sus Letras y desearan redolarizar sus carteras, iban a hacerse con las reservas que se habían acumulado antes. La idea era la de un equilibrio de agregados que no tenía por qué disparar una corrida. Sabemos que no fue lo que sucedió. ¿Los sorprendió?

-Cuando un activo financiero, en este caso el peso, baja mucho de precio, por definición es que hubo un error de expectativas, porque alguien lo estaba pagando y de repente le bajó el precio, o se produjo una noticia totalmente inesperada. Creo que lo que pasó es que todos, el mercado y el Gobierno, creían que ese tipo de cambio (previo a la devaluación) más o menos tenía sentido para Argentina. Entonces sí, lo que pasó fue algo muy sorprendente. Con respecto a las Lebac, digamos que a todos nos gustaría no tener deudas, pero eran el pago al Gobierno por la asistencia monetaria y por comprar dólares, eran la contrapartida de esas dos cosas. De ambas, si quieren, la que hoy digo que estuvo bien es la compra de reservas y de la que digo que, quizás, era mejor usar otro sistema es la de la asistencia al Gobierno.

-¿Está diciendo que lo ideal habría sido que se cortara la asistencia al Tesoro ya en aquel momento? Algo que se produce recién ahora, después de la crisis.

-Quizás no en el año uno (de Mauricio Macri), pero sí en 2017. En el fondo, si el Banco Central se estaba pudiendo endeudar en pesos, el Gobierno también podría haberlo hecho. O sea que en vez de tener Lebac habríamos tenido deuda pública. Me parece que por no haber hecho eso, parte de las preguntas que se hicieron este año pasaron por la situación financiera del Banco Central. Insisto: el problema fue la asistencia al Tesoro. Eso se corrige ahora y me parece bueno, pero, si vuelvo atrás, tendríamos que haber sido más enfáticos en decir “no” y haber luchado más para que fuera cero ya en 2017. Pero tampoco sé si eso resolvía todo el problema.

-¿Esa es la única autocrítica que hace?

-El problema principal es que nos dimos cuenta todos, como sociedad, que Argentina era más cara de lo que tenía que ser para resultar sostenible. Ahí hay otra autocrítica: creímos que con aquel tipo de cambio la llevábamos.

-Desde afuera se objetaron otras cosas. Por ejemplo, no se le escapan las suspicacias que generó el carácter errático de las intervenciones en el mercado cambiario durante la corrida. Un día, digamos, volcaban cientos de millones de dólares para satisfacer la demanda y, al siguiente, el Central desaparecía. ¿Cómo se explica eso?

-Después del 28-D, el Banco Central se sintió con poca capacidad para usar su instrumento, que es la tasa de interés, porque subirla podía ser un problema.

-¿Un problema político?

-Y, sí. Entonces eso puso más peso en la variable tipo de cambio. Al comienzo veíamos que el tipo de cambio multilateral de Argentina estaba apreciándose y, ex post, les diría que esa intervención (con reservas) no fue buena. La inflación se estaba acelerando, la tasa era un problema y se pensó que la búsqueda de la estabilidad cambiaria podría ayudar con los precios. Ahora, una vez que se desencadena el proceso, todos, el mercado, el Banco Central y el Gobierno van ajustando sus expectativas. Mirando hacia atrás, algunos se alarmaban por pensar que el dólar podía llegar a $21 y nos reclamaban “¿cómo no se plantan con 5.000 palos a $20,80?”. Uno recuerda eso y dice: ¡qué disparate! Si hubiésemos hecho eso, el mercado nos habría llevado puestos. Después vienen las versiones conspirativas del tipo “le dieron la plata a JP Morgan”. ¿Miren si uno va a querer perder reservas?

-Pero, puntualmente, ¿cuál es la explicación de esas intervenciones tan erráticas, que implicaron pérdida de reservas y a las que no se les advertía un sentido claro?

-Fueron una consecuencia de estar viviendo un ajuste tremendo del tipo de cambio real, de lo que los mercados percibían que tenía que ser el tipo de cambio que debía tener la Argentina dada su cuenta corriente (ndr: el saldo total de divisas del país), etcétera. Esa es la discusión más importante. La falta de información hizo que fuera muy difícil decir cuál era el tipo de cambio correcto o establecer qué punto no debía sobrepasar. Eso, quizás, fue lo que llevó a ese comportamiento errático.

-Volviendo al 28 de diciembre de 2017, ¿cómo vivieron el episodio dentro del Banco Central?

-(Silencio). Hoy hay un consenso de que el 28-D no fue bueno, porque la interpretación que se le dio fue la de una intromisión en el Banco Central. El hecho tuvo dos condimentos: el cambio en la meta de inflación (del 10 al 15%) y la baja de la tasa de interés del Banco Central, que ocurrió en los días siguientes.

-Pero esa fue una decisión del poder político. ¿A ustedes los “mató” la política?

-No. El 28-D implicó una pérdida de credibilidad, pero no fue el centro de esta crisis. Fue un cambio de percepciones sobre el tipo de cambio que Argentina necesita. Sin el 28-D, quizás toda esta corrección hubiese sido mucha más gradual. Pero lo que está en el fondo es que había un déficit de cuenta corriente de 5 puntos del PBI y que, de repente, unos flacos se preguntan: “¿Les vamos a seguir prestando a estos?”. Y cuando dicen “yo no sé”, la gente empieza a salir.

-¿Cómo se dio el proceso de cambio de la meta de inflación?

-En ese momento hubo una discusión y Federico (Sturzenegger) estaba más en contra de cambiarla; mi posición fue que se hiciera, pero desde el Banco Central. La esencia de un régimen de metas es que se le crea al tipo que las está enunciando. Mi opinión personal es que está bien cambiar una meta de inflación que ya no se ve como posible, pero que en un país como la Argentina, en el que se pueden dar ese tipo de suspicacias, es mejor que la cuestión esté en manos del Banco Central.

-¿Y qué pasó con el segundo ingrediente que mencionaba, la reducción de la tasa?

-Bajar la tasa fue un error del Banco Central.

-Al Gobierno se lo cuestiona desde diferentes sectores. Algunos le adjudican impericia y otros, directamente, insensibilidad. ¿Qué responde?

-Sobre el tema de la impericia, diría que la organización inicial del Gobierno para el manejo de la macroeconomía no fue buena. El primer año intervenían en las decisiones todos los ministros involucrados, nueve personas que se veían de vez en cuando y que aportaban sus miradas. Nueve personas inteligentes pueden ser más inoperantes que una sola inteligente. El 28-D fue una manifestación de lo que producen muchas manos en un mismo lugar. Eso se corrigió y hoy la macro la manejan Dujovne y (Guido) Sandleris, con la venia del Presidente, que es eso que siempre hay que decir (risas). Hay una organización muy superior. Por otro lado, sobre la insensibilidad, respondo que hubo malos efectos distributivos de las políticas macro. Está la cuestión de (la suba de) tarifas y ahora la devaluación, pero no hubo una política fiscal anti distribución del ingreso. De hecho se amplió la Asignación Universal por Hijo y se universalizaron las jubilaciones.

-Pero el poder adquisitivo del salario, que es el corazón del problema, quedó muy afectado.

-Pero eso tiene más que ver con la corrección de los problemas macro, que con que suban las tarifas y el dólar. Los salarios en dólares de Argentina eran altos. Si en el Mundial de Rusia la Argentina era el país que más hinchas tenía, eso decía algo.

-¿Usted siente que el Gobierno realmente entiende lo que significan para las familias los incrementos de tarifas, de la nafta o de los alimentos?

-Entiendo que algunos progres piensen que son moralmente superiores y que a ellos les importa más la gente, pero eso es una pelotudez atómica. Al Gobierno le preocupa y no solo porque su objetivo es que la gente viva mejor. Aunque alguien piense que viene a hacer daño, a Macri le conviene que la gente esté mejor para que lo vote. A ver, en un sentido, los políticos siempre están lejos de la gente, ya sea Macri, Cristina Kirchner o (Juan) Perón. Pero son lo suficientemente inteligentes como para ver que si la nafta sube al doble, hay que charlar, negociar con las petroleras. El problema es que hay un gobierno que decidió hacer los ajustes necesarios para que la economía despegue. De hecho, la crítica más habitual a este gobierno es que fue demasiado gradualista.

¿No es simplista plantear la cuestión en términos de que un gobierno viene a ayudar a la gente o que le conviene que lo voten? En definitiva, cuando decide si el campo paga o no retenciones, de qué tipo, si tributa o no bienes personales por sus terrenos, al revés de lo que pasa con el resto de las propiedades, o si dolariza completamente las tarifas, responde a una visión que se reduce a algo muy concreto: el dinero se lo lleva un sector o se lo lleva otro. Y el Gobierno decide…

-Creo que mucho de lo que pasó en los dos primeros años se debió a la visión tan compartimentada de la política económica que mencioné. Había al principio un debate sobre si había que sacar todas las retenciones de golpe o no. La promesa electoral era que se sacaban todas, pero mi visión es que, con una devaluación como la que hubo en 2016, se podía mantener algún nivel de retención chiquita en trigo y maíz para que el impacto en los precios internos no fuera tan fuerte. Pero como era un gobierno tan compartimentado, cada ministerio pedía su agenda, lo que dificultaba que hubiera una mirada sobre el efecto conjunto de las políticas macro sobre rentabilidad de los sectores y sobre los salarios. No fue un problema de intenciones.

-Antes usted habló del carry trade, la bicicleta financiera. La desregulación amplia de los flujos financieros que produjeron este gobierno y el Banco Central nunca en la historia terminó bien. ¿Cómo ve eso a la distancia?

-Son dos cosas distintas. Una es si el exceso de optimismo es positivo: la respuesta, que ya se anticipa con el uso de la palabra “exceso”, es no. Ahora, en lo que respecta a la medida en la que lo regulatorio ayuda, digo que siempre se cita el caso de Chile, pero ahí las regulaciones duraron poco tiempo y no impidieron que la moneda se apreciara mucho en los años noventa.

-Pero la gestión en la que usted participó ni siquiera intentó seguir otro camino.

-Está bien, pero realmente creo que el problema no estuvo ahí, porque hay muchas maneras de sortear las regulaciones. Cuando un país se pone de moda, como fue el caso, sea por las reformas, por Macri o por la dirección en la que está yendo, eso no hace una gran diferencia. Esa es mi impresión.

-¿Hay futuro si no salimos de esa lógica especulativa?

-Tenemos que llegar a que eso no sea tan prominente en la discusión, pero estabilizar la moneda es un hecho financiero. Por lo pronto, hoy ya tenemos un Banco Central con el mejor patrimonio de los últimos diez años, una situación energética totalmente diferente a la que existía cuando llegó este gobierno y una situación fiscal en vías de corrección, llegando al equilibrio primario (ndr: antes del pago de deuda) el año que viene. (Con el gobierno kirchnerista) nos habíamos comido los stocks de infraestructura, que ahora se están recuperando, lo mismo que los ganaderos. Muchas de las cosas que se llaman “populistas” son lo que los economistas refieren como “pan para hoy, hambre para mañana”. Gran parte de eso se corrigió o está en camino de corregirse.

-Bueno, pero hay que ver los costos. Esa mejora del balance del BCRA se logró a costa de una devaluación enorme, en lo fiscal se hizo con un ajuste con el Fondo Monetario Internacional que está ahogando la economía y la cuestión energética se abordó con aumentos de tarifas impagables para muchos.

-Entrar al populismo tiene la ventaja de que se van atrasando las tarifas, el tipo de cambio…

-Eso está claro, ¿pero la suya no es una mirada demasiado benévola sobre los costos que han implicado lo que considera logros?

-Mirando desde hoy, diría que el costo que implicaba salir de todo eso era mayor de lo que se pensaba. Porque se creía que la economía iba a empezar a crecer con señales y la verdad es que no fue así. Ahora, por fin, llegamos al final del principio.

-Esta gestión recibió un país con una inflación del 25%, es cierto que con muchos controles, tarifas atrasadas y cepo, pero este año vamos a un 45%. ¿Qué se le puede decir a la gente?

-Este año es el más bajo en mucho tiempo. El tipo que va por la calle no entiende qué es ajustar el déficit de cuenta corriente y lo que me dice es que su salario cae: “¿Me decís que está pasando algo bueno?”. Ahora, como economista, le tengo que decir que teníamos un montón de desequilibrios que hacían imposible crecer y que cada uno de ellos está corregido o cerca de serlo. Igual entiendo que parezca que estamos hablando en chino.

-El modelo económico parece algo pensado inicialmente sin la gente.

-Eso depende de en qué plazo pensás. Yo creo que sin muchos de estos ajustes que mencioné, la Argentina no tiene futuro.

-¿Era necesario un ajuste tan grande, como el que se hizo, por ejemplo, con las tarifas de servicios públicos?

-Vos me decís que es grande, pero si mirás históricamente, comparadas con el resto de los precios, las tarifas tienen hoy una relación inferior a la de los 90. Y Argentina todavía tiene el nivel de tarifas más bajo de la región.

-En términos de bajar la inflación, eso fue un inconveniente mayúsculo…

-Sí. Parte del problema fue una inconsistencia entre aquellas metas de inflación tan ambiciosas y un ajuste de tarifas tan grande.

-¿Y ustedes no advirtieron que eso iba a pasar?

-Hay que ver por qué se pusieron esas metas de inflación tan exigentes inicialmente. Eso fue de (Alfonso) Prat Gay, pero no me queda claro con qué nivel de input de Federico. Pusieron las metas y a los cuatro días (el entonces ministro de Educación) Esteban Bullrich firmó una paritaria con los docentes del 38%. Y ahí dijimos: “Chau, muchachos”. Eso hizo que se haya corrido la inflación desde atrás y que, cada año, cuanto más se le erraba a la meta, más difícil era pegarle al año siguiente.

-No es fácil asociar lo que usted plantea sobre su postura ideológica con la del Gobierno que integró.

-Yo me considero un socioliberal, porque entiendo que el mercado funciona bien para producir pero muy mal para la distribución del ingreso. Y creo que el Gobierno es bastante parecido a eso, porque cree en el mercado para producir pero que el Estado tiene un rol muy importante para la distribución del ingreso. A mí me sedujo el creer que se podían hacer cosas, como salir del cepo e ir a un esquema de flotación cambiaria. Coincidía con las líneas generales de lo que se iba a hacer en el Banco Central. La mirada de que era algo de derecha, porque había una política ortodoxa, fue una manera de pintarlo, pero la verdad es que la tasa de interés que teníamos, del 2% mensual, vista hoy no parece gran cosa.

-El modelo económico parece algo pensado inicialmente sin la gente.

-Eso depende de en qué plazo pensás. Yo creo que sin muchos de estos ajustes que mencioné, la Argentina no tiene futuro.

-¿Era necesario un ajuste tan grande, como el que se hizo, por ejemplo, con las tarifas de servicios públicos?

-Vos me decís que es grande, pero si mirás históricamente, comparadas con el resto de los precios, las tarifas tienen hoy una relación inferior a la de los 90. Y Argentina todavía tiene el nivel de tarifas más bajo de la región.

-En términos de bajar la inflación, eso fue un inconveniente mayúsculo…

-Sí. Parte del problema fue una inconsistencia entre aquellas metas de inflación tan ambiciosas y un ajuste de tarifas tan grande.

-Desde la renuncia de Sturzenegger y la suya, el Gobierno ha cambiado de rumbo. ¿Qué evaluación hace del momento actual?

-La Argentina tiene hace mucho tiempo un problema con sus desequilibrios macroeconómicos y creo que este gobierno ha tenido la valentía de enfrentarlos, con los costos que eso implica. Muchos critican que se los enfrentó demasiado gradualmente, otros lo contrario y hablan de una política de ajuste. Yo creo que el rumbo está muy claro y lo que fue cambiando fue la velocidad, la táctica, pero no a dónde quiere llegar la Argentina, que es tener una macroeconomía como la de otros países de la región. En lo que hace a la gestión actual del Banco Central, me parece que Sandleris tiene mucho mérito, porque hizo algo que no era obvio y que está mostrando virtudes.

-La conducción del Central en la que participó consideraba la inflación como un fenómeno monetario. ¿No cree que algunos sectores especulan con los precios?

-No. Cuando en el mismo país ves épocas de inflación más baja o más alta, es obvio que el problema no es la especulación. Lo único que criticaría de eso es que en Argentina hay precios muy opacos, que es algo que tiene que ver con la inflación pero, por ejemplo, eso de “hasta el 30% de descuento”, ¿qué quiere decir? Nos acostumbramos a no entender cuáles son los precios, pero eso no es especulación. Cada uno maximiza (sus ganancias) y hay muchos sectores monopolizados o cartelizados que ponen precios más altos, pero eso no es la inflación. Hay sectores protegidos a los que Macri les debería decir: “Con este nivel de dólar, muchachos, hay que competir”.

-Una vez desatada la crisis, ¿fue correcto acudir al FMI o, como dicen muchos economistas, fue precipitado?

-Uno puede discutir si el momento era ese o un poco después, pero a la luz de los hechos, íbamos a llegar de todos modos. Iba a pasar.

-¿No es un fracaso haber tenido que acudir al FMI?

-Uno nunca desea llegar al Fondo Monetario. En Argentina, la derecha te habla de equilibrio fiscal y la izquierda, de desendeudamiento, pero ninguna ve que, en el fondo, las dos cosas son lo mismo. Y el FMI lo único que te dice es que tenés que dejar de endeudarte. El Fondo es el fin de gradualismo, eso es evidente.

“Uno nunca desea llegar al Fondo Monetario. El Fondo es el fin de gradualismo, eso es evidente.”

-Dado el escenario actual, ¿qué pasa si Macri pierde la reelección?

-En ese caso habría que ver quién gana. Mi impresión es que es muy distinto si gana Cristina o cualquier otro. Igual, me parece un efecto de baja probabilidad que gane Cristina y la duda es si va ser candidata o no.

-¿El Gobierno no juega con eso?

-No sé si juega, pero le conviene que sea candidata.

-¿La estrategia oficial de plantear una permanente polarización con el kirchnerismo no puede ser un tiro en el pie para la economía? Si Cristina crece, sobre todo en el marco de la crisis actual, los inversores pueden retraerse y la inestabilidad financiera puede volver.

-No me queda claro que la estrategia oficial sea esa, pero digamos que es el riesgo del año que viene. Nosotros tuvimos que hacer una estrategia cambiaria diferente antes de la elección de octubre del año pasado ante la posibilidad de que Cristina ganara en la provincia de Buenos Aires, porque se estaba produciendo una depreciación (del peso) que no tenía mucho más sentido que el temor.

-¿Es posible que se reelija un Gobierno en este contexto económico? Pocas veces ha pasado una renovación con recesión. 

-Si uno mira América del Sur, no sé si hay casos de presidentes que se hayan presentado a una elección y no ganaran. Además, la teoría económica de la felicidad dice que la sensación de bienestar no pasa por cómo estoy hoy comparado con 2015, sino cómo estoy ahora en relación con el pasado muy inmediato. Si el Gobierno llega a la elección con una inflación más baja y con el salario real recuperándose un poco, la sensación ya mejoraría. Fijate que un mes después de la llegada de Sandleris, en la televisión ya no se habla del dólar, se habla de los “trapitos”.

-¿Es decir que ve un sendero económico en proceso de mejora?

-Noto que hay un rumbo en el que hay muchas cosas que están siendo corregidas o en proceso de serlo. Uno debería esperar que, cuando se produzca una cierta baja de la inflación, se pase a una reactivación. Ese caminito creo que se va a dar. El riesgo que hay es que ya estamos casi en un año electoral: cuanto antes empiece la reactivación y mejoren las perspectivas electorales para el Gobierno, también mejor será para la economía. Eso es lo tengo hoy en la cabeza. Con un costo grande para la sociedad, Argentina finalmente está cerca de corregirse.

– El Gobierno espera que Brasil empuje la economía el año que viene. ¿Lo ve posible? ¿Jair Bolsonaro ayuda?

-No me gusta Bolsonaro, por motivos obvios. Lo más importante de él para Argentina es el cuestionamiento que está haciendo del Mercosur. Más allá del ciclo brasileño, un candidato pro mercado puede tener un ciclo favorable y eso puede convenirle a Argentina. Pero lo más importante es el Mercosur. Soy crítico del nivel de proteccionismo que tiene el Mercosur. Los brasileños nos vendieron que era una ventaja política para Brasil, porque es el capo del barrio, y una ventaja económica para sus socios. Eso no me parece tan obvio. A países como Uruguay no sé si les conviene el Mercosur, porque tienen que pagar más caro por los productos importados o comprar productos brasileños en vez de otros más baratos. Brasil beneficia a su industria. Argentina tiene que ir a una integración del mundo mucho más fuerte, con acuerdos de libre comercio.

(Nota publicada en Letra P).

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