Lula y el PT, de la hazaña de alimentar a un pueblo a un final sin honra

El triunfo de Jair Bolsonaro y el retorno al poder del “partido militar”, esta vez bendecido por el voto popular, suponen un golpe severo al Partido de los Trabajadores (PT) y a su líder histórico, Luiz Inácio Lula da Silva, que ya no serán capaces de disimular la crisis profunda en que cayó el proyecto de la izquierda brasileña.

Fernando Haddad obtuvo más del 44% de los votos, algo que podría interpretarse como parte de un voto resistente a favor del PT. Sin embargo, la realidad es que aquel quedó lejos del vencedor, Jair Bolsonaro, y que en ese resultado hay muchos sufragios de ciudadanos espantados ante la perspectiva de tener que vivir en los próximos años bajo un gobierno de ultra derecha, lo que los llevó a optar por el ex alcalde de San Pablo simplemente como un mal menor.

Lula da Silva lideró cómodamente las encuestas en la previa de la campaña electoral formal y todos los escenarios de segundo turno lo daban como favorito descollante. Sin embargo, su imagen negativa también era elevada: si algo expresa la victoria del ex capitán del Ejército es el odio de amplias capas de la sociedad, sobre todo medias y altas, al PT y el sistema de corrupción que la Justicia le atribuye.

La idea de que aquellas encuestas valían algo se probó como una quimera. Sin saberlo, fue el propio Lula quien selló su suerte política en 2010 al defender y promulgar una ley, llamada de “ficha limpia”, que impide presentarse como candidatos a los ciudadanos con condena en segunda instancia.

Él mismo terminó por sufrir eso en el caso del tríplex de Guarujá, que presuntamente le fue entregado por la constructora OAS como contraprestación en negro de la obtención de contratos amañados en Petrobras.

Esa causa está “floja de papeles” y debe ser todavía objeto de revisión. Pero lo que a esta altura no admite dudas es la profundidad de los esquemas de corrupción montados durante los gobiernos del PT, destapados primero en el mensalão y después en el petrolão.

Una amplia corriente de opinión, en Brasil y en otros países, insiste en atribuir todas las acusaciones a una conspiración judicial y mediática. Es cierto que segmentos poderosos de ambos sectores buscaron terminar, vía lawfare, con el proyecto de la izquierda, haciendo sonar durante años la tecla de la corrupción, pero también lo es, cuando menos, la responsabilidad política de Lula da Silva y de Dilma Rousseff en esquemas que desviaron miles de millones de dólares del estado hacia empresas contratistas, maquinarias políticas y cuentas privadas. Ambos cometieron el pecado de mirar con indolencia. Eso, cuando menos.

Lo anterior no es una simple presunción sino una confesión de parte. El Directorio de la petrolera controlada por el Estado reconoció, antes de que Dilma fuera desalojada del poder, que la corrupción le había costado 2.000 millones de dólares, cifra que quedó asentada en su balance.

A grandes estragos corresponden grandes (y múltiples) responsables. Así, el final provisorio de la saga de la operación Lava Jato, esto es la elección del extremista Bolsonaro, tiene muchos autores.

Para empezar, los bolsones del Poder Judicial que, con pruebas y sin ellas, jugaron a la política sin disimulo. También los grandes medios de comunicación que se entregaron con fruición a la tarea de demoler todo lo que tuviera que ver con el PT y ahora temen por su futuro en el nuevo Brasil. Lo mismo, el grueso de la corporación política que se sacó de encima a Dilma con una excusa poco noble y demasiada irresponsabilidad. Pero, asimismo, cabe depositar fuertes culpas en Lula y el resto de la dirigencia de la izquierda.

Lula da Silva se había propuesto, al llegar al poder en 2002, el logro de una hazaña singular: que cada brasileño comiera al menos tres veces por día. Y lo logró. ¿Cómo explicar, entonces, un final tan ignominioso?

El pecado fue la corrupción, el haber violado el compromiso previo a la llegada al poder de convertir al PT en una agrupación que jamás jugaría con las reglas de un sistema podrido.

Preguntarse qué habría pasado si Lula da Silva hubiese podido ser candidato resulta, a esta altura, contrafáctico. Sin él en la cancha, incluso sectores pobres que fueron beneficiados durante su gestión optaron por dar lugar a “un cambio”, según dicen muchos en las calles. Es tentador levantar el dedo y advertir sobre errores históricos, pero mejor sería preguntarse por las demandas largamente insatisfechas, sobre todo en materia de seguridad y servicios públicos, que dieron lugar al salto al vacío.

Con el resultado puesto, el PT ya no podrá disimular su crisis. Le espera un largo tiempo de ostracismo, en el que la reconciliación con la parte de la sociedad que lo repudia con mucho rencor dependerá del imposible de abjurar del legado oscuro de su fundador y héroe máximo.

Es difícil de creer, pero el PT, a pesar de todos sus logros, hipotecó con sus excesos y corruptelas el proyecto de la izquierda en Brasil.

Ahora, la cárcel ya no será un destino necesariamente temporario para Lula. Y a la izquierda le tocará una larga travesía por el desierto y rogar que no dure cuarenta años.

(Nota publicada en Letra P).

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