Brasil: una ruptura con el pasado que será celebrada por el mercado pero que está llena de peligros

Jair Bolsonaro se impuso ayer en el segundo turno electoral y asumirá como presidente de Brasil el próximo 1 de enero, iniciando una etapa que romperá con todo lo conocido y que tendrá consecuencias fuertes para nuestro país. ¿Sus gestos de acercamiento a Mauricio Macri generarán una alianza real? ¿Su promesa de no romper el Mercosur debe ser tomada al pie de la letra o hay que escuchar a las personas de su entorno que abogan por negociaciones comerciales internacionales por fuera del bloque? ¿Cumplirá su promesa de encaminar a Brasil por la senda de reformas que le reclama el mercado o cederá a presiones cruzadas que ya se insinúan en su círculo íntimo? Y, por último, ¿corre riesgo la democracia con el poder en sus manos?

La presidencia de Bolsonaro, un diputado de desempeño mediocre a lo largo de sus siete mandatos, es un misterio, tanto por sus antecedentes agresivos como por su reciente conversión al liberalismo económico y por el modo polar con el que construyó su ascenso.

Por lo pronto, la llegada del excapitán de paracaidistas del Ejército al palacio del Planalto de Brasilia supone la resurrección plena del “partido militar” a 33 años de la restauración democrática. Varios militares, entre ellos generales de cuatro estrellas, lo acompañarán en el gabinete, señal visible de un proyecto de la cúpula, revelado por Ámbito Financiero en su edición del último lunes 8, que consistió en prepararlo desde 2014, en moderar sus aristas más filosas y en convencerlo de la necesidad de abandonar el nacionalismo económico y de abrazarse al liberalismo.

Los mercados hoy festejarán en grande, pero si bien no hay dudas de que la nueva etapa de Brasil se caracterizará por un severo conservadurismo político, habrá que ver el alcance del compromiso de Bolsonaro con el liberalismo económico, dadas, por ejemplo, las diferencias dentro de su entorno sobre el alcance que deben tener las privatizaciones. Estas deben ser totales, según su futuro superministro Paulo Guedes, pero deben dejar a salvo “activos estratégicos” como Petrobras y Eletrobras, de acuerdo con los militares del llamado “grupo Brasilia” que también lo rodea.

Guedes, un exbanquero de inversión formado en Chicago, es la garantía excluyente del contrato tácito que le valió a Bolsonaro el respaldo del mercado financiero, que ahora querrá ver cómo concreta reformas estructurales como la previsional y la tributaria.

La apuesta de los optimistas es que el nuevo Gobierno convierta a Brasil en un país ordenado y capaz de reducir su abultado endeudamiento, en una aspiradora de inversiones y en un factor de tracción económica para la región en general y para la Argentina en particular.

Los pesimistas, en tanto, alzan la guardia a la espera de un recorte drástico de las libertades públicas y de la tolerancia estatal ante la diversidad, así como de un vía libre al gatillo fácil policial. Temen, además, por el empoderamiento de las iglesias evangélicas que lo respaldaron, por el resurgimiento del peso político de las Fuerzas Armadas y por las amenazas de autogolpe emanadas del entorno y de la propia boca del ahora presidente electo.

El miedo por el futuro de la democracia brasileña se expresó con fuerza en la campaña para el segundo turno y llevó ayer mismo a que numerosos votantes acudieran a las urnas con libros en sus manos, muchos haciendo pronósticos lúgubres desde sus portadas: “1984”, “Brasil: nunca más” y “Cómo mueren las democracias”, entre otros.

Hombres que han sido azotes de la corrupción del Partido de los Trabajadores, como el expresidente del Supremo Tribunal Federal en tiempos del “mensalão”, Joaquim Barbosa, y el procurador general durante el “petrolão”, Rodrigo Janot, dijeron públicamente que votarían a Fernando Haddad. “Por primera vez en 32 años de ejercicio del derecho de voto, un candidato me inspira miedo”, dijo el primero. “No puedo dejar pasar el discurso de intolerancia. Por exclusión, voto a Haddad”, señaló el segundo.

Líderes políticos como Ciro Gomes, tercero en la primera vuelta y decidido a liderar la oposición en la nueva etapa, y el expresidente Fernando Henrique Cardoso, en tanto, expresaron también su alarma ante el fenómeno Bolsonaro pero sin llegar a llamar a votar por hombre del Partido de los Trabajadores.

Aquellos optimistas relativizan los dichos macartistas, de proscripción de la izquierda, racistas, homofóbicos y misóginos del presidente electo, así como su defensa del gatillo fácil, de las torturas y de la última dictadura. Creen que el sistema lo va a controlar.

En todos los países hay sectores que buscan influir entre los extremos para que moderen el conflicto, pero en Brasil tienen un nombre: es la “turma do deixa disso” (la banda del pará con eso). Para quienes creen en su influjo, nadie puede gobernar el país más importante de América Latina, una potencia emergente de 210 millones de habitantes, a fuerza de excesos, frases discriminatorias y amenazas. Donald Trump, una figura en la que Bolsonaro se referencia, podría servir como ejemplo del perro que ladra más de lo que muerde, pero los contrapesos republicanos de Estados Unidos probablemente resulten menos eficaces en Brasil.

Por otro lado, ¿cuál será la voluntad de Bolsonaro de cambiar de cabo a rabo la lógica política populista exitosa que lo llevó al poder?

Aun en el caso de que quiera serlo, su perfil no podrá ser el de un pacificador, por más que muchos análisis repitan en estas horas el rap de la necesidad de “unir a Brasil”.

Sin mayoría propia en el Congreso, Bolsonaro deberá construir allí la base de apoyo que necesita para sacar adelante las mencionadas reformas, que por ser enmiendas constitucionales requieren de una mayoría del 60% en cada cámara. Lo intentará tanto negociando con estructuras partidarias como “por afuera”, haciéndose del respaldo de grupos transversales. La triple B, esto es las llamadas bancadas del buey (ligada al agronegocio), de la Biblia (conformada por evangélicos) y de la bala (en la que militan exmiembros de las fuerzas de seguridad, más numerosos en la futura legislatura) ya le prometieron su adhesión.

La prueba de fuego del tenor de su presidencia se dará en el momento en que se produzca su primer encontronazo con poderes como el propio Congreso, el Supremo y hasta la gran prensa. En tal instancia, ¿cederá, negociará o apostará por la línea dura? Cada uno de esos sectores ya ha recibido una amenaza. El Congreso, según señaló su vice, el general Hamilton Mourão, podría ser neutralizado con una reforma de la Constitución por fuera del procedimiento previsto. El Supremo, según dijo su hijo Eduardo, simplemente podría ser cerrado “con un cabo y un soldado”. Y medios como los poderosos o Globo y Folha de S. Paulo podrían perder la publicidad oficial si persisten en criticarlo, prometió el propio “Mito”.

El nuevo Brasil de Jair Bolsonaro se interna en terreno desconocido. Lo que allí pase será demasiado grande como para que deje indemne a la Argentina.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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