El empresariado de Brasil espera el triunfo de Bolsonaro y sus primeras señales

Dos relojes centran las expectativas en Brasil. Uno, el que en cuenta regresiva llegará a cero el domingo a la noche, cuando cierren las urnas del segundo turno presidencial, consagrando, se supone, a Jair Bolsonaro como nuevo presidente. El segundo empezará a funcionar justo en ese instante, disparando la búsqueda afanosa del mercado de señales sobre el rumbo de un Gobierno acerca del cual imagina mucho y conoce muy poco.

Todas las encuestas anticipan un triunfo del ultraderechista. Datafolha le dio ayer un margen de 12 puntos porcentuales sobre su rival, Fernando Haddad, por debajo de los 18 anteriores pero todavía muy holgados. En tanto, un sondeo encargado por la Central Única de Trabajadores (CUT) arrojó un más avaro 53 a 47%, pero pocos creen en lo que diga en la coyuntura la federación vinculada al Partido de los Trabajadores.

En su campaña, el diputado y excapitán de paracaidistas prometió mucho: en lo económico, privatizaciones y reformas previsional y tributaria; en lo político, restaurar la ética en la función pública, terminar con “el activismo” y mano dura (y hasta más que eso) para controlar el crimen y el narcotráfico.

Sin embargo, Brasil es un país portentoso y cruzado por intereses que no es fácil ignorar, por lo que algunas de esas promesas pueden haber sonado bien a los oídos de inversores y empresarios pero, acaso, se prueben ahora como de difícil ejecución.

Confrontado con eso, en las últimas horas el candidato multiplicó los gestos de pragmatismo. Si bien se descuenta que el ultraliberal Paulo Guedes será su ministro económico, ya parece haber dado marcha atrás con la idea de darle una supercartera que concentrara Hacienda, Finanzas e Industria y Comercio. La fusión no cayó bien en el sector industrial, que tiene sus propios intereses e, incluso, facciones enfrentadas en torno a la velocidad que debería adoptar una apertura comercial.

Lo mismo parece ocurrir con la prevista unión de Agricultura y Medioambiente: los ruralistas ven con buenos ojos un relajamiento de las normas ambientales y hasta la limitación de las reservas indígenas, pero lo primero podría cerrarles mercados valiosos que son sensibles con la cuestión. Por eso, la salida de Brasil del Acuerdo de París sobre cambio climático bien podría quedar como una bravata olvidada de ecos trumpistas (ver aparte).

¿Como interpretar tanto pragmatismo? ¿Como una sensibilidad especial hacia los intereses de los hombres y mujeres de negocios del país? ¿O, acaso, como la tendencia de un presidente que ha construido su ascenso con una lógica binaria y confrontativa, y que se aferra al manual del populismo reservándose el lugar de árbitro entre intereses contrapuestos. Nadie, salvo sus propios planes, reclama la fusión de ministerios, ¿pero qué pasará cuando deba lidiar con presiones cruzadas a la hora de poner sobre la mesa propuestas concretas de reforma jubilatoria e impositiva? En otros términos, ¿cuán confiable sería para el mercado ese tipo de liderazgo?

La mesa chica de Bolsonaro es, literalmente, muy chica, pero aun así tiene divisiones. Por un lado están los equipos que coordina Guedes, de indudable vocación liberal y que ha prometido privatizar todo. Del otro, los militares del “grupo Brasilia”, quienes, si bien abjuran del viejo desarrollismo y se han abrazado al liberalismo, mantienen la idea de que el Estado debe retener activos estratégicos. Habrá que ver cuáles serán, en la práctica, los tiempos para la concreción de esas intenciones.

Bolsonaro, que pretende encarnar los intereses de la nación brasileña contra desvíos rojos que solo existen en su cabeza, se perfila como un árbitro entre intereses contrastantes. ¿Alcanzará eso para asegurarle el amor de la comunidad de negocios, cruzada ella misma por intereses disímiles?

Si las encuestas no cometieron errores de proporciones históricas, el domingo a la noche comenzará, muy de a poco, a develarse el enigma.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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