Del dicho al hecho: ¿podrá Bolsonaro pasar por encima del sistema institucional?

Ya no se trata de la homofobia, la misoginia, el racismo, la apología de las armas, la defensa del gatillo fácil y la reivindicación de la dictadura y las torturas. Jair Bolsonaro ya no es un simple candidato sino, si nada extraordinario ocurre de aquí al domingo, el próximo presidente de Brasil. Así las cosas, muchos se preguntan si sus bravatas y las de su entorno se traducirán en hechos concretos o si el sistema lo terminará por domesticar, al estilo de lo que parece ocurrir con Donald Trump en Estados Unidos, donde los modos provocadores se han traducido en menos medidas antidemocráticas que lo temido.

Mucho de lo que haga Bolsonaro si le toca asumir el poder el 1 de enero próximo en Brasilia dependerá de cuán arrasadora sea su victoria en el segundo turno. Por el momento, las encuestas lo ubican orillando el 60%, 20 puntos por encima del petista Fernando Haddad, algo que el ultraderechista pretende aprovechar para hacerse con un control del Congreso que las urnas no le dieron en el primer turno. Su Partido Social Liberal fue la estrella del domingo 7, pero solo quedó en control de 52 bancas en la Cámara de Diputados y de 4 en el Senado.

En el Congreso se librará la primera batalla entre Bolsonaro y el establishment político. Para gobernar con amplitud, necesitará no solo de la mayoría de la cámara baja de 513 miembros y de la alta de 81. Para sacar adelante enmiendas constitucionales, como la previsional, necesitará tres quintos de los votos en cada una, 308 y 49, respectivamente. Es con la promesas de impulsar reformas de ese tipo que la comunidad de negocios terminó por darle un respaldo tan caluroso.

Para lograr semejantes números, Bolsonaro busca un mix de negociación y enfrentamiento con los partidos del centro y de derecha. Por eso se guarda la carta de negociar con ellos los cargos de conducción de las cámaras, pero no renuncia a la idea de captar gente “por abajo”, alentando el transfuguismo. El respaldo de interbloques importantes como las bancadas “del buey” (ligada al agronegocio), “de la Biblia” (el conservadurismo religioso) y “de la bala” (que defiende los intereses de las fuerzas de seguridad) es un paso en ese sentido.

Con todo, los tironeos con partidos como el MDB, del presidente saliente, Michel Temer, por los cargos en el Congreso son una luz de alerta sobre lo que viene.

Lo más serio, sin embargo, anida en la Justicia. La Procuración General de la República recela de su promesa de que no respetará la terna que votan los fiscales para nombrar al procurador general si en ella hay “un izquierdista”, algo que se presume atentatorio contra la autonomía del cuerpo.

Además, la PGR ya anunció que peleará contra la iniciativa de Bolsonaro, que ya tiene estado parlamentario pero que se acelerará si gana el domingo, para aplicar automáticamente la presunción de inocencia a los policías que maten a sospechosos, bloqueando cualquier investigación.

Por otro lado, tras una serie de alusiones a posibles autogolpes de su candidato a vice, el general Hamilton Mourão, y de él mismo, cayeron como una bomba en el Supremo Tribunal Federal las amenazas de su hijo Eduardo de cerrarlo simplemente “con un soldado y un cabo”. Papá dijo que ya habló con “el chico”, pero este tiene 34 años y sabe lo que dice, al punto de que acaba de ser sido elegido por San Pablo como el diputado federal más votado en la historia del país.

Fernando Henrique Cardoso y otros referentes reaccionaron indignados ante semejante apriete, pero, cuando llega la hora de llamar a votar a Haddad, sus actos no suelen estar a la altura de los peligros que anticipan.

Aquella no fue la única provocación del bolsonarismo al STF. Su campaña ha hablado de aumentar el número de supremos y él mismo, de llevar al alto tribunal al juez de la operación Lava Jato, Sérgio Moro, algo que puede irritar a muchos en Brasilia.

Así las cosas, al sentirse amenazados, muchos jueces comienzan a parapetarse detrás de expedientes potencialmente amenazadores: el Supremo, sobre esos dichos protogolpistas; el Tribunal Superior Electoral, sobre la investigación de Folha de S. Paulo sobre las usinas de noticias falsas que funcionaron en su campaña con patrocinio en negro de empresarios. Ni el dinero ilegal ni la autodefensa de la corporación judicial reconocen fronteras.

Por otro lado, el propio Bolsonaro amenazó abiertamente en las últimas horas con retirar la publicidad oficial a los grandes diarios que, en su mirada, no lo traten con ecuanimidad, una referencia explícita a o Globo y Folha. Se trata de verdaderos gigantes, ante cuyo poder más de un monopolio vecino empalidecería. ¿Habrá guerra en ese frente?

Bolsonaro ya dijo que admira a Trump. Dio señales de adherir con fuerza a Estados Unidos en política exterior, al punto de prometer el traslado de la embajada brasileña en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Además, copió su discurso provocador y basó su campaña en las redes sociales, con manejos tan polémicos como los del magnate. Sin embargo, los límites que encontró aquel en la Justicia y en el Congreso (incluso dentro de su Partido Republicano) probablemente sean menos rígidos en un Brasil que muestra una estructura institucional más gelatinosa.

Frente a tantos enemigos, confía en contar con un seguro anti impeachment, algo necesario en un país que hizo lo que hizo con Dilma Rousseff. Al elegir como compañero de fórmula a Mourão, uno de los generales de cuatro estrellas más duros, hizo que la idea de, eventualmente, sacarlo del medio resulte poco atractiva.

Según la Constitución brasileña, si la vacancia se produce en la primera mitad del mandato, se debe convocar a nuevas elecciones. Si ocurre en la segunda, el vice completa el mandato.

Bolsonaro se juega a blindar su gestión desde el comienzo con una popularidad elevada. Después de eso, apuesta a que nadie va a querer ver a Mourão en el palacio del Planalto. Nadie salvo el partido militar, el poder que asoma detrás del poder.

(Nota publicada en Letra P).

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