Los protagonistas del colapso de la democracia brasileña

BRASILIA (enviado especial) – La irrupción del fenómeno de Jair Bolsonaro y la posibilidad cierta de que se haga con el poder en la segunda vuelta del domingo 28 plantean dudas angustiantes sobre el futuro de la democracia en Brasil. Más aun cuando se sabe, tal como averiguó Letra P en esta ciudad, que su ascenso no es un hecho fortuito sino un proyecto de cuatro años concebido en el corazón del alto mando de las Fuerzas Armadas y destinado a restaurar el viejo “partido militar”, camuflado pero esta vez legitimado por el voto popular.

Ante esta estado de cosas, el primer error sería culpar de todos los males a los votantes de Bolsonaro o, al menos, a muchos de ellos. La decadencia de la democracia en Brasil es producto del esfuerzo sostenido de demasiados actores.

Entre los votantes de Bolsonaro hay, al menos, tres grandes grupos. Uno, ideológico y violento pero pequeño, que nunca dejó de extrañar al régimen militar que se retiró en 1985 y que forma parte de una corriente de opinión favorable a la mano dura, al gatillo fácil y a la represión de los derechos de las minorías. Se los ha visto actuar en las calles durante esta campaña, amedrentando y hasta golpeando a sus oponentes. Otro, más numeroso, es el de quienes se espantaron con las revelaciones de corrupción de los últimos años, por su alcance, y que, pese a que el fenómeno abarca a casi toda la clase política, no deja de pasarle facturas al Partido de los Trabajadores por lo que ocurrió durante sus trece años de poder. El último, en tanto, es el de los ciudadanos que nunca encuentran respuestas de la clase política a los problemas de educación, salud, acceso al saneamiento, transporte y, por sobre todas las cosas, seguridad.

La estilización del análisis del voto que practican las grandes consultoras puede identificar al electorado de Bolsonaro como predominantemente masculino, blanco y de clase media hacia arriba. Pero también lo votaron, y mucho, mujeres, negros y pobres. Que haya obtenido el 55% de los votos en la zona norte de Río de Janeiro, que incluye a uno de los mayores conglomerados de favelas de Brasil, el Complexo do Alemão, resulta revelador en ese sentido.

Los defensores del diputado se quejaron de que los rivales y la prensa mainstream hayan hecho una “campaña sucia” reflotando declaraciones viejas. Es cierto, en parte, que algunas, las más violentas, como aquellas en las que decía (gritaba) que Brasil solo podría salir adelante con una “guerra civil” y que era necesario “matar a treinta mil personas”, eran realmente antiguas, pero él nunca abjuró de semejantes vómitos de odio. Otras, en tanto, no lo eran, como su idea de que Dilma Rousseff debía salir del gobierno “infartada o con cáncer, de cualquier manera” (2015) y cuando dedicó su voto a favor del impeachment al torturador “Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff” (2016).

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En el medio, mucha misoginia, homofobia, racismo, culto a las armas y apología del gatillo fácil.

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Los jefes militares trataron de influir en él para que modere esos estallidos en público, y ahora, cuando está cerca de convertirse en presidente de Brasil, promete un poco más de cautela aunque nunca dejar de ser quien es.

“No me puedo convertir en ‘Jairzinho paz y amor’ y violentarme, tengo que seguir siendo la misma persona. Lógico que la gente usa sinónimos. De vez en cuando yo decía palabrotas, pero no lo hago más”, explicó.

Sin embargo, en su primera declaración tras el triunfo en la primera vuelta, no se privó de advertir que “se terminó la era del activismo”. ¿Cuáles serán los límites de eso? ¿El reclamo por los derechos, las manifestaciones LGBT? ¿Las protestas sindicales? Poco a poco irá quedando claro.

¿Cómo llegó a esto Brasil, un país cuya política tradicionalmente ha sido de diálogo y negociación, lejana a los extremos, una en la que la dictadura militar fue menos sangrienta que la de sus pares del subcontinente y si populismo, mucho más comedido? Llegado este punto, parece haber pocos inocentes.

“Crear presidentes” desde una pantalla de televisión, como ocurrió en la prehistoria de esta saga con Fernando Collor de Mello es socavar la democracia.

También lo es la corrupción generalizada, ecuménica en términos ideológicos y partidarios.

Pretender afincarse en el poder en base a esquemas planificados de exacción de fondos públicos, como hizo el PT bajo la mirada por lo menos indolente de sus dos presidentes, también atenta contra la fe social en la democracia. La Justicia lo ha probado, pero quienes dudan de esos fallos pueden reparar en que la propia Petrobras, todavía controlada por el gobierno de Dilma, incorporó a su balance una pérdida de 2.000 millones de dólares por los sobreprecios que pagó para mantener funcionando el mecanismo.

Además, ¿qué otra cosa es, en ese contexto, una coima que la interferencia de un interés privado en una agenda pública votada por el pueblo?

Un juicio político maloliente, destinado a sacar del poder mediante una conspiración a una presidenta votada por el pueblo, y que haya una Justicia severa para el PT y otra, más morosa y benévola, para los demás también atentan contra la democracia.

Y lo mismo ocurre si las demandas punitivistas de una sociedad embravecida son avaladas por el Supremo Tribunal Federal, al aceptar el cumplimiento de las penas de prisión con fallos de segunda instancia, una jurisprudencia claramente violatoria de la Constitución, que exige sentencia firme. El desaguisado empeora cuando el consenso interno cambia, pero los titulares de esa corte se niegan a someter en tema nuevamente a tratamiento.

También cuando un juez, como Sérgio Moro, alarmado por la posibilidad de un triunfo electoral del Partido de los Trabajadores, decide divulgar el contenido de la delación de un ex ministro petista como Antonio Palocci, haciendo caso omiso al secreto se sumario e influyendo deliberadamente en el ánimo de los ciudadanos.

O cuando, otra vez un ministro del Supremo, avalado por su presidente, admite una cautelar para que Luiz Inácio Lula da Silva no pueda conceder entrevistas desde la cárcel, de modo de reducir la llegada del mensaje de que “Haddad es Lula” a los sectores sociales más vulnerables y alejados de los nodos de información.

No contribuye, precisamente, el sector financiero, que no contempla la convivencia plural como condición de un capitalismo moderno y que, conforme con las promesas de libre mercado y desregulación, aplaude cada avance de un proyecto declaradamente autoritario.

Y tampoco, claro, la mano asesina que apuñaló a Bolsonaro.

También daña la democracia, finalmente, la incapacidad o la indolencia de una clase política que no sabe cómo lidiar con bandas de narcos que desde hace muchos años se adueñaron de los presidios y aterrorizan amplios territorios, sobre todo donde viven los más pobres. Tasas de homicidios escandalosas en las grandes ciudades, escuelas cerradas por falta de seguridad en diferentes barriadas, balas perdidas que matan o hieren a chicos en plena calle o dentro de las aulas, y hasta colectivos llenos de gente atacados a tiros cuando los mafiosos quieren pasar algún mensaje han hecho, desde hace mucho tiempo, que resulte imposible vivir en muchos lugares de este país.

Bolsonaro y sus militares prometen ponerles fin a todos esos males de Brasil.

Con ellos no habrá corrupción, violencia, ideología de género, educación sexual en los colegios, feminismo ni militancia de izquierda. Si es necesario, dijo su vice, el general de cuatro estrellas Hamilton Mourão, podría haber un autogolpe y reformarse la Constitución a través de una comisión de notables, extremo que no prevé ninguna norma legal. Bolsonaro lo desautorizó.

En tanto, la receta para el desarrollo nacional serán las privatizaciones, la reforma previsional, una desregulación y apertura a ultranza y la reducción de impuestos a los más ricos. El inefable Mourão explicó que el pago de aguinaldos y vacaciones son una carga injusta para las empresas. Bolsonaro lo desautorizó de nuevo y le ordenó dejar de hacer declaraciones. Dos días después, Mourão insistió con la misma cuestión. ¿Será este estilo una constate en un gabinete en el que habrá varios generales bajo la autoridad de un capitán retirado? Brasil se asoma a una curiosa superposición de criterios de autoridad.

Todos están avisados: ese es el nuevo programa del “partido militar”, que no oculta su deseo de convertirse en un faro para Sudamérica. Casi 50 millones de brasileños refrendaron con su voto un programa que oculta poco y mal el recorte de derechos individuales que se producirá.

Hasta el domingo 28.

(Nota publicada en Letra P).

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