Los dos desvelos de Haddad: ganar y, luego, inventarse gobernabilidad

Con Fernando Henrique Cardoso primero y con Luiz Inácio Lula da Silva después, Brasil pareció superar una debilidad estructural: las presidencias débiles. No es que estos no hayan sufrido presiones, zancadillas y hasta pedidos de impeachment, pero el capital político de ambos les permitió navegar a lo largo ya no de uno sino de dos mandatos en un país en el que, se ha visto, la finalización normal de los gobiernos dista de estar asegurada.

Con todo, hablar de presidentes relativamente fuertes no implica que hayan logrado ir más allá de las fragilidades constitutivas del sistema. Al revés, los dos, como quienes los precedieron y quienes los continuaron, nunca disfrutaron de mayorías parlamentarias, algo que supieron disimular mediante el viejo truco de la política brasileña: la negociación permanente, no exenta de intercambios de favores y negocios que son la raíz de una corrupción estructural que hoy sorprende a tantos.

Aún con sus selectividades y sus demasías, la operación Lava Jato destapó ese rasgo deforme del sistema, que los medios de comunicación convirtieron en pánico moral. Ese, y no las pedaladas fiscales, fue el combustible de la remoción de Dilma Rousseff, una decisión con la que el sistema político brasileño se baleó en la cabeza al poner fin al llamado “presidencialismo de coalición”. Nadie, ni siquiera quienes la empujaron entonces, podrá gobernar el país por un buen tiempo sin una espada pendiendo sobre el cuello.

Hoy, con dos candidatos como Jair Bolsonaro y Fernando Haddad al frente de la intención de voto y favoritos para clasificarse al balotaje del 28 de octubre, cabe preguntarse qué clase de gobierno será capaz de darse un Brasil en el que el viejo troca-troca se volvió mala palabra.

Si el problema de Bolsonaro, en caso de ganar, sería el ínfimo porte de su Partido Social Liberal, que no le dará una bancada capaz de impresionar a nadie, el de Haddad también sería, aunque de manera más atenuada, la falta de mayorías. A eso se sumarían la vigilancia de un sector del Poder Judicial que dice tener la misión de moralizar al país, el rechazo visceral de las élites al PT, la presión del mercado financiero, las demandas de un sector industrial que reclama liberalismo a ultranza pero se asusta con sus consecuencias y la tirria de los mayores conglomerados de medios de comunicación. Asimismo, no menor, la desconfianza terminal de un sector de la clase media, que no le perdona al PT tanto la corrupción como su vocación plebeya.

Todas esas trabas son de muy difícil solución para Haddad. Al revés de lo hecho por el propio Lula y por Dilma, aquel acaso no tenga margen para recrear esas amplias coaliciones parlamentarias con pequeños partidos que van del centro a la derecha, el llamado centrão, lo más rancio del viejo orden. En rigor, en la actual campaña, quien se rodeó de esos partidos, por mucho tiempo el fiel de la balanza, es el socialdemócrata (conservador, para aclarar los nombres de fantasía) Geraldo Alckmin, en busca de los minutos de exposición en TV que le aseguraban sus representaciones parlamentarias.

Para pensar el futuro posible, conviene seguir los dichos y gestos de Haddad, que son los de un hombre que se preocupa tanto por ganar las elecciones como por el día después.

Por un lado, no se muestra despectivo con el laborista Ciro Gomes y con el propio Alckmin. No solo para concitar, con menos resistencias, un “voto republicano” contra Bolsonaro en un posible segundo turno sino para contar con ellos como apoyo en el Congreso, una alternativa a las bancadas del maloliente centrão y de la temible ultraderecha.

Por otro lado, en caso de llegar al palacio del Planalto, Haddad necesitaría flexibilizar las posturas económicas del PT. Por eso no embiste contra todo el empresariado y hasta rescata a los “sectores modernos”, que, a su juicio, nunca podrían respaldar con sus recursos e influencia a un extremista como el excapitán del Ejército.

En un gesto al mercado financiero, del que no espera votos ni aclamaciones sino simplemente que no le tienda grandes emboscadas, modera el tono haciendo un mea culpa, en nombre del PT, por la pérdida del equilibrio fiscal en la etapa crepuscular de Dilma y por el cepo a la rentabilidad de Petrobras y otras empresas de energía que supuso la contención exagerada de las tarifas.

En lo fiscal, promete la derogación del congelamiento del gasto público por diez años (renovables) establecido por Michel Temer, algo que considera una calamidad para las posibilidades de Brasil de financiar demandas sociales crecientes y de emprender obras de infraestructura vitales para un plan de desarrollo.

También anunció recientemente que buscará dar marcha atrás con la flexibilización y la radical tercerización laboral, pero tiende puentes con empresarios para darle a su campaña para el segundo turno un giro hacia el centro y asegura en reuniones privadas que aceptaría discutir la considerada “madre de todas las reformas” de mercado: la previsional.

La flexibilización y tercerización laboral, en cambio, no pueden ser derogadas sin más sino que deben ser rediscutida, ha sugerido, a la vez que evita hablar de la considerada “madre de todas las reformas” de mercado: la previsional.

Haddad es un lulista: el propio líder de la izquierda logró conciliar ortodoxia monetaria con gasto social y desarrollismo en sus mandatos. Claro, tenía la ventaja de que, al revés de lo que ocurre hoy, las materias primas “volaban” en esos años. ¿Sería posible ahora recrear semejante heterodoxia?

Por último, otro rasgo conflictivo para una Presidencia Haddad sería el destino judicial de Lula. ¿Lo salvaría de la cárcel y del escarnio el Supremo Tribunal Federal? Y si eso no ocurriera, ¿cómo evitaría, en última instancia, nunca antes, el costoso paso de un indulto?

Pero si Lula da Silva dependería de Haddad, este también estaría atado a la suerte del primer: hacer “La gran Lenín Moreno” sería una suerte de salto mortal sin red ni brazos que lo esperen al otro lado de la grieta.

(Nota publicada en Le Monde Diplomatique).

Anuncios