Inhabilitado, Lula va ahora por la epopeya de convertir a Haddad en presidente

La campaña para las elecciones brasileñas del 7 y del 28 de octubre, plena de dudas, encontró sus primeras certezas en la madrugada de este sábado: Luiz Inácio Lula da Silva no podrá competir por su tercera presidencia y, en cambio, intentará repetir el éxito político de 2010 y consagrar un heredero.

El Tribunal Superior Electoral (TSE)  cumplió con las expectativas e inhabilitó por 6 votos contra 1 a Lula por considerar que está encuadrado en la llamada ley de “ficha limpia”, que impide que condenados en segunda instancia se presenten para cargos electivos. El hombre apelará, pero ya no como candidato, pero nada cambiará su suerte.

La constitucionalidad de esa norma no es discutida en Brasil, donde se la ha aplicado profusamente desde su sanción en 2010 con la bendición de los tribunales superiores, pero sí llama la atención cuando se lee la carta magna, que enarbola el principio de presunción de inocencia y, por lo tanto, parece incompatible con cualquier medida que se parezca a una condena anticipada. Este fue el parecer de un comité de Naciones Unidas, que le concedió un amparo a Lula da Silva, hecho que influyó en el único voto a favor que obtuvo el ex presidente en el TSE, el del juez Edson Fachin.

Si lo jurídico es, al menos observable y sirve a los propósitos del Partido de los Trabajadores de presentar a su líder como un proscripto, lo político condena al ex mandatario: fue él mismo quien ordenó a los legisladores del PT defender en el Congreso la iniciativa popular que dio lugar a la ley de “ficha limpia” y, luego, la promulgó sin dudas.

La causa de ese disparo en el pie fue que allá por junio de 2010, Lula pugnaba por imponer como presidenta a Dilma Rousseff, cosa que logró, como se sabe. Para hacerlo, debía sobreactuar transparencia, escaldado como venía por una serie de escándalos, especialmente el mensalão, que no era otra cosa que el desvío de fondos públicos para la “compra”, llave en mano, de la mayoría legislativa que las urnas le habían negado.

Desde este sábado, con el comienzo de la etapa de propaganda en TV y con una ofensiva en las redes sociales, Lula intentará repetir con su número dos, Fernando Haddad, la “operación Dilma”, aunque en condiciones más adversas: está preso por corrupción pasiva y lavado de dinero y la credibilidad del PT, que al mensalão sumó el petrolão, es muy baja.

Se espera que la próxima semana el partido cambie formalmente la fórmula, con este último al frente y la comunista Manuela D’Avila como su vice.

En su intento, Lula tiene un par de cartas bravas a favor. Una, su condición, pese a todo, de político más popular de Brasil, con una intención de voto que le habría permitido vencer a cualquier rival en segundo turno. Dos, la fragmentación extrema del mapa electoral, lo que le permitiría poner a Haddad en el segundo turno incluso con un traspaso modesto de votos.

En efecto, este último, un ex alcalde de San Pablo que es uno de los pocos líderes nacionales del PT que la operación Lava Jato no llegó a tocar, figura en las encuestas con un magro 4% cuando es sondeado como candidato. Pero esa cifra crece cuando se lo menciona como el bendecido por Lula, ya que aproximadamente el 50% de los simpatizantes del ex presidente se manifiesta decidido a votar por quien sea que este indique. Así las cosas, su Lula obtiene la preferencia del 37 al 39% de los electores, Haddad bien podría instalarse en el balotaje.

Ocurre que, detrás de Lula, el resto de los candidatos son verdaderos enanos electorales. El más “alto” de ellos, el diputado de ultraderecha Jair Bolsonaro, aparece, estancado pero firme, con alrededor del 20%. Más atrás, oscilando entre el dígito y un 15%, la ambientalista Marina Silva. El héroe del mercado financiero, el ex gobernador paulista Geraldo Alckmin, viene todavía más atrás. Todo está abierto, incluso para Haddad.

Tener que optar entre el izquierdista y el ultra Bolsonaro, que acaba de prometer que condecorará a cada policía que le meta “diez, veinte, treinta balazos a un delincuente” y tratar como “terrorista” al Movimiento de los Sin Tierra, es un verdadero dolor para el Brasil centrista, republicano y anti PT. Ni hablar del mercado financiero, que solo apuesta a que el período de propaganda en televisión termine de darle a Alckmin el empujón que tanto necesita y que escaso carisma le hace tan difícil obtener.

Lula es, claro, la mejor carta de Haddad para llegar al umbral salvador del 20%, como mínimo. A su favor, tiene, además, que no se le han hecho mayores denuncias de corrupción, su capacidad para hacer pie de manera respetable en el mayor colegio electoral de Brasil, la fidelidad al PT del Nordeste pobre y su talante moderado, que le permite aspirar a sumar algo hacia el centro. En contra, cómo no, también tiene a Lula: la pregunta sobre la libertad del ex presidente será onmipresente, como la duda sobre si planea indultarlo en esos sectores que alguna vez se abrazaron al PT y hoy aborrecen el estado de corrupción en el que cayó

El futuro de Brasil es, se sabe, crucial para la Argentina. Un vecino que logre darse, de una buena vez, un Gobierno sin manchas de legitimidad y en veloz recuperación económica sería una bendición para anclar expectativas que, aquí, no son las mejores.

En cambio, un Brasil gobernado por un ultraderechista, deslizándose hacia un fascismo terrorífico, o inestable de nuevo con un presidente repudiado por medio país y con un gobierno combatido por el mercado, supondría un nuevo factor de inestabilidad, especialmente perniciosa dada la extrema fragilidad argentina.

Es demasiado importante lo que se juega en el próximo mes de campaña. Y muy apasionante.

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