Frenéticas 24 horas en las que el Gobierno perdió el control de la economía

Ni bien la rueda financiera del miércoles llegó a su fin, funcionarios del Gobierno, traders del mercado y simples argentinos preocupados por su futuro supieron que las horas que restaban para la nueva apertura de las operaciones solo eran un descanso impuesto por el ciclo del sol antes de un día de furia. La presunción se justificó plenamente este jueves a la mañana, cuando más que seguir el aumento aluvional de la cotización del dólar, hubo que prestar atención a otros dos fenómenos: la pérdida total de referencias de precio y la sensación de que el Gobierno de Mauricio Macri, impotente, renunció a toda pretensión de dar cauce a la situación.

“Ya no hay precio ni lógica en el mercado. Es un descontrol total. Te pueden pedir $39 y está bien, te pueden pedir $42 y también está bien. Cualquier cosa puede pasar. Asusta esto”, le dijo a Letra P un operador en el momento más enloquecido de la mañana.

El vuelo libre de la divisa se explica en la operatoria de un mercado sin oferta y con una demanda creciente, en la medida en que se generalizaba la presunción de que el techo aún estaba lejos. En ese contexto, espantado el miércoles, después de quemar 300 millones de dólares en un suspiro, el Banco Central se retiró ante la posibilidad de una pérdida de divisas masiva a precio vil. Apenas si Luis Caputo atinó, como toda medida, a subir la tasa de referencia al 60%, como si eso a esta altura le importara a alguien como alternativa a una dolarización furiosa de carteras. En paralelo, subió 5 puntos más los encajes bancarios, de modo de inmovilizar una cierta masa de dinero y restarle oxígeno al incendio.

Pero si el Banco Central se retiró, lo mismo cabe decir del propio Gobierno nacional y también del Fondo: ni el Tesoro ni el FMI van a poner dólares sobre la mesa. El fuego, entonces, devorará todo lo que encuentre a su paso hasta que, algo inevitable, en algún momento se extinga por sí mismo.

Recién sobre el cierre, tras una rueda dramática, el Central salió a subastar 500 millones de dólares para evitar una sensación de desmadre total y para maquillar los números finales en los medios, aunque cualquier atisbo de estrategia brilló por su ausencia.

Semejante desenlace es el corolario lógico de lo ocurrido el miércoles, en el que el propio Macri metió mano en la crisis de la peor manera imaginable.

Su discurso matutino de 1 minuto y 43 segundos, destinado a llevar calma al mercado, lo mostró empecinado en aferrarse a los cánones de una estrategia comunicacional superada a esta altura: conciso al límite del absurdo y grabado, sin cadena nacional, bien opuesto a lo que habría hecho su antecesora. ¿Realmente le importan ya a alguien esos gestos de diferenciación? ¿No era a la población, además de a los mercados, a los que debía llevarle tranquilidad con una explicación y, si fuera posible, con la exposición de alguna hoja de ruta para salir del entuerto?

Lo anterior da por supuesto (o no discute) la presunción de que fue correcta la decisión de que fuera el propio Presidente el que comprometiera su palabra en una patriada que, se probó, fue clamorosamente ignorada por el mercado. Fuentes consultadas por Letra P en la Casa Rosada confirmaron que fue el propio Macri el que decidió dar la cara personalmente, en lugar de delegar las explicaciones en algún fusible, como el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, o el jefe de Gabinete, Marcos Peña. Eso sí, hay ahora arrepentimiento por haber jugado, sin cartas en la mano, la credibilidad del Jefe de Estado. “Él decidió hablar, pero es cierto que nadie le advirtió debidamente sobre el riesgo que corría”, reconoció una de esas fuentes.

Vale la pena repasar el miércoles de descontrol, génesis de lo visto en el jueves de furia. El Presidente anunció, literalmente, que “hemos acordado con el Fondo Monetario Internacional adelantar todos los fondos necesarios para garantizar el cumplimiento del programa financiero del año próximo”. Clarito: FMI mediante, la Argentina tendrá los dólares para pagar los vencimientos de deuda de 2019 y evitar el enésimo default de su historia.

Culminada la intervención presidencial, abrió el mercado. Los primeros minutos fueron de cautela, con una cotización que se mantenía en el mismo nivel del cierre del martes, $31,90 en Banco Nación. Sin embargo, con el correr del reloj las preguntas se hacían insistentes: ¿cuánto dinero va a girar el Fondo y cuándo lo va a hacer?

El silencio, tanto del Gobierno como del organismo, derivó en la estampida conocida, y las autoridades económicas terminaron la rueda como los boxeadores que, pese a estar severamente golpeados, no pueden darse el lujo de arrojar la toalla y solo esperan la campana salvadora.

Al final de la tarde, ya con los mercados cerrados, llegó, por fin, el comunicado de la directora gerenta del FMI, Christine Lagarde. El mismo decía que “el presidente Macri y yo mantuvimos una conversación productiva el día de hoy. El presidente indicó su deseo de trabajar en el fortalecimiento de las políticas que sustentan el Acuerdo Stand-By con el FMI. Teniendo en cuenta las condiciones más adversas del mercado internacional, que no se habían anticipado plenamente en el programa original con Argentina, las autoridades trabajarán para revisar el plan económico del gobierno con el objetivo de fortalecer a la Argentina frente a los recientes cambios en los mercados financieros mundiales, mediante políticas monetarias y fiscales más fuertes y una profundización de los esfuerzos para apoyar a los más vulnerables”.

Lo esencial llegaba sobre el final. “He instruido al personal del FMI para que trabaje con las autoridades argentinas a fin de fortalecer el acuerdo respaldado por el Fondo y reexaminar el cronograma del programa financiero. He acordado que nuestro objetivo es llegar a una conclusión rápida de estos diálogos para presentarla a nuestro Directorio Ejecutivo para su aprobación”.

Del “hemos acordado adelantar todos los fondos necesarios” de Macri al “nuestro objetivo es llegar a una conclusión rápida de estos diálogos” de Lagarde mediaba un mundo, dadas las urgencias. No había aún un acuerdo y el Presiente se había anticipado. ¿Fue por confusión, mal asesoramiento (otra vez) o para ponerle presión al organismo?

“Hubo un descalce total entre lo que dijo uno y lo que dijo la otra. Son mensajes distintos y, en algo tan sensible y delicado, el mensaje tiene que ser único. De hecho, ambos deberían haber armado un argumento en conjunto”, le dijo a Letra P el analista financiero Christian Buteler.

Con la palabra del Presidente devaluada como el peso, a la noche sí salió a hablar Dujovne. Otra vez de modo desordenado, sin avisar con tiempo a los medios para que llegaran con cámaras y periodistas, en una declaración de pasillo y con un contenido fuera de contexto (“la incertidumbre va a ir bajando”) y hasta confuso (“vamos a tener un programa financiero más chico”).

Este jueves a la mañana llegó el turno de Marcos Peña, quien tuvo que negar el “fracaso” de la política económica oficial.

“Claramente esa (una reforma de gabinete) no es la solución en la que está pensando el Presidente. No hay una solución mágica por esa vía”, defendió a Dujovne. Y se defendió a sí mismo.

El nivel de confusión del Gobierno es tal que, a esas declaraciones, se sumaron, el mismo miércoles a la noche, los tuits de Elisa Carrió, que oscilaron entre lo místico y lo conspirativo.

Gustavo Reija, director de Mecronomic, le dijo a Letra P que “los mercados ven que no somos capaces de cumplir con las condiciones que firmamos con el FMI. A la semana de la firma del acuerdo, dejó de ser funcionario el Presidente del Central. Después, la meta máxima del 32% de inflación ya es incumplible. Además, el mecanismo de desarme de las Lebac, con el Tesoro cancelando Letras Intransferibles del Central para que este recompre las Lebac, tampoco se cumplió. En cambio, se hizo con expansión monetaria que, ahora, pretenden absorber con tasa y suba de encajes”.

El economista siguió con la enumeración. “El piso mínimo de reservas tampoco se cumple. Y ahora pedimos no cumplir cronograma de desembolsos, a través del Presidente y pasando por encima del directorio del FMI. Creo que es bastante para que tampoco se confíe en la meta de ajuste fiscal, que es lo último que nos queda por incumplir”, añadió.

Que desde Cambiemos, el que suponía que era el gobierno del mercado financiero, se hable de una maniobra golpista de especuladores es revelador del nivel de desconcierto que se impuso.

En la misma línea, el argumento oficial de que la corrida contra el peso es producto del temor al retorno del populismo es falso. El temor del mercado a un default se refiere en lo que puede ocurrir en 2019, antes de las elecciones, con Macri en la Rosada. Si la hubiera, aunque no hay por qué pensar en eso, incluso en este colapso debido al apoyo prometido por el Fondo, la cesación de pagos sería toda suya.

Para completar el panorama de un oficialismo buscando dar con un relato en medio del caos, basta con consignar la ausencia de funcionarios en los programas periodísticos de cable del miércoles a la noche y la presencia de Alfredo Casero.

Causa cierta gracia amarga escuchar en estas horas cálculos sobre el ajuste que se viene. El colapso del peso, que licúa salarios de modo extremo, ya lo hizo. Lo que queda ahora es padecer las consecuencias.

Además, la estampida destroza todos los cálculos. Una postal: mientras el dólar subía sin parámetro alguno este jueves, los docentes universitarios reclamaban en la calle una actualización de sus salarios. Las preguntas caen de maduras: ¿qué salarios?; ¿qué será del peso?; ¿cuál es la referencia inflacionaria para calcular el ajuste?; ¿qué puede saber hoy el Gobierno sobre la tasa de inflación final de 2018?; ¿qué será de la recaudación impositiva en una economía que, ya en caída libre, acaba de subir la tasa de referencia al 60%? Lo que se acaba de romper es demasiado.

En pocos días se conocerá el ajuste que se aplicará a jubilaciones y pensiones. De acuerdo con la fórmula de movilidad impuesta por el Gobierno en diciembre último en medio de una batalla callejera, la misma quedó atada en un 70% a la inflación pasada medida por el INDEC y en un 30% a la Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (RIPTE). El ajuste será magro, porque la inflación pasada es menor a la que se sufre hoy. Pero en el mediano plazo, cuando la recesión feroz haga que la inflación necesariamente imponga de a poco la paz de los cementerios, la ANSES deberá afrontar incrementos muy superiores a la evolución de los precios y a la realidad de una recaudación a la que le costará repuntar. ¿Llegará entonces, en plena campaña electoral, el momento en que el Gobierno plantee una reforma previsional radical?

La ola del tsunami (la estampida del dólar combinada con la retirada del Gobierno) recién está cubriendo la Argentina. Cuando se retire, llegará el momento de hacer el balance de los daños.

(Nota publicada en Letra P).

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