Macri se refugia en el Fondo como último recurso para salvarse

Justo antes de que abriera la jornada financiera y el dólar volviera a convertirse en motivo de tormento cotidiano para su gobierno, el presidente Mauricio Macri salió este miércoles a realizar el anuncio más descontado por el mercado: habrá un anticipo de fondos dentro del paquete acordado en junio con el FMI. Su intención fue cortar de una vez ese oxímoron criollo de la turbulencia permanente y, de la mano de eso, intentar salvar lo que queda de los planes para pelear con chances la reelección en octubre y noviembre del año próximo.

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La reacción de los operadores cambiarios en los primeros minutos de la rueda fue cautelosa, con la cotización del dólar, termómetro privilegiado de la (mala) salud de la economía, clavada en el valor del cierre de la jornada previa. Sin embargo, de inmediato volvieron los saltos: 20 centavos, 30, 40, 60, siempre al alza, con el Banco Central volviendo a quemar reservas para no dejar como inocua nada menos que la palabra presidencial. Superada la cotización de $33, la sensación fue de enorme alarma. Habrá que esperar ahora, claro, las próximas reacciones, una vez que se conozcan más precisiones sobre el alcance del respaldo del Fondo Monetario, pero la respuesta del mercado no pudo haber sido más cruel: probó que su desconfianza es terminal con el que, se supone, es “su” gobierno. ¿Un déjà vu de las otras balas de plata, supuestamente infalibles, que terminaron siendo disparadas sin pena ni gloria al aire, como el propio acuerdo inicial con el Fondo?

OPINIONES DE EXPERTOS. El analista financiero Christian Buteler le dijo a Letra P que “el anuncio busca garantizar todos los compromisos de acá hasta 2020, para que todo tenedor de bonos y de Letes que venzan o paguen intereses o amortización este año y el próximo estén más tranquilos. Pero esto no soluciona el problema fiscal ni el del tipo de cambio. Los dólares que lleguen van a servir para pagar compromisos financieros, no para financiar el déficit o mantener el tipo de cambio”.

El economista del CeSur Amílcar Collante, por su parte, señaló, consultado por este portal, que no cree “que (el anuncio presidencial) revierta la tendencia de los bonos y acciones argentinos. Para eso tendríamos que ver números concretos que marquen una corrección en los desequilibrios macro y quebrar expectativas. Por ahora es comprar algo de tiempo y, desde lo político, una señal de que el Gobierno llega a 2019”.

Gustavo Reija, director de Mecronomic, estimó que “el anuncio fue muy general, sin montos ni cronograma, y los mercados ya no creen en palabras. Por ahora es más confusión, y más confusión es más riesgo”.

En tanto, Leandro Ziccarelli, coordinador del Observatorio Monetario-Financiero del CEPA, le explicó a Letra P que “con esto cierran los números hasta fin de año, pero se complica más aún 2019 y el Gobierno le deja un problema muy serio a la próxima gestión”.

“El titular de la misión del FMI dijo que el stand-by no se amplía, que son los 50.000 millones de dólares y listo. De ese modo, si adelantan desembolsos de 2019, el año que viene vamos a tener más problemas que los que ya se iba a tener”, señaló. “En este contexto y viendo cómo reaccionó el mercado, no se llega a 2020. Se aceleró muchísimo la fuga y el saldo comercial corrigió muy poco, entonces, hay que entender que no solo necesitamos dólares para pagar deuda, sino también para bancar un modelo que es una máquina de perder divisas en todos los frentes”, remató el hombre del CEPA.

UNA APUESTA DE ALTO RIESGO. Son horas y días de caminar por la cornisa; será inevitable. Las dudas sobre la conveniencia de que fuera el propio Macri quien saliera a dar esa escueta y vaga información estallaron en el propio Gobierno, polémica que creció al calor de los eventos en la City.

En rigor, el jefe de Estado aplicó el abecé de la comunicación de crisis política, según el cual el depositario máximo de la confianza pública es el que debe salir a dar certezas. Más cuando la palabra de sus voceros tradicionales genera más desconfianza que otra cosa en los actores clave del sistema económico.

El mercado pedía, y ahora obtiene, seguridades de que el Gobierno cuenta con los fondos para hacer frente a los pagos de deuda de este año y, sobre todo, del que viene. Así, el mantra oficial de que la inestabilidad está provocada por las dudas sobre un posible retorno del populismo en las elecciones de octubre de 2019 pierde sentido cuando se constata que el miedo a un default se centra en lo que puede ocurrir antes y no después de que los argentinos concurran a las urnas.

En lo político, la movida oficial apunta a sostener, si es posible a esta altura, los que eran los cálculos oficiales para el año electoral. Si la economía de 2018 ya no tiene remedio, resulta imperioso, al menos, ponerle coto a la inestabilidad cambiaria y a la caída de la actividad y el consumo, de modo de apurar un rebote para el primer trimestre de 2019.

De lograrse esos objetivos, cabría esperar que ese repunte permita neutralizar lo económico como tema de debate preelectoral dominante. “Una economía creciendo a un ritmo del 2% el año que viene no te va a hacer ganar una elección, pero tampoco te hace perderla”, le dijeron a Letra P en la Casa Rosada.

De lo que se trataría, en ese caso hipotético, sería de encontrar un nuevo eje discursivo para imponer. Uno, cantado, es el de la corrupción, fácil para hacer blanco en el kirchnerismo e, incluso, en el peronismo que le fue funcional durante 12 años y que hoy, por convicción u oportunismo, le da la espalda. Pero en el Gobierno reconocen que las encuestas y los focus groups indican que a la gente la preocupa más la economía que la corrupción, incluso con el escándalo de los cuadernos ya plenamente instalado. En ese contexto, en una campaña que será breve por la falta de recursos esperable, pero intensa por la coyuntura, dar con una épica efectiva será como encontrar un tesoro en una noche de luna nueva.

El problema, realemente grande, es que la dinámica económica cayó en lo que el acuerdo con el FMI consideraba el “escenario adverso”: recesión superior al 1% del PBI, una inflación que exceda el 31% y reservas del Banco Central en baja. En tal escenario, 2019 apenas permitiría registrar un nivel de actividad igual que el de 2018. No llama la atención, en ese sentido, que el reconocimiento del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, de que este año la actividad irá para atrás haya venido acompañado de la promesa de una recuperación del 1,5% el año próximo, muy cerca de aquella ilusión de los estrategas electorales del Gobierno.

Si esos planes se revelaran definitivamente como una quimera, el objetivo oficial podría volverse más modesto: simplemente llegar a la meta.

LA CONEXIÓN EXTERNA. La variable internacional es importante para entrever el futuro de la economía y la política. Lo que el Presidente anunció no fue una apertura de negociaciones con el FMI sino, directamente, un acuerdo para que el organismo adelante los desembolsos previstos en el acuerdo stand-by, de modo de asegurar que 2019 no será, además de un año electoral, el del enésimo default de la Argentina. Lo que en junio había sido presentado como el tramo precautorio del acuerdo ya no lo es: ahora se desembolsará de modo efectivo para evitar que el agua siga subiendo.

Aunque todavía falta conocer los detalles del entendimiento y alguna comunicación oficial del organismo, puede presumirse que el respaldo internacional al proyecto macrista, considerado una vacuna contra el retorno del populismo a la región, sigue siendo fuerte. Estados Unidos es el principal poder detrás de Christine Lagarde.

Es sabido que la tesitura del Fondo era que el país no dilapidara reservas en pos del intento de contener la suba del dólar; al contrario, el propio colapso del peso es parte fundamental del plan de ajuste. Sin embargo, la gravedad de la volatilidad cambiaria hizo que el Banco Central, ya con Luis Caputo al frente, volviera a alternar días de inacción en el mercado con otros de intervención fuerte. La inclinación del funcionario, un trader por naturaleza, es a ponerle un techo al billete verde, pero ha chocado con las líneas rojas trazadas por el organismo.

Cabe, al menos en ese sentido, reconocer que el carácter errático de la política cambiaria de Federico Sturzenegger, tan criticado en su momento, tenía un trasfondo más denso que sus propias cavilaciones. El mercado está indomable, incluso para el experimentado Caputo, y no es fácil decidirse entre intervenir a como dé lugar, cada vez con menores garantías de éxito, y dejar volar la divisa, con sus efectos económicos y sociales destructivos.

El 22 de junio, el día que los 15.000 millones de dólares del primer tramo del paquete de rescate financiero se incorporaron al Central, un supuesto “shock de confianza” infalible, las reservas saltaron a 63.270 millones de dólares. Las mencionadas idas y vueltas de la autoridad monetaria hicieron que, al cierre del martes 28 último, cerraran en 54.695 millones, lo que arroja una pérdida de 8.575 millones de dólares, casi el 60% de aquel desembolso.

Así las cosas, las dudas también llegan al Fondo. Apoya al Gobierno, pero cabe preguntarse si ese respaldo, expresado en un paquete sin precedentes de asistencia de 50.000 millones de dólares, seguirá siendo tan incólume como hoy si, digamos dentro de un año, las perspectivas de reelección se vuelven mínimas. No por nada solo se habla de un adelanto de fondos dentro del acuerdo en vigencia y no de una ampliación del mismo, en rigor de los 29.000 millones de dólares que quedaban como resguardo después del primer desembolso y de los 6.000 millones más que llegarán el mes que viene y en diciembre.

Todo indica que la “pesada herencia”, en forma de sobreendeudamiento, vencimientos perentorios desde el día uno de la próxima gestión y una economía frágil, será realmente un legado de esta administración. Pero eso es futuro. Antes urge impedir que el agua lo cubra todo.

(Nota publicada en Letra P).

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