Listo para otro salto, el dólar vuelve a preocupar

El contexto externo no ayuda; eso hay que reconocerlo. La suba (moderada) de la tasa de interés en Estados Unidos contribuyó al primer salto del dólar a principio de año y, más notablemente, a partir de abril. Semanas atrás, la crisis de Turquía empeoró las cosas. Ahora inquieta la incertidumbre electoral en Brasil. Todo le pega al peso, en una medida mucho mayor que a cualquier otra moneda emergente; a fin de cuentas, el problema de la economía argentina es básicamente endógeno. Así las cosas, crece entre los economistas y en el propio Gobierno la idea de que hay que esperar una nueva escalada de la divisa.

Tras algunas semanas de pausa, la moneda estadounidense vuelve a superar el máximo histórico de los $31. Para peor, a pesar del impresionante aumento de la cotización del 65% acumulado en el año, crecen los indicios de que eso es suficiente para restaurar equilibrios macro mínimos. El camino hacia ese objetivo, reconocen ya muchos economistas, dolerá más de la cuenta.

En el Gobierno hacen cuentas y creen fundamental que el año no depare más sorpresas cambiarias para no hipotecar más todavía sus chances en las urnas. Con todo, ven la realidad y se conforman con que el tipo de cambio no termine más allá de los $35 a fin de año. Modesto consuelo: ese valor implicaría una suba adicional del 13%.

Carlos Melconian, otrora cerebro económico del macrismo y devenido hoy en su conciencia crítica (¿y externa?), acaba de decir que “necesitamos que el tipo de cambio sea tal que la tía deje de comprar dólares y los cadetes dejen de viajar a Itaparica y a South Beach. Ese es otro tipo de cambio, que no es 30” pesos.

Christian Buteler, analista financiero, aludió a ese tipo de argumento. “Algunos dicen que hay que dejar que el dólar suba ‘para que el cadete no pueda comprar’.  El año pasado, tal vez el cadete podría comprar cien dólares pero no lo hacía porque no percibía que podía seguir subiendo. Ahora, en cambio, capaz que solo llega a comprar veinte, pero sale corriendo y lo hace porque ve que el dólar sigue para arriba. Eso hace que el tipo de cambio suba más y que se incremente la volatilidad”.

“Al contrario de los que piensan algunos, vengo marcando que los movimientos bruscos del tipo de cambio, que le ganan a la tasa de interés en pesos, provocan más demanda en lugar de desalentarla, porque la gente percibe que el dólar va a seguir subiendo y deja de importarle a qué precio está comprando. Que el dólar se mueva hacia arriba y hacia abajo es normal, pero que lo haga en la medida de los últimos tres o cuatro meses provoca ese efecto. Eso es lo que marcan setenta años de historia económica”, le explicó a Letra P.

“Estamos en una situación particular: en general, la suba del precio de un bien hace que su demanda caiga. El problema con el dólar es que hay incertidumbre y no se sabe cuánto va a valer, lo que hace que la curva se invierta: ante la suba de su cotización, la gente lo demanda más porque cree que va a seguir subiendo. Igual, desde ya, eso tiene un límite. El tema es que todavía no lo alcanzamos”, coincidió Martín Alfie, economista jefe de Radar Consultora, en diálogo con este medio.

Buteler y Alfie aluden a lo que se conoce como un “bien Giffen”, esto es aquellos cuya demanda crece cuanto más alto es su precio. Podrían considerarse ejemplos de esto algunos artículos de lujo, cuya posesión y exhibición brinda estatus, pero difícilmente ese criterio sea cierto en sus extremos. Es por eso que la ciencia económica pone en duda su propia existencia. Pues bien, la peculiar Argentina le hace al escocés Robert Giffen el favor de demostrar empíricamente su hallazgo.

En efecto, “el dólar es un ‘bien Giffen’: cuanto más sube, más gente lo desea. En la medida en que sigue habiendo cierta capacidad de ahorro en la economía, se sigue demandando dólares, porque es el único refugio para los ahorristas, la única reserva de valor”, le dijo a este portal Mariano Kestelboim, profesor de Economía de la Universidad Nacional de Avellaneda.

Además de este efecto de la propia dinámica inestable del mercado cambiario, otros indicios abonan la idea de que el valor del peso puede descender a subsuelos más profundos y, con él, el poder adquisitivo de los argentinos.

El primero es la inflación. En el Gobierno hablan en agosto de un 3,5%, pero consultoras privadas como Elypsis ya proyectan un 4%, récord en el año. Un dato extremadamente preocupante porque solo un mes atrás el Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) que realiza el Banco Central arrojaba una estimación promedio del 2,4%, que se ve superada con creces. Las causas de ello son el incremento del precio de los alimentos, en especial de la carne, y el reciente regreso de la inestabilidad cambiaria.

Así las cosas, la idea de una inflación anual sub 30 ya es cosa del pasado, y los economistas apuntan a un 34-35%, con picos del 40% como en el caso del ultra liberal José Luis Espert, muy por encima, en cualquier caso, del 32% que se fijó como límite en el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional  para que no tener que ir a pedir perdón al directorio.

Para peor, la inflación mayorista sumó hasta el mes pasado 17 puntos porcentuales más que la minorista. Como cabe presumir que los comerciantes no harán patria y recuperarán esa rentabilidad perdida ni bien el consumo se recupere un poco, puede pensarse que la disparada inflacionaria que vemos es como in témpano, imponente pero que oculta una parte grande bajo el agua.

“Como la inflación no cede, el dólar se encareció menos de lo que se piensa en términos reales. En los últimos doce meses, aumentó nominalmente alrededor de un 80%, pero en términos reales, descontada la inflación, subió alrededor de un 35%. Eso hace que, lógicamente, quien quiera preservar sus ahorros siga acudiendo al dólar”, estimó Kestelboim.

“La inflación es un ítem aparte.  En cualquier lugar del mundo sería impensable tener datos como los nuestros. Ya estamos cuartos a nivel mundial y hablar de un 4% para este mes es realmente algo atroz. A veces pienso que no tomamos consciencia de los números de los que hablamos. En dos meses tenemos tasas de inflación que otros países acumulan en un año y medio. Es imposible estabilizar la economía de esta manera”, dijo Buteler.

Un segundo desequilibrio que hace que el dólar amenace con morderse la cola y buscar nuevos máximos surge de los últimos datos de fuga de capitales.

La misma llegó en julio a 3.351 millones de dólares, según datos del Banco Central. Así, en el año acumula más de 20.000 millones, un número inquietante que casi equipara los 22.148 millones de todo 2017.

La salida de divisas del sistema había bajado de 3.939 millones en abril y 4.616 millones en mayo a 3.074 millones en junio; el mes pasado, pese a la nueva suba del dólar, que en teoría debería desalentar la dolarización de carteras, volvió a trepar.

“Los datos de fuga de capitales de los últimos doce meses son increíbles. Nunca se había fugado tanta plata en la historia económica nacional. El récord anterior había sido durante la crisis financiera internacional de (2008-2009) y había llegado a 26.000 millones de dólares, mientras que en los últimos doce meses se fugaron 32.000 millones”, señaló Kestelboim.

Algo más: desde la asunción de Mauricio Macri el 10 de diciembre de 2015, la fuga de divisas llega a 54.150 millones de dólares, más de la mitad de los 101.000 millones de dólares tomados como deuda. No hace falta pensar mucho para notar qué fenómeno se está financiando con endeudamiento para las próximas generaciones.

En la fuga “hay de todo. Hay extranjeros que se van y se llevan su dinero e inversores locales que también lo hacen porque no hay confianza. Cuando se mueve el tipo de cambio, con nuestra historia la gente tiene miedo a dejarlos depositados en el sistema financiero. Si bien hoy no hay posibilidades de que pase lo de 2001, más que nada por la cantidad de dinero que hay y porque las deudas son en pesos, no hay descalce de monedas, la realidad ese escenario está muy en la mente del argentino medio. El miedo hace que muchos quieran tener su dinero fuera del sistema para dormir tranquilos, sin temor a despertarse un día y ver que no pueden mover sus ahorros”, estimó Buteler.

El argumento es real: los depósitos bancarios en dólares registran un alza leve. El problema, sin embargo, es que no crecen como deberían en función del ritmo de dolarización de carteras: ese dinero se va del sistema.

“Esto tiene que ver con el modelo económico, que es totalmente liberal y que fue capitalizado por grandes grupos financieros internacionales que aprovecharon las altas tasas de interés que ofreció la Argentina sin ningún tipo de resguardo. Cuando empezaron a notar que había desequilibrios enormes de cuenta corriente (déficit externo), que ya empezaban a superar el 5% en relación al PBI allá por el primer trimestre del año pasado. Cuando el Gobierno nacional anunció que no iba a tomar más deuda en el exterior, decidieron escapar. El más grande es JP Morgan, que salió con más de 1.000 millones de dólares, y atrás se fueron un montón. El Banco Central decidió venderles dólares muy baratos al inicio de la corrida, a $20”, recordó el profesor de la UNDAV.

Amílcar Collante, economista del Centro de Estudios Económicos del Sur (CeSur), indicó, por su parte, que “pese a la suba del tipo de cambio, el atesoramiento de dólares continua a un ritmo elevado y lo mismo ocurre con el déficit por turismo. Esos datos pueden llevar a que el Fondo Monetario Internacional solicite un aumento mayor en el dólar”.

“En lo que resta del año podemos llegar a ver una nueva depreciación del peso que realimente el proceso inflacionario y agrave la recesión”, arriesgó.

“Creo que el dólar va a seguir subiendo; todavía hay déficit de balanza comercial”, se sumó Kestelboim.

En efecto, más allá de la megadevaluación, la balanza comercial registró un rojo todavía intenso de 789 millones de dólares el mes pasado, más del doble de los 359 millones de un año atrás, y completó diecinueve meses negativos ininterrumpidos, dijo el INDEC.

El acumulado del año arroja un déficit 5.867 millones, un 74,5% más que en igual período de 2018.

Este súper dólar no todo lo puede. ¿Hará falta más?

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