Lula formalizó su candidatura pero ya prepara la transfusión de carisma para su delfín Haddad

Está condenado por corrupción pasiva y lavado de dinero, y preso desde abril en cumplimiento de una pena de 12 años y un mes de prisión, pero Luiz Inácio Lula da Silva inscribió ayer su candidatura presidencial para las elecciones de octubre. Dado su inoxidable liderazgo en las encuestas, con alrededor de 30% de intención de voto y pronóstico favorable en cualquier escenario de segundo turno, ¿será este el punto inicial de una campaña épica o el punto culminante de una estrategia para convertir su ocaso en la entronización de un heredero capaz de recuperar el palacio del Planalto?

El Partido de los Trabajadores (PT) lo inscribió ayer, a última hora, ante el Tribunal Superior Electoral (TSE), demorando el trámite lo más posible para darle impacto. Para eso hizo que llegaran a Brasilia decenas de miles de militantes desde diferentes ciudades, quienes marcharon hasta la sede de la máxima corte electoral del país.

El problema es que la llamada ley de “ficha limpia”, una iniciativa popular respaldada por el PT en el Congreso y promulgada por el mismo Lula antes de dejar el poder en 2010, impide presentarse a comicios a personas condenadas en segunda instancia por delitos contra la administración pública. Justo su caso. Así, se abre ahora un período de revisión de las postulaciones que culminará el 17 de septiembre y que, se supone, terminará con la inhabilitación de Lula. Tal vez ese, y no tanto su prisión, haya sido el objetivo máximo de quienes se apalancaron en la abrumadora corrupción de los gobiernos petistas para terminar por mucho tiempo con cualquier posibilidad de proyecto de izquierda.

¿Lo que se vio ayer fue la inscripción de la candidatura de Lula, entonces, o una puesta en escena para preparar el terreno para su sucesión final? Todo apunta a lo segundo, por lo cual las miradas se posaron en el número dos de la fórmula, el exministro de Educación y exalcalde de San Pablo Fernando Haddad, quien fue parte de la coreografía del trámite y en cuyo favor parecen converger todos los gestos del lulismo.

“No considero viable la candidatura de Lula. Hasta ahora viene perdiendo la batalla judicial y aunque el PT tome su encarcelamiento como injusto o incluso ilegal, no parece haber tiempo suficiente ni condiciones políticas para revertir la situación”, le dijo a Ámbito Financiero Guilherme Casarões, analista político, doctor de la Universidad de San Pablo y profesor en la prestigiosa Fundación Getúlio Vargas (FGV).

Creomar de Souza, analista político y profesor en la Universidad Católica de Brasilia, coincidió. “Lula está en una situación muy complicada. Intenta mantener cerca a la militancia con la narrativa de que será candidato, pero de hecho los dirigentes del PT ya están articulando alianzas estaduales con otros partidos”, le dijo a este diario desde Brasilia.

Con todo, el obstáculo legal abre una posibilidad. “Su candidatura tiene un sentido simbólico, ya sea para mantener la coherencia de la narrativa del golpe que empezó tras la interrupción del mandato de Dilma Rousseff o para garantizar la transferencia de votos a su vice, Haddad. Internamente el PT ya sabe que Haddad va a ser el candidato oficial”, agregó.

Las transfusiones de carisma siempre son operaciones complejas, sobre todo cuando Haddad registra una bajísima intención de voto propia, pero el líder de la izquierda brasileña demostró saber realizarlas en 2010, cuando se hizo suceder por Dilma.

“Lula probó ser un político con gran capacidad de movilización popular, pero no nos olvidemos que el contexto en el que logró hacer elegir a Dilma era muy particular y él tenía más de 80% de aprobación. Hoy, el país se encuentra polarizado y Lula tiene algo así como un 33% de la intención de voto”, explicó Casarões.

Para el analista de la FGV, “hoy es imposible afirmarlo, pero si Lula lograr la transferencia de, digamos, la mitad de esos electores (que están dispuestos a votarlo), eso podría ser suficiente para llevar a Haddad a la segunda vuelta”.

El mejor escenario para el PT, concretamente si llega debilitado por la salida de Lula de la cancha, sería, claro, llegar al segundo turno y que el rival sea el ultraderechista Jair Bolsonaro, segundo en las encuestas pero con un nivel de rechazo elevado.

La extrema fragmentación del tablero preelectoral hace posible pensar casi cualquier alquimia incluso cuando faltan menos de dos meses para la primera vuelta.

En ese contexto, hasta Bolsonaro tiene chances, aunque meta miedo con sus expresiones racistas, misóginas, homofóbicas y de defensa de la dictadura y las torturas.

“Lamentablemente tiene posibilidades. Aunque las motivaciones de los electores de Bolsonaro sean comprensibles, ante un escenario de desconfianza en las instituciones, rechazo a la corrupción y regreso de la pobreza, algunas de sus propuestas son claramente antidemocráticas. Para muchos, Bolsonaro es alguien que va a luchar contra la ‘dictadura de lo políticamente correcto’ y va fortalecer el rol del ciudadano común. A despecho de su radicalidad, él tiene cerca de 20% de la intención de voto, lo que puede ser suficiente para llevarlo a la segunda vuelta”, dijo Casarões.

Para Creomar de Souza, en tanto, la palabra dominante es “incertidumbre”. “Bolsonaro sigue aislado de apoyos en el establishment político y (por no contar con muchos minutos para hacer propaganda en TV) su campaña va a ser muy dependiente de Internet y de las donaciones de individuos”, dijo.

“Creo que en este mes y en septiembre hay que seguir algunos elementos fundamentales. Primero, si Bolsonaro mantiene su intención de voto actual. Segundo, si el candidato del PT desarrolla hace un buen papel. Y tercero, si (el exgobernador de San Pablo, el conservador) Geraldo Alckmin (quien marcha con un 6% de los apoyos) levanta vuelo”, anticipó el analista brasiliense.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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