Creomar de Souza: “En Brasil y Argentina se dominó la política repartiendo beneficios económicos”

Brasilia es mucho más que la capital de Brasil, una ciudad diferente a todas las demás y que a veces parece ajena a las realidades profundas de ese país. Es, además, para bien y para mal, el lugar en el que se concentran las decisiones, la elaboración de los relatos, la información dura y las opiniones. Es la dueña, en definitiva de lo que en la Argentina se ha dado en llamar “círculo rojo”. En ese hervidero sobran los analistas, pero como casi en todos lados en la actualidad, manda la grieta. 

Creomar de Souza escapa a ese molde. Analista político, historiador y especialista en relaciones internacionales es uno de los observadores más agudos de Brasilia y, por su perfil, es capaz de dar una visión interesante no solo del sismo que sacude a Brasil desde 2014, la operación Lava Jato, sino también de vincularlo con una dinámica regional: allá y acá la política parece transcurrir de modo descollante en los tribunales.

Para él, “la promiscuidad entre los políticos y el dinero de los ciudadanos” es un factor común a buena parte de América Latina, y el escándalo de los cuadernos de Oscar Centeno tiene el potencial de abrir toda una Lava Jato argentina.

Si cada esquema político-ideológico tiene su propia matriz de corrupción -algo inevitable si de corrupciones endémicas se trata-, ambos escándalos iluminan el modo en que populismos como el lulismo y el kirchnerismo intentaron apropiarse del proceso de toma de decisiones, le explicó a Letra P desde Brasilia. Para eso, dijo, establecieron “relaciones especiales con determinados grupos empresariales” en pos de la pretendida “construcción de una nueva vía al desarrollo”. Una lúcida mirada institucional de la política.

BIO. Creomar Lima Carvalho de Souza nació en Brasilia y tiene 41 años. Se graduó en Historia, tiene una Maestría en Relaciones Internacionales y es doctorando en Relaciones Internacionales y Política Comparada en la Universidad de Brasilia. Es profesor de Teoría de las Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de esa ciudad, analista y consultor. En su tiempo libre escucha a Frank Sinatra y mira películas viejas. Su preferida, Doctor Zhivago.  

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-El llamado “escándalo de los cuadernos” en la Argentina involucra a funcionarios del anterior gobierno kirchnerista, prominentes empresarios contratistas del Estado, influyentes y hasta un ex juez federal. La densidad de esa trama hizo que se hablara aquí de una posible Lava Jato argentina. ¿Encuentra algún paralelo con las investigaciones en Brasil?

-Es posible establecer un paralelo entre ambas situaciones, sobre todo por el hecho de que tanto en Brasil como en la Argentina hay un historial de promiscuidad entre los políticos y el dinero de los ciudadanos, lo que equivale a decir que, en América Latina, el Estado está normalmente subordinado a intereses de grupos particulares. Además, hay algunas características similares en términos del momento político de los dos países. En primer lugar, tanto en Brasil como en la Argentina, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner y los de (Luiz Inácio) Lula da Silva estuvieron profundamente marcados por un tipo de narrativa populista con un llamado muy fuerte al enfrentamiento de las desigualdades sociales. Por otro lado, esos gobiernos establecieron relaciones especiales con determinados grupos empresariales con la excusa de la construcción de una nueva vía al desarrollo en ambas sociedades. 

-Sin embargo, está claro que el fenómeno de la corrupción es anterior y también posterior a esas experiencias. ¿Cuáles son entonces las razones que encuentra para que se trate de un problema endémico en nuestros países? 

-Percibo que una razón fundamental para eso: ni Brasil ni la Argentina tienen verdaderamente una tradición de estabilidad democrática fuerte. Donde no se consolida la democracia no se construye fácilmente una tradición de transparencia y, sin transparencia, se hace común en una parte de la sociedad la percepción de que los políticos son dueños de los bienes públicos. Vea, por ejemplo, lo que ocurre en Brasil y también en Argentina con figura políticas, de todos los campos ideológicos, que están seriamente involucradas en escándalos de corrupción y así y todo siguen siendo relativamente competitivos en términos electorales. O, por otro lado, son tratados en la historia como líderes diferenciados o casi divinos. De hecho, creo que es importante, más en el caso de Brasil que en el de la Argentina, percibir que la ausencia de una cultura ciudadana positiva, en la que los ciudadanos son parte importante de los procesos de toma de decisiones de políticas públicas, es un elemento fundamental para explicar el espacio que tiene la corrupción en nuestras vidas cotidianas.

“A medida que una parte de la sociedad empezó a reclamar con mucha fuerza una modernización de la economía, el Estado asumió un rol empresarial. Eso fue construyendo la idea de que era casi imposible realizar un emprendimiento sin contar con la mano amiga del gobierno”.

-Lo que acaba de decir se refiere, entiendo, a la existencia o ausencia de instancias de control. Pero volviendo a las causas del fenómeno, ¿es posible pensar como relevante que el hecho de que los estados sean factores cruciales en la distribución de recursos económicos -ya sea a través de concesiones, de compras, etcétera- y que su peso resulte mayor en términos relativos dadas las fragilidades del mercado privado?

-Seguramente, la tradición estatista de ambos países es un factor decisivo para la construcción de espacios de impunidad y promiscuidad en el uso de los recursos que pasan por el Estado. En términos de perspectiva histórica, y en un rasgo que es común a ambos países, diría que a medida que una parte de la sociedad, sobre todo en las ciudades, empezó a reclamar con mucha fuerza una modernización de la economía, el Estado asumió un rol empresarial. Eso fue construyendo a lo largo del tiempo la idea de que era casi imposible realizar un emprendimiento sin contar con la mano amiga del gobierno, lo que, de un modo que no sorprende, abrió espacio para que la burocracia estatal y los sucesivos gobiernos crearan mecanismos de control de la distribución de los recursos públicos para el sector privado. Tal modelo de desarrollo produjo una clase empresarial que percibió muy rápidamente que la protección del Estado era imprescindible para su fortalecimiento. Y, a mi modo de ver, creó un sistema en el que los políticos y otros entes públicos favorecieron a los empresarios y a sus amigos con la distribución de mecanismos públicos de protección y, por el otro lado, los empresarios, que fueron sus pares, alimentaron la maquinaria de corrupción que garantizaba a los políticos su perpetuación en poder. Ya sea a través del apoyo financiero en las elecciones o a través del respaldo a determinado tipo de narrativa política.

-Evidentemente, cada modelo político y de articulación de lo público y lo privado tiene determinados esquemas de corrupción que le son funcionales. Como hablamos de la operación Lava Jato y, en el caso argentino, de las investigaciones que rodean a los gobiernos kirchneristas, estamos analizando uno de esos modelos. No son los únicos…

-Algo más, que creo que es importante enfatizar. Hay un componente inicial muy importante, que es que los sistemas políticos, jurídicos y de gobierno, en términos generales, son normalmente muy corruptos tanto en Brasil como en Argentina. Ese punto es importante para que comprender lo que pasó en Brasil con la Lava Jato, que aun no está finalizada, y lo que se puede desarrollar en la Argentina. Esto es, específicamente, que la corrupción de las izquierdas se produjo a partir de una tentativa de asumir el control de las estructuras políticas de decisión a través de la distribución de beneficios económicos. Es decir, en el proceso de aprendizaje del poder, aparentemente, esos liderazgos políticos tomaron una decisión que juzgaron pragmática y asumieron el riesgo de que la corrupción pudiera sacudir sus gobiernos. Esa percepción, que políticamente podría ser resumida por la concepción de que el fin justifica los medios, fue en ambos casos revestida de una narrativa justificadora de que políticamente no era posible llevar adelante un programa por otro camino. Y, seguramente, en el caso de Brasil gran parte de la desilusión de muchas personas con el Partido de los Trabajadores está vinculado con que ese grupo militó durante dos décadas contra la corrupción y, súbitamente, cuando llegó al poder, asumió el modus operandi de los políticos tradicionales. Aquí, tal vez más aquí en Brasil que en la Argentina, la reacción nació primero en el Poder Judicial y, posteriormente, tomó a las calles. De todos modos, en Brasil, al día siguiente se generó un divorcio entre la política y las personas comunes y creo que ese hecho será seguramente muy importante en las próximas elecciones de octubre.  

“En determinado sentido, la reacción del establishment para intentar garantizar una normalidad democrática fue recurrir a la Justicia una vez que electoralmente los grupos políticos ubicados a la derecha no consiguieron establecer una narrativa electoral competitiva”.

-¿Cabe pensar también en que la persecución de esos hechos está teñida por una cierta reacción de los establishments de los dos países para cerrar el eventual regreso al poder de figuras como Lula o Cristina Kirchner a través de ofensivas judiciales?

-Sí, en determinado sentido, la reacción del establishment para intentar garantizar una normalidad democrática fue recurrir a la Justicia una vez que electoralmente los grupos políticos ubicados a la derecha no consiguieron establecer una narrativa electoral competitiva. Y esa incompetencia discursiva incluso se combinó con la narrativa de la izquierda en el sentido de que hay una conspiración contra el pueblo y sus líderes.

-Dada la experiencia de la operación Lava Jato en Brasil, los juristas críticos, de impronta garantista, hablan de una “jurisprudencia creativa” o de excepción, que abusó de las prisiones preventivas prolongadas y de los cumplimientos anticipados de condena para producir arrepentidos en serie. ¿Cuál es su opinión al respecto?

-Brasil es un país lleno de paradojas. Por un lado, a partir de la Constitución Federal de 1988 se construyó una enorme red de garantías constitucionales para impedir la actuación autoritaria del gobierno. Pero, por otro lado, los políticos y otros entes de la cadena productiva de la corrupción comprendieron muy rápidamente que esas garantías significaban impunidad para aquellos que tenían mucho dinero y buenos abogados. La Lava Jato es un gran terremoto para el sistema político brasileño y, sobre todo, para la cadena productiva de la corrupción endémica en Brasil, ya que los jueces y demás involucrados en la operación fueron muy perspicaces para comprender los espacios y fallas de las garantías que aseguraban la impunidad y para construir acciones que llevaran a muchos políticos a la cárcel. El problema es que, en determinado momento, el establishment político también comprendió los fallas de la estrategia de los miembros de la Lava Jato y consiguió estructurar una reacción que partió tanto del mundo político como del jurídico. Esto, en mi percepción, hoy es muy evidente cuando constatamos las divisiones acerca de la importancia de la operación que hay en la sociedad civil, en los medios de comunicación, en el mundo político e incluso, en el Supremo Tribunal Federal, donde teóricamente, no debería existir una división explicita cerca la interpretación de las leyes.

-¿La operación Lava Jato va camino a sanear moralmente la política brasileña o apenas rasgó superficialmente el fenómeno de la corrupción?

-Me parece que es un hito importante en la construcción de una democracia más sólida. Sin embargo, los errores estratégicos de sus promotores y jueces, sobre todo en términos de construcción de una narrativa política que estableciera un buen diálogo con la sociedad civil, deberán ser abordados por los miembros actuales y futuros del Ministerio Público en caso de que realmente quieran avanzar en el combate a la corrupción como un todo y no solamente en el ámbito político. Por otro lado, creo que la población aún no comprendió claramente la necesidad de que el país sea menos corrupto, sobre todo por el hecho de que la narrativa política de las izquierdas en Brasil está muy bien construida en términos de circunscribir la operación a una acción política en su contra y, específicamente, en contra Lula. Esa percepción gana fuerza cada vez que la operación falla en dialogar con la sociedad y mostrar que políticos de una serie de partidos también están en la cárcel y que la operación tiene una acción temporal circunscrita por las pruebas que construyeron las investigaciones. De hecho, el país sigue lleno de prácticas sociales corruptas y cotidianas. El cambio en las costumbres es más lento de lo que deseamos, pero incluso de ese modo resulta evidente.

“La gran ventaja de los populistas es que dan respuestas muy simples a problemáticas muy complejas, pero, por otro lado, es innegable que esos grupos y personas logran escuchar lo que se dice en las calles. Por el contrario, algunas veces, aquellos que creen en la fuerza de la democracia y de las instituciones hablan solo para sí mismos y para quienes comparten sus visiones”.

-¿Qué salida queda para las democracias de la región cuando el espectáculo de la corrupción generalizada, ciertos abusos del Poder Judicial y el clima de politización que rodea las causas judiciales llevan a un descrédito popular creciente? ¿El fenómeno de la ultraderecha en Brasil con la candidatura de Jair Bolsonaro y pronunciamientos políticos cada vez más frecuente de jefes militares son expresiones de ese descrédito? 

-“La democracia es el peor sistema político… a excepción de todos los demás”. Creo que esta declaración de (Winston) Churchill es fundamental para que comprendamos que la evolución de la democracia en Latinoamérica depende de que aquellos que no se involucran en hechos de corrupción deben entrar en el debate político. Al revés que en otros regímenes políticos, en las democracias es posible hablar. En Brasil, por ejemplo, hoy existen más de doscientos movimientos que buscan una renovación política. Son personas normales y en su mayoría sin pasado en la política que simplemente decidieron intentar hacer política de manera limpia. A mí me parece que que ese primer paso debe ser acompañado de una construcción discursiva que sea simple, pero honesta. Es decir, la gran ventaja de los populistas es que dan respuestas muy simples a problemáticas muy complejas, pero, por otro lado, es innegable que esos grupos y personas logran escuchar lo que se dice en las calles. Por el contrario, algunas veces, aquellos que creen en la fuerza de la democracia y de las instituciones hablan solo para sí mismos y para quienes comparten sus visiones. Por eso, si queremos de verdad que la democracia eche raíces en nuestras sociedades es importante que nos involucremos en un proceso de ciudadanía educativa que sirva para convencer al mayor número posible de personas de la importancia de combatir la corrupción en todas sus formas dentro de la actividad política. Obviamente, eso es un proceso que lleva tiempo, pero el silencio o la compra de respuestas fáciles que quiebren las reglas y el derecho sagrado de expresar la opinión son peligros muy grandes. La conveniencia y el silencio ante los autoritarios es señal de que en algún el momento nosotros también sufriremos la perdida de nuestros derechos.

(Nota publicada en Letra P).

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