El Presidente en su laberinto

Agosto llega con aumentos generalizados de tarifas sensibles como las de transporte, luz, combustibles y hasta medicina prepaga, lo que asegura la persistencia de tasas de inflación preocupantemente elevadas. En el medio, el Gobierno se ve aprisionado entre dos objetivos que en el corto plazo parecen incompatibles: apurar la consolidación fiscal en base a aumentos de los precios regulados y buscar un urgente aquietamiento de los precios. Algo así como la espada y la pared.

En realidad, el laberinto de Mauricio Macri es intrincado e incluye más de un loop.

Uno es el que en las últimas semanas permitió mantener al dólar bajo control, lo que tiene un costo elevado en términos de altas tasas de interés, pérdida de reservas y festival de endeudamiento de corto plazo. Tocar cualquiera de esas variables pone en peligro el mantenimiento de ese equilibrio precario.

Otro es el que contrapone el mantenimiento de la competitividad ganada dolorosamente con la megadevaluación de abril-junio y la persistencia de una inflación muy alta. Para frenar los precios se impone “pisar” la cotización de la divisa, lo que está ocurriendo con creces, pero esto erosiona velozmente las ventajas de la devaluación y sienta las bases de nuevas turbulencias posibles. Por caso, el dólar mayorista cayó más del 5% en julio mientras los precios treparon alrededor de un 3%, lo que arroja un deterioro cercano al 8% en solo un mes.

Pero el círculo vicioso más complicado es, como se dijo, es el que involucra dos imposiciones clave del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional: que el déficit fiscal primario (antes del pago de deudas) baje a 2,7% del PBI este año y a 1,3% el próximo y que la inflación de 2018 no exceda el techo del 32%, lo que obligaría al país a dar explicaciones ante el Directorio del organismo en busca de una dispensa que mantenga vivo el programa del que hoy depende que el país no caiga en un nuevo default. El modelo se muerde la cola.

Amílcar Collante, del Centro de Estudios Económicos del Sur (CeSur), le dijo a Letra P que “la crisis cambiaria abortó el proceso de desinflación. Al tener dolarizadas las tarifas, ante un salto cambiario tan brusco, estas quedan retrasadas en dólares. Por ello reaparece lo que podríamos llamar tariflacion, que es el ajuste de tarifas que afecta el nivel de precios. En ese marco, es difícil que se pueda cumplir con el 32% ya que resta algo de traslado a precios de la devaluación y también falta hacer más ajustes tarifarios”.

“La devaluación licuó gastos, lo que hizo que en estos meses las metas fiscales parciales se hayan sobrecumplido. Por otro lado, el déficit fiscal se explica por subsidios que es necesario eliminar para cumplir con el Fondo. Por eso parece que alguna de las metas no se cumplirá y lo más probable es que sea la de inflación”, agregó.

Mariano Kestelboim, profesor en la Universidad Nacional de Avellaneda, introdujo un matiz en diálogo con este medio. Para él, “el cumplimiento de la meta fiscal (de este año) no es difícil y por eso el Gobierno se muestra tan confiado. Eso es así porque los aumentos de tarifas y combustibles, así como el comercio exterior y ventas de bienes durables, son todos elementos que favorecen la recaudación”. “Hablamos, claro, del déficit primario (antes del pago de deudas), el total, que incluye el pago de intereses, lo incrementa con el fuerte endeudamiento que implica el modelo”, matizó.

La de inflación, en cambio, “es más difícil de cumplir y hay que tener en cuenta que el 32% es el techo que acepta el Fondo antes de disparar una revisión. Si bien congelaron el tipo de cambio, creo que va a seguir una inercia fuerte de precios. De cualquier manera tampoco es imposible, sobre todo si logran mantener congelado, como en los últimos veinte días, el tipo de cambio, aun a costa de una pérdida de reservas. Pero para que eso ocurra, van a tener que cruzar los dedos para que no haya ningún fenómeno a nivel internacional que vuelva a disparar devaluaciones en nuestros socios comerciales”, coincidió.

Para Martín Alfie, economista jefe de Radar Consultora, “hay inconsistencias en el modelo del FMI: buscar solucionar el problema externo dejando flotar el tipo de cambio y, a la vez, propiciar la reducción de gasto en partidas como subsidios entra en contradicción con la búsqueda de bajar la inflación. La meta del 32% luce difícil de cumplir”.

En efecto, si los precios crecieron, según el INDEC un 3,7% en junio y un mínimo de 2,7% en julio, según proyectan consultoras privadas, los nuevos aumentos de tarifas auguran otro mal dato en agosto. Y no hay, por ahora, recesión ni caída del consumo que sean una “buena noticia” para moderar la tendencia.

Una complicación extra de la inflación actual es la carga fiscal que supone a futuro. En virtud de la reforma impuesta por el Gobierno en diciembre último a la fórmula de movilidad de jubilaciones y pensiones, ítems pesados en el Presupuesto, la adecuación, que es muy dependiente de la inflación pasada, hace que en caso de una desaceleración brusca de precios, como busca el Gobierno, el gasto social complejice nuevamente la ecuación fiscal. Justo cuando el Gobierno más va a necesitar recursos que mejoren sus chances electorales.

Pero pensar en 2019, en medio de las actuales urgencias, es ciencia ficción para el Gobierno. En lo inmediato, “tanto la meta fiscal como la de inflación son difíciles de cumplir. Igual hay algunos ‘atajos’, como contabilizar fondos del FGS o financiarse con organismos multilaterales, lo que reduce la necesidad de ajustar”, le explicó Alfie a Letra P.

“La situación económica no es sencilla y la salida de la recesión puede ser más compleja que la de 2016, porque en ese momento había mayor confianza, jugaba a favor el blanqueo (de capitales) y no estaban las políticas restrictivas negociadas con el Fondo”, indicó, por su parte, Lorenzo Sigaut Gravigna, economista jefe de Ecolatina.

“Claramente, hay un trade-off entre la meta fiscal y la inflación. Vemos una inflación del 32% para el año o incluso un poquito más arriba. Desde ese punto de vista, no habría espacio para aumentar tarifas, pero lo fiscal, que tiene metas muy ambiciosas, no permite no hacerlo”, explicó en el programa Pablo y a la Bolsa en FM Milenium.

Por otro lado, fuera del cortísimo plazo, el potencial de inconvenientes crece.

“Si en los años electorales habitualmente hay una dolarización de carteras y salida de capitales, en 2019 el riesgo es mayor por tratarse de una elección presidencial. La pregunta va a ser si la oposición puede ganarle a Cambiemos, que, más allá de las críticas que se le hacen a la política económica, es percibido como market-friendly. Si eso ocurre, la salida de capitales y la dolarización podrían ser más intensas que lo que es habitual en años electorales”, explicó el economista de Ecolatina.

Así de complejas son las cosas en las emergencias, cuando los problemas son demasiados, su abordaje entraña verdaderos dilemas del prisionero y las herramientas escasean.

(Nota publicada en Letra P).

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