Blindaje que no blinda: el riesgo país es récord en la era PRO

La escalada del riesgo país, termómetro del nivel de rechazo terminal que generaba el país entre los inversores, atormentaba a los argentinos día a día en los meses previos al gran estallido de diciembre de 2001. Llegó a ser una fija en cada flash informativo de las radios, junto a la temperatura y el estado del tránsito. Aunque en una magnitud incomparable con el de aquel tiempo de colapso, el indicador vuelve a preocupar, alcanzando este martes su máximo nivel desde que Mauricio Macri está en el poder.

El riesgo país es el diferencial de la tasa de interés que pagan los títulos públicos de un país en comparación con los Bonos del Tesoro estadounidense a diez años, considerados riesgo cero. A medida que un bono de un país como la Argentina cae en una corriente vendedora, su precio baja y, con esto, crece el rendimiento, es decir la tasa de interés efectiva. Apto para todo público: a la tasa que está establecida en ese instrumento, el comprador sumará en el momento de la cancelación total del capital un retorno extra por haberlo comprado a un valor menor.

El riesgo argentino cerró el lunes a 566 puntos básicos, esto es que los títulos comparables a los mencionados bonos estadounidenses otorgaban una sobretasa de 5,66%. Este martes, el indicador tocó los 593 puntos básicos, un nivel inédito en 33 meses y el mayor en la era de Cambiemos. Finalmente cerró a 564 unidades: así las cosas, dado el 3% que orilla la tasa en Estados Unidos, el país debería pagar hoy casi un prohibitivo 9% en dólares para endeudarse.

Se trata de la primera promesa incumplida del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Los 50.000 millones de dólares puestos por el organismo a disposición del Gobierno implican, más allá de si sus condicionalidades gustan o no, un seguro de que el país no caerá en default durante los tres años de vigencia del acuerdo. Esto apunta a que, con esa certeza, los inversores vuelvan a confiar y a comprar activos nacionales, lo que debería hacer caer la tasa y, con eso, restablecer el flujo de financiamiento voluntario.

Más claramente, la idea es que el dinero del Fondo no se tenga que usar sino que actúe como un reaseguro. La ventaja de poder regresar a los mercados voluntarios de deuda es que no solo la Nación pueda financiarse sino, detrás de ella, también las provincias y las grandes empresas para, por ejemplo, encarar proyectos de inversión. Todo eso es impensable con un riesgo soberano de casi 600 puntos básicos.

La promesa no se está cumpliendo. El Gobierno espera como maná del cielo que MSCI suba este miércoles al país de la B Metropolitana a la B Nacional, esto es, que lo promueva de “mercado de frontera” a “emergente”, lo que permitiría que numerosos fondos de inversión internacionales asignaran a acciones de empresas nacionales que cotizan en Nueva York una pequeña cuota de sus carteras. La proporción puede ser menor, pero el capital disponible es importante. Si bien ese avance no afectaría a los bonos ni al riesgo país, sí  incrementaría la liquidez para el país y podría ayudar a las cotizaciones de papeles de empresas. Los pronósticos están divididos, pero la decisión de esa calificadora, en la que el banco de inversión Morgan Stanley tiene mayoría de las acciones pero que funciona independientemente de él, será un albur hasta último momento.

El economista Gabriel Rubinstein, miembro del equipo económico cuando Roberto Lavagna estuvo en la gestión, le dijo a Letra P que “lo que está pasando con los bonos es lo que más preocupa, porque era el punto en el que se suponía que el efecto del acuerdo con el Fondo iba a ser más claro”.

“Hay fondos del exterior con bonos de deuda que decidieron bajar sus posiciones pero que no terminaron de hacerlo. Técnicamente, ese desarme de posiciones puede llevar algunas semanas. Por ahora no aparecen otros compradores y eso genera inquietud”, agregó.

Para el analista financiero Christian Buteler, “lo más probable es que terminemos usando el dinero del FMI, porque el mercado de deuda no se está a abriendo a tasas razonables”.

“La clave es la desconfianza”, continuó este economista. “Eso involucra lo que viene pasando con el dólar y también con los títulos públicos. Obviamente seguimos teniendo en el mercado de capitales un sell-off sobre Argentina, que abarca todo, bonos, acciones y la propia moneda, y todo a cuenta de los mismos problemas: dudas políticas, malas decisiones financieras, incluso habiendo de por medio gente como Luis Caputo que tiene una llegada excelente a los mercados. Pero no se trata de una cuestión personal sino de los problemas de la Argentina”.

Antes de pasar del Ministerio de Finanzas al Banco Central, Caputo inundó el mundo de bonos argentinos. De hecho, el país fue el mayor emisor de deuda a lo largo de los dos primeros años de gestión macrista.

“Después de la última colocación, tuvo que volver a Nueva York para asegurar que no iba a seguir emitiendo deuda porque ya habían empezado a caer los precios de los bonos”, recordó Buteler. El planteo de los inversores era que el mercado estaba saturado, que habían confiado en “Toto” y que nuevas emisiones les iban a hacer perder más dinero, porque las cotizaciones ya habían comenzado a caer. Después ocurrió lo conocido: desconfianza, corrida contra el peso y pedido de rescate al Fondo.

Amílcar Collante, economista del Centro de Estudios del Sur (CeSur), le explicó a este portal que “el aumento de las tasas en Estados Unidos impacta  sobre los precios de los bonos. Salen capitales de países emergentes y van a destinos más seguros, donde ahora hay tasas atractivas. Pero más allá de eso hay dudas sobre cómo cierra el programa financiero del Gobierno”.

Collante tiene razón: hay una tendencia global de “vuelo a la calidad” (retorno a activos estadounidenses), pero también una especificidad nacional. En lo que va del año, el riesgo argentino trepó más de un 60%, contra un 43% de Brasil, un 37% de Uruguay, un 26% de Perú, un 19% de México y un  17% de Colombia.

“No hay señales de que vaya a haber tasas más bajas (para la Argentina); está todo muy complicado ya casi por todo 2018”, completó el hombre del CeSur.

La corrida cambiaria es un foco claro de desconfianza que impacta sobre los títulos públicos, por lo que al Gobierno le urge ponerle freno. Corrido por la desconfianza del mercado de su rol de colocador de deuda, Caputo pone la cara ahora como bombero desde el Banco Central.

Que tenga éxito es una condición necesaria pero no suficiente para que el país vuelva a tener un proyecto económico viable. Y para que el propio Gobierno tenga un destino electoral. Vivir del dinero del FMI puede servir para el módico logro de evitar una nueva cesación de pagos, pero no para regenerar el crédito para las grandes empresas.

Sin eso no habrá forma de que puedan fondear sus proyectos las empresas concesionarias de los programas de Participación Público-Privada (PPP), el gran sustituto que proyecta el Gobierno de un gasto en obra pública que, ajuste del Fondo Monetario mediante, brillará por su ausencia en la previa electoral.

(Nota publicada en Letra P).

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